• Izquierda Nacional
  • Publicado el 06/06/1973

El reformismo y el ultraizquierdismo ahogaron al gobierno de Salvador Allende*

A los pocos días de producido el golpe militar contra el gobierno nacional-popular de Salvador Allende, el 11 de setiembre de 1973, la conducción del Frente de Izquierda Popular (la organización partidaria del la Izquierda Nacional) envió a un redactor de la revista partidaria a Chile, para tomar contacto con militantes de organizaciones revolucionarias hermanas y evaluar “in situ” la situación existente. La revista Izquierda Nacional

en su número 27, correspondiente a diciembre de 1973, publicó en sus páginas una serie de notas bajo el título general de “¿Por qué cayó Allende?”. En una de esas notas, que a continuación reproducimos, se explica que el golpe contrarrevolucionario se vio facilitado por los errores simétricos cometidos por el reformismo stalinista y el ultraizquierdismo foquista, que impidieron la convergencia de la clase obrera con los sectores medios civiles y militares. Al proceso revolucionario chileno le faltó una Izquierda Nacional y Revolucionaria con fuerza suficiente para ponerse a la cabeza de un bloque político y social antiimperialista y abrir el camino hacia el socialismo.

Al golpe de Pinochet le habían precedido los golpes de Garrastazu Medici en Brasil, de Banzer en Bolivia y el autogolpe de Bordaberry en Uruguay. Al poco tiempo caería Velasco Alvarado en Perú. Y el 24 de marzo de 1976 le llegaría el turno a la Argentina. En todos los casos la CIA y el Pentágono, infiltrados en las fuerzas armadas, los medios de prensa y los partidos politicos tradicionales organizaron el asalto al Poder de las oligarquías vernáculas. Se aplastaba así la gesta revolucionaria latinoamericana de los sesenta y los primeros setenta, y se iniciaba un periodo de terror contrarrevolucionario que parirìa años más tarde regimenes demoliberales partidocráticos hijos de la derrota de las masas populares.

Sólo 13 días antes del golpe de los cuatro comandantes, el 29 de agosto de 1973, “Nuestra Palabra”, órgano del Partido “Comunista” argentino publicaba un reportaje a Víctor Díaz, dirigente del partido homónimo de Chile, que acababa de desatar una “ovación indescriptible en el acto de clausura” del congreso del stalinismo local, realizado en el Luna Park. Díaz se preocupó de explicar al redactor de “Nuestra Palabra” que la asunción del general Pinochet a la jefatura máxima del ejército constituía un triunfo de la línea legalista de las Fuerzas Armadas e “interrogado sobre si el descontento reflejado en determinados cuerpos castrenses podía llevar a una disputa cruenta, contestó que en Chile hay consenso (…) de que las diferencias no pueden dirimirse a través de un enfrentamiento armado. Y agregó: ese consenso tiene eco en los cuarteles también. La guerra civil es abominada por la mayoría aplastante del pueblo chileno y es una gran tarea revolucionaria y patriótica evitarla”.

A la luz de los acontecimientos chilenos, las declaraciones de Díaz asumen todo su carácter macabro e ilustran el papel del stalinismo como enterrador del proceso revolucionario trasandino. La izquierda chilena ha debido pasar por la dura experiencia de la derrota para encarar una reflexión seria sobre su propia historia, sus vicios, su política. Hoy es difícil encontrar —en el exilio o en la clandestinidad— a militantes que hablen con ese ciego optimismo, esa absurda seguridad en la benevolencia de las fuerzas reaccionarias, que encubre, en verdad, una profunda desconfianza en las masas, en su movilización, en su capacidad de lucha.

Es preciso echar una mirada sobre las principales polémicas que agitaron a la izquierda trasandina durante el gobierno de Salvador Allende. En esos debates estaba implícita, ya, la ruta hacia la derrota. Revisar sus términos (una tarea que encaran ya los revolucionarios chilenos más concientes) forma parte de la necesaria autocrítica y del indispensable registro de las experiencias victoriosas o frustradas de nuestra América Latina.

La falsa opción: paz o guerra

La izquierda chilena se manejó en un universo maniqueo, donde la negociación, los métodos legales y parlamentarios, los expedientes pacíficos, fueron opuestos mecánica y unilateralmente a la acción extraparlamentaria, a la movilización revolucionaria de las masas e, inclusive, a la cuestión del armamento popular.

La explicación a esta especie de esquizofrenia política debe buscarse en varias causas. No es la menos importante de ellas el carácter históricamente reformista de los partidos de izquierda de mayor envergadura (comunista y socialista), sobre los que pesa la tradición de los frentes populares, el reformismo legalista del stalinismo y la socialdemocracia europeos. Hasta hace pocos años esos partidos negaban por principio la utilización de la violencia revolucionaria y así educaron a generaciones enteras de sus cuadros. Sobre un terreno abonado por esas ideas se sobreimprimió la influencia de la revolución cubana, y el elogio, también unilateral, de la acción armada y el foco guerrillero. Ambas posturas, a la postre, terminaron excluyéndose mutuamente, ignorando las enseñanzas de los clásicos del marxismo que orientan hacia la utilización combinada de todos los métodos de lucha. Y así como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria negó su apoyo a la Unidad Popular en las elecciones de 1970, en nombre de una crítica a la “vía pacífica”, el Partido Comunista combatió cada vez que pudo las acciones extraparlamentarias (la mayoría surgidas espontáneamente de las bases obreras) considerándolas “provocadoras”. Y obstruyó el armamento popular en los momentos decisivos.

Por cierto, la realidad misma del proceso empujó hacia la combinación de los métodos. Pero como no hubo una dirección capaz de enlazarlos racional y concientemente, esa combinación se operó de manera empírica. Y las direcciones sólo se ocuparon, pragmáticamente, de canalizar las presiones objetivas en lugar de orientarlas e impulsarlas con criterio creador y revolucionario.

Esta falla fue muy visible en la última etapa del gobierno de Allende, cuando el Partido Comunista insistía en impulsar la alianza con la democracia cristiana (mientras el presidente se esforzaba por anudar lazos con las jerarquías militares encabezadas aún por el general Prats), en tanto la izquierda vocinglera del Partido Socialista y del MIR repudiaba esos pasos y los obstaculizaba, en nombre de la intransigencia revolucionaria. Parece evidente, ahora, que una conducción seria debió haber actuado homogéneamente, planteando las negociaciones como mediación táctica, en una relación de fuerzas desfavorable, para ganar el tiempo que fuese necesario y pasar entonces a la ofensiva revolucionaria. El enfrentamiento de fases unilaterales de la táctica desarmó todo el engranaje de la Unidad Popular y así se explica que en pocas horas los generales de la Junta Militar fueran dueños de la situación el 11 de setiembre, sin más resistencia que focos inorgánicos y anárquicos que fueron presa fácil de la represión.

Pero el maniqueísmo “paz-guerra” tuvo en Chile otras expresiones, que los cuadros de la izquierda que hoy actúan en la resistencia se esfuerzan por aclarar.

Tareas democráticas y tareas socialistas

El trasfondo del debate que enfrentó en el seno de la izquierda chilena los métodos legales, parlamentarios, “pacíficos” con los extraparlamentarios consistía, en verdad, en la caracterización misma de la revolución que vivía Chile.

Sucede que también en este aspecto el conflicto padeció de formulaciones mecanicistas (de “ausencia de criterios dialécticos y desconocimiento de la historia de las revoluciones de este siglo”, según definió un compañero del MAPU. El MIR —y en general la ultraizquierda— no alcanzaron a cuestionar a fondo las posiciones de la socialdemocracia y del Partido Comunista, se limitaron a criticar sus efectos pero permanecieron tributarios de los fundamentos de aquellas postura, que pueden sintetizarse así: las revoluciones sociales reconocen etapas claramente divididas entre sí. Sólo a partir de esta hipótesis común comenzaba la discusión entre miristas y comunistas que encarnaban, entonces, dos caras de una misma medalla. En ese debate el MIR definía la etapa (y por ende los métodos revolucionarios, las tareas fundamentales y su política de alianzas) como socialista. El PC, por su parte, la definía como democrático-burguesa. Detrás de cada una de esas posturas se alineaban fracciones internas del radicalismo, del MAPU y del PS. El propio MIR definía así la cuestión en un documento: “En síntesis, levantamos un programa antiimperialista y anticapitalista, socialista en sus líneas fundamentales y no un programa puramente antiimperialista, antimonopólico, antifeudal y democrático, como lo hacen algunas fuerzas de la Unidad Popular”.

Por cierto, definir el contenido social de la revolución es un problema teórico fundamental para partidos que aspiran a encabezar el proceso transformador. El tema motivó centenares de cuartillas impresas cruzadas —por ejemplo— entre las distintas corrientes revolucionarias rusas. En aquel caso, sin embargo, tanto los mencheviques como los bolcheviques coincidían en definir el carácter “burgués”, democrático, de las tareas que pondrían en movimiento las fuerzas motrices de la revolución.

El debate consistía en que, mientras los mencheviques deducían del carácter burgués de las tareas a cumplir que los partidos burgueses serían los encargados de encabezarla, Lenin y Trotsky no sin diferencias afirmaban (y en 1917 se verificaría) que los protagonistas de la revolución democrática serían los obreros y los campesinos, y que esa revolución encararía de inmediato objetivos de tipo socialista, que trascenderían el contenido inicialmente “burgués” del movimiento.

El MIR no representaba, por cierto, al “bolchevismo”. En cambio, el PC pareció encarnar la vieja posición de los mencheviques rusos. A las acciones espontáneas de los trabajadores por conquistar la participación en el control de las empresas en el área social la burocracia del PC opuso mil obstáculos; inclusive, los funcionarios del PC iniciaron un movimiento tendiente a reducir el número de empresas nacionalizadas, devolviendo algunas a la gestión privada. Sólo la acción de los trabajadores de esas empresas impidió parcialmente el retroceso.

El “realismo” del PC le permitía comprender la necesidad de ganar aliados en los sectores de las clases medias y aun del a burguesía nacional; pero su temor al avance de la revolución, su respeto reverencial a los límites burgueses de “la etapa” le cabían perder de vista que la única garantía para conquistar aliados e impulsarlos hacia delante es la consolidación de las propias filas. Las danzas y contradanzas de la conducción comunista habían llegado ya a enajenarle el apoyo de importantes sectores de la juventud partidaria, que se encontraban hasta el 11 de setiembre en proceso de apertura crítica.

Por su parte, el MIR, con su definición socialista pura tendía a aislarse (y a aislar a los trabajadores, en caso de que sus tesis se generalizaran) de importantes sectores de la población que están de acuerdo en avanzar democráticamente, en luchar contra los monopolios y en defender a la patria frente al imperialismo. Como la naturaleza aborrece el vacío, renunciar a una política de alianzas con esos sectores implicaba impulsarlos a la alianza con la derecha. No otro efecto tuvieron en importantes sectores de las clases medias las definiciones verbales ultraizquierdistas no sólo del MIR sino de la conducción del PS.

Ligado a este problema parece estar otro, de no menor importancia: la inadecuación del lenguaje de la UP a la realidad del proceso político chileno (y ya se sabe que detrás de las palabras hay siempre un sistema de valores). La izquierda chilena parecía empeñada en adornar la “vía pacífica” al socialismo con un lenguaje de vísperas de guerra civil, y en comentar medidas de corte democrático, nacionalista, popular con un léxico abundante en frases “anticapitalistas”. Era frecuente escuchar a senadores de la UP desafiar a la reacción con la “violencia”, a dirigentes radicales postular “la socialización de los medios de producción y de cambio” y a militantes cristianos definirse súbitamente como “marxistas-leninistas” para acreditar sin atenuantes su voluntad transformadora. Esta revolución de las palabras velaba, en verdad, el contenido progresivo general (no estrechamente clasista) de las medidas de gobierno de Allende, y aterrorizaba con sus giros a los pequeños propietarios y aun a las clases medias sin propiedad alguna.

El ultrismo de un lado, y la parálisis burocrática del otro, dejaban a las clases medias en manos de la derecha que, en cambio, usaba a su manera un lenguaje “democrático” y “nacionalista” y demostraba decisión para actuar, combinando todas las formas de lucha: la huelga, la movilización, el bloqueo parlamentario y el golpe de estado. Si de ese lado había “marxistas al revés”, en la UP predominaban los “marxistas a la violeta”.

Jóvenes militantes del MAPU y del PS que hablaron con “Izquierda Nacional” señalaron a modo de autocrítica que “Lenin no asumió el poder con la consigna de dictadura del proletariado, sino en virtud de que supo hacerse cargo de tres objetivos ‘modestos’ y sentidos por todo el pueblo: paz, pan y tierra. Fidel llegó al poder como representante de la Cuba oprimida enfrentada al imperialismo. Su lema fue: Patria o muerte. La izquierda sólo puede triunfar en Chile, y sostener su victoria, si es capaz de acoger bajo la bandera socialista a todos los sectores afectados por la expoliación de la oligarquía y los monopolios y la dependencia del imperialismo. Para ello es preciso forjar un lenguaje y un programa nacional y democrático. Pero ese programa sólo podría llevarse a cabo si la izquierda apela —sin excluir negociaciones y métodos legales— a la movilización y al espíritu de lucha de los trabajadores como arma fundamental. Si se despoja del cretinismo parlamentarista y del cretinismo antiparlamentarista. Los objetivos de los trabajadores no pueden suspenderse en nombre del “respeto de la etapa”, ni pueden obtenerse al margen de la alianza con todos los oprimidos”.

Es necesaria una profunda autocrítica

Aunque las circunstancias que vive Chile no son las más propicias para alentar un debate teórico, sectores de la izquierda han comenzado, en la clandestinidad, una intensa reflexión para asumir las amargas enseñanzas que surgen de la derrota de Salvador Allende.

Seguramente una tarea similar realizan en su obligada diáspora los centenares de chilenos que debieron optar por el amargo camino del exilio.

Sin embargo, generalizar los resultados de esa reflexión autocrítica no será fácil. La dificultad no estriba tanto en las circunstancias de la represión o el destierro (al fin de cuentas los revolucionarios siempre han discutido y creado teóricamente en condiciones hostiles: Lenin escribió sus principales trabajos en la clandestinidad o el exilio, Gramsci lo hizo en la cárcel), sino en la ausencia de criterios severos de debate en la izquierda chilena, en una tradición de empirismo impuesta por el PS y de ausencia de democracia interna y esclerosis ideológica, clásica en el stalinismo. (Ese temor de los comunistas a la difusión de las ideas se ejemplifica en un hecho: la editorial Quimatú —por influjo de algunos hombres del POS— llegó a editar “Historia de la Revolución Rusa” de Trotsky después de sortear mil escollos. Finalmente el Partido Comunista compró una edición completa… ¡para destruirla!

La ausencia de hábitos de discusión democrática conspiró, asimismo, contra el gobierno de Allende. Los errores de los funcionarios eran ocultados por sus partidos: los abusos de autoridad o ciertas actividades ilícitas eran tapados “para no hacer el juego a la derecha”. De esta forma, a los ojos de las masas el desprestigio era imputable al conjunto del gobierno y la coalición oficial, con el consiguiente proceso de desmoralización.

Esta ausencia de debate favorece ahora la tentación de las aventuras. Desde el MIR y desde algunos sectores del ala izquierda socialista (sin excluir a sectores del PC) se predica que —derrotada la “vía pacífica”— ha llegado la hora de las armas, sin comprender que esa hora, que debió acompañar como la sombra al cuerpo, armónicamente, la experiencia allendista, fue derrotada como táctica unilateral el mismo 11 de setiembre. El golpe no terminó solamente con el “reformismo”, sino con su complemento simétrico, el “foquismo”. Hoy es imposible (y aun suicida) intentar con visos de ´`éxito una resistencia armada en plena época de repliegue. Una táctica de esa naturaleza, que no esté medida por la reorganización de los cuadros, el rearme político —con la consiguiente autocrítica— y la ligazón estrecha con las formas de resistencia espontánea que surjan del movimiento obrero tiende a fortalecer a la Junta Militar. Los gorilas están profundamente surcados por contradicciones internas que no estallan por el momento porque encuentran un elemento de unidad en el exterior: el “peligro marxista”. Más que ayudarlos, habría que dejar que opere sobre ellos la dialéctica del proceso. ¿Podrá acaso el ministro Bonilla seguir visitando fábricas y poblaciones, prometiendo el respeto de los derechos obreros si se mantiene la actual política económica, el congelamiento de salarios, la inevitable alza de precios, el aumento de la explotación? ¿Cuánto tiempo van a soportar esta política las bases de los partidos que volcaron la balanza a favor e los gorilas? ¿Sobre qué fuerzas van a apoyarse en definitiva los militares? Estas son preguntas que deberían contestar los gorilas, y el proceso irá devorándose a sus fracciones internas. La izquierda, entre tanto, debe comprender que la política —como decía Lenin— “es una larga paciencia” y debe actuar serenamente, concientemente para rearmar sus cuadros y preparar la contraofensiva.

Por el momento el camino elegido por algunos núcleos militantes de la izquierda chilena es re-enhebrar los vínculos que el golpe militar destruyó, vincularse férreamente al movimiento obrero, desoir los cantos de sirena de la “vía armada” y proceder de inmediato a generar un aparato de prensa y discusión clandestina que servirá como instrumento de renovación ideológica y política a los revolucionarios trasandinos.

Por esa y otras vías, no siempre confluentes transita en estos momentos la resistencia popular al régimen de los asesinos de Chile.

Bibliografía:

Izquierda Nacional. Tribuna del socialismo revolucionario, Nº 27, diciembre de 1973. Director: Jorge Abelardo Ramos

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