- Izquierda Popular
- Publicado el 11/06/1973
Enfrentarse desde abajo a la burocracia de la CGT*
La designación de Ricardo Otero, secretario de la UOM Capital, para el ministerio de Trabajo, no significa el acceso al gobierno de la clase obrera a través de una cartera específica, sino todo lo contrario.
Por de pronto, Trabajo es un satélite de Economía, pues la conducción económica de conjunto condiciona la posibilidad de una política laboral adecuada, y al frente de Economía están los patrones, representados por Gelbard, líder de la CGE.
Así y todo, en el corto plazo, un auténtico vocero de la clase obrera podría desempeñar una misión importante en el Ministerio de Trabajo promoviendo reformas de emergencia, la observancia estricta de leyes y convenios, y el saneamiento de la estructura sindical mediante la renovación democrática de los cuerpos directivos en todos los niveles.
Naturalmente el señor Otero no ha llegado a Trabajo para cumplir con esos fines, sino para hacer la política de la burocracia sindical y de sus amos, los “empresarios nacionales”.
Por consiguiente, esta designación del doctor Cámpora, que esperamos sea transitoria, constituye a ojos cerrados la elección más reaccionaria de todo el gabinete, pues ataca el nervio mismo de la democracia, iniciativa y combatividad obreras, es decir, en última instancia, las bases de sustentación del gobierno popular instaurado el 25 de mayo.
Por su trayectoria, origen y compromisos, el señor Otero se empeñará por lograr que nada cambie en la presente estructura sindical.
Esa estructura se expresa de un modo igualmente reaccionario en sus dos cabezas: el CD de la CGT y las 62. Las fracciones internas carecen de importancia desde el punto de vista de la clase obrera. Si las 62 propician los “supersindicatos” para deglutirse a la CGT y Rucci resiste apoyándose en burócratas de gremios menores, en nada obsta para que unos y otros actúen como enemigos mortales de sus “representados”.
La explicación es sencilla. Ellos son el producto de la presión de la dictadura militar oligárquica sobre el movimiento sindical argentino y de la ausencia de una fuerza revolucionaria organizada desde las bases obreras capaz de enfrentar esa presión de traspasar las limitaciones del “sindicalismo puro”.
La Burocracia
Repudiados por las bases, los burócratas se instalaron y se mantuvieron con el respaldo del Ministerio de Trabajo, de la policía, del soborno público y privado y de la patronal. Si el país entero estaba amordazado y proscripto, los trabajadores no podían ser soberanos dentro de sus gremios.
La recuperación formal del gobierno por el pueblo aparecía así como el requisito previo para poder lograr la recuperación del movimiento sindical. A su vez, la recuperación del movimiento sindical es indispensable para que el nuevo gobierno conquiste un poder real y pueda avanzar en el camino revolucionario sin caer prisionero del ala burguesa, conservadora y entreguista del propio partido gobernante y del Frejuli, ni de los enemigos frontales derrotados en las urnas. La lucha por la democratización sindical adquiere así la primera prioridad, y recorrerá un camino sinuoso, conflictivo pero inexorable.
Como volvió a verse el día 25 en Plaza de Mayo, la CGT y las grandes direcciones sindicales han perdido toda capacidad de movilizar efectivamente a la clase trabajadora. Pero poderosas corrientes de protesta y renovación recorren las fábricas y talleres, afloran de pronto en estallidos anunciadores, indican que el proletariado argentino tiene bien en claro la usurpación sindical de que, después del 25 ha llegado el momento de enfrentarla.
En la ofensiva
Lo que puede llamar a engaño es la apariencia externa de esa lucha. Ella se da como guerra de solicitadas y declaraciones, como amenazas y atentados.
Así, en vísperas de la asunción del mando, la llamada “Juventud Sindical Peronista” costeaba una millonaria solicitada para rechazar “todos los intentos sectarios… de quienes pretenden… subirse al carro triunfal” para sacar adelante sus “intentos clasistas”. Naturalmente, estos “jóvenes” del dedo en el gatillo son “incondicionales” en su apoyo “a la CGT y las 62”, ya que el “trasvasamiento generacional no consiste en echar a un viejo todos los días por la ventana”. También elogian a los patrones que “desde sus empresas actúan con sentido nacional”, motivo por el cual rechazan toda tentativa de crear “nuevas y falsas antinomias”. En suma, no hacer ola, y, sobre todo, nada de socialismo. En su ceguera y desvergüenza, los autores de la solicitada no amagan siquiera un esbozo de programa, de objetivos, de reivindicaciones. Es comprensible. La “Juventud Sindical Peronista” no existe, es el títere parlante de Rucci y las 62, el grupo de matones y mercenarios. La solicitada constituye una respuesta amenazante a los “sectores radicalizados” de la Juventud Peronista, en suma, un episodio interno de la lucha de arriba por el poder.
Días después, la Mesa Nacional de las 62 aprovecha los incidentes de Plaza de Mayo y las palabras de Perón en Madrid desautorizando las provocaciones para repudiar “a todos los imperialismos, sean de izquierda o de derecha”, y la “Juventud Sindical” reincide con otra homilía paga, esta vez contra “gorilas y trotskistas”.
La realidad no es lo que expresan las palabras. Las palabras aluden a un enemigo externo, a lo sumo “infiltrado”. El ataque real se endereza contra la Juventud Peronista en sentido amplio, aunque a la vez apunta, en último análisis, al “peligro” central de que la clase obrera se ponga finalmente en movimiento. Pero esto define la lucha, en primera instancia, como una lucha ajena al cuerpo mismo de la clase trabajadora, como una lucha interna radicada en el seno del movimiento peronista, en otros términos, como una lucha de superestructura.
La encrucijada
En efecto, si por un lado la burocracia sindical es un cuerpo extraño a la clase trabajadora y sus intereses, el enemigo por ella “elegido” tampoco forma parte de la clase trabajadora sino en un sentido muy amplio e indirecto. En tanto amplios sectores de las juventudes peronistas abogan por una Patria Socialista e identifican su movimiento con el socialismo, ellos apuntan al programa histórico de la clase trabajadora. Pero ese programa debe encontrar sus puentes y mediaciones en el movimiento vivo de las clases para convertirse en una fuerza impulsora real.
Considerando así el asunto, por su faz concreta e inmediata, la Juventud Peronista aparece como una manifestación social de la pequeña burguesía radicalizada. Esto no es una crítica sino una constatación. Apunta, por un lado, a los “peligros” inherentes al grupo social aludido (subjetivismo, aventurerismo, “elitismo”) y, por el otro, al centro de gravedad del problema, que pasamos a exponer.
¿Qué hacer ahora?
Mientras el conflicto se dirima abierta o encubiertamente entre las dos “ramas”, será un conflicto de superestructura respecto a la clase trabajadora; un conflicto entre la burocracia sindical y la pequeña burguesía radicalizada. Esta última, a pesar de que toda la situación objetiva empuja hacia una profundización del proceso revolucionario, corre el peligro si las cosas quedasen planteadas en esos términos de “cocinarse en su propia salsa” y entrar en un callejón sin salida.
A su vez, la burocracia sindical aparece, después del 11 de marzo y el 25 de mayo, como una excrecencia reaccionaria, producto de Onganía, San Sebastián, Lanusse y sus comparsas, falsamente representativa de Perón y de las masas, cuyo poder no refleja la nueva relación de fuerzas creada a partir de las victorias populares. Pero será apuntalada por el conjunto de los sectores burgueses y proimperialistas como una garantía para frenar el proceso de transformaciones.
La clase obrera, por su parte, interpreta (no “ideológicamente” sino partiendo de sus necesidades más vitales) que el triunfo electoral abre el camino para una democratización de arriba debajo de la estructura sindical, que le permita concentrar fuerzas, defender sus conquistas y discutir libremente sus problemas. Esto es decisivo para el proceso en su conjunto.
La lucha por recuperar la soberanía sindical, después de haber recuperado la soberanía política, debe darse en los talleres, en las regionales y en los sindicatos mismos. No puede darse fuera del cauce de la propia clase obrera y tampoco (en nombre de un “izquierdismo” abstracto) contra la línea histórica de su unidad combatiente, que es la del 17 de octubre, el 29 de mayo y el 11 de marzo. Se trata de desalojar paso a paso, siguiendo las “sinuosidades” del terreno, a los agentes burocráticos y patronales, de desterrar con la fuerza de la movilización general las prácticas viciosas, verticalistas y fraudulentas (entre otras, el despido por la patronal de los opositores). Se trata, en fin, de conquistar el derecho a discutir públicamente cuál es el programa de la reconstrucción y la liberación nacional, de introducir la política en la vida cotidiana como expresión de los de abajo y no como imposición de intereses de arriba.
En esta lucha desempeñarán un papel de primer orden las agrupaciones político-sindicales organizadas y a organizarse a nivel de cada fábrica, de cada seccional y de cada rama de industria para canalizar la discusión, la formación y los esfuerzos militantes de los trabajadores.
Publicado en Izquierda Popular Nº 17 —órgano oficial del Frente de Izquierda Popular— 11 de junio al 26 de junio, 1973, páginas 4 y 5).
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