- Frente Obrero
- Publicado el 22/10/1945
El imperialismo yanqui y la burguesía argentina*
Aurelio Narvaja
A pesar de que hace ya varios meses que las Naciones Unidas han obtenido la victoria, el imperialismo yanqui continúa su campaña contra el gobierno argentino. Durante mucho tiempo la misma se basó en la penetración nazi, el espionaje y en supuestas tentativas de Alemania de crear un frente diversionista en América del Sur (incluso el plan de invasión de los Estados Unidos por los argentinos, denunciado en la prensa yanqui por Emil Ludwig). Ante la imposibilidad de continuar con semejante patrañas, los agentes de Wall Street simulan ahora interesarse por el porvenir democrático del pueblo argentino.
No creemos necesario abundar en argumentos y ejemplos sobre la falacia de las pretendidas simpatías democráticas de los gobernantes yanquis, agentes del gran capital. Cualquiera puede encontrar todos los días, en la prensa, las noticias sobre colaboración amistosa entre el Departamento de Estado y los regímenes mas brutalmente reaccionarios de todo el mundo.
En la actualidad la prensa de los Estados Unidos, así como la mayoría de los diarios de América Latina, bajo el control de los pulpos financieros de Wall Street, realizan una sistemática campaña en contra del pueblo argentino, encubriéndola en una lucha contra su gobierno. Escritores, músicos, políticos, periodistas, poetas, sabios, etc., formulan periódicamente declaraciones y escriben artículos en la prensa continental “explicando” la apatía del pueblo argentino ante su gobierno nazi. Los editorialistas de los grandes diarios de América Latina y los comentaristas radiotelefónicos simulan defender a sus “hermanos” argentinos de la imputación —que ellos mismos hacen— de que en nuestro país sus habitantes sólo se interesan por los placeres materiales y el fútbol. Con más o menos habilidad, con mayor o menor éxito, el “problema” argentino es debatido en estos términos una y otra vez; y así, durante meses y años. La huelga del 17 y 18 de octubre explicó suficientemente la “apatía” del proletariado. Una derivación dolorosa de todo esto es la franca actitud de antipatía y desconfianza que ciertos círculos de obreros avanzados de América latina y de Estados Unidos demuestran ante nuestra actividad revolucionaria. Quieren “aconsejarnos”, “ayudarnos”, sin advertir el paralelismo sospechoso de su actitud con las normas propagandísticas que dicta el Departamento de Estado. La verdad es que la penetración del imperialismo yanqui en el movimiento obrero de América Latina está lejos de ser únicamente ideológica: el dinero yanqui, más o menos disfrazado, juega un gran papel.
Es necesario preguntarse a qué se debe el despilfarro de dinero de las Sesenta Familias, en esta cuestión. Excluida la hipótesis de que pueda tratarse de un interés lírico por la democracia argentina, debemos buscar en causas mas materiales la explicación de su actitud. La misma no se encuentra en la tradicional separación o falta de comprensión entre las clases dominantes de Argentina y Estados Unidos debido a la similitud de su producción agropecuaria, que las hizo, en el pasado, competir en los mercados europeos. Tampoco en la estrecha ligazón económica existente entre la burguesía agropecuaria argentina y el imperialismo inglés, que ha colocado a éste en nuestro mercado de mercancías y capitales en situación de invariable superioridad con respecto a su rival yanqui. Aunque ambos factores tienen una influencia poderosa, no explican por sí solos la áspera disputa. Esos factores han existido en el pasado y no se han desarrollado ahora más que entonces. Sin embargo, las relaciones tenían un tono diplomáticamente correcto. Ahora las cosas han cambiado. Todos los disimulos se han dejado de lado, y en los altos círculos de Estados Unidos lo único que se discute son los métodos a adoptar en una lucha en la que todos ellos están de acuerdo.
La causa inmediata de esta actitud reside en el nacimiento de una joven burguesía argentina, en gran parte ligada al capital europeo, que intenta competir con los productos industriales yanquis. La causa mediata, aunque la única decisiva y que lo explica todo, está en el temor de que con la base de un cierto desarrollo industrial argentino se estructure una federación de países de Latinoamérica. Como ya se ha dicho, los imperialistas yanquis, apoyándose en el poderío derivado de la Unión de los Estados norteamericanos en su actual gran nación, quieren impedir que los países sudamericanos construyan su Estado nacional unificado.
La política yanqui con respecto al sector actualmente dominante de la burguesía argentina es sólo un aspecto de una más amplia y general frente a los que están en situación similar en el resto de América Latina. Lejos estamos de querer jugar con analogías peligrosas. La situación de los Estado latinoamericanos es tan distinta entre sí como puede serlo la de países semicoloniales de un mismo origen, que han basado su economía en la venta a los países imperialistas de uno o dos productos básicos ya los que la crisis general del capitalismo y la consiguiente de su economía básica ha obligado a una cierta industrialización. Y, podemos agregarlo, que tienden a caer todos bajo la hegemonía de una sola metrópoli imperialista: los Estados Unidos. Es decir, que dentro de sus grandes diferencias tienen profundas analogías. Así Brasil, basada su economía en la exportación de café (que en 1921 representaba el 60 % del total de la misma, para caer en 1942 a sólo el 26 %), cuyo principal comprador lo constituía los Estados Unidos. Toda la vieja oligarquía fazendeira es abiertamente enemiga de la industrialización realizada en los Estados de San Pablo y Minas Geraes, cuyo principal mercado exterior lo constituye la Argentina. A su vez, la burguesía industrial brasileña, aunque ligada al imperialismo, tiene interés en unir su economía con la de nuestro país, que además de ser un buen mercado, le puede suministrar abundantes alimentos para su proletariado.
En ambos países —Argentina y Brasil— (en otra ocasión hablaremos de Chile) existen intereses partidarios y enemigos de estrechar su vinculación económica. La tendencia favorable se traduce, por el momento, en una política ferroviaria y caminera, distinta de la tradicional —que unía el interior con los puertos de exportación—, tendiente a facilitar la vinculación económica de ambos países; amén de estudios y proyectos de tratados aduaneros que conducirían a una eventual Unión Aduanera. El imperialismo yanqui se apoya en los poderosos intereses económicos que resultarían hondamente perjudicados por una transformación económica tan radical (cultivadores de café y ganaderos de Río Grande, en Brasil; terratenientes y productores de azúcar y yerba mate, en Argentina, por ejemplo). Como no está seguro de poder mantener por ese medio la situación actual, prepara ideológicamente al pueblo norteamericano y al de los distintos países de Latinoamérica contra la Argentina “fascista” para una intervención más directa. El pequeño Uruguay, super-artificial creación del imperialismo, continúa desempeñando su papel de Gibraltar sudamericano.
Las jóvenes burguesías argentina y brasileña, llegadas demasiado tarde, se ven enfrentadas ante una tarea que excede enormemente sus propias fuerzas; las burguesías de los otros países latinoamericanos, Méjico inclusive, están en peores condiciones aún. El temor de la revolución proletaria les quita el aliento y ante el primer amago de una seria movilización de las masas correrán a cobijarse bajo las alas protectoras del águila yanqui. Cualquier clase de ilusión a este respecto, cualquier sobre estimación de las posibilidades revolucionarias de las burguesías latinoamericanas, sólo puede conducir a la case trabajadora al desastre.
Las tareas nacionales incumplidas, en esta época en que el socialismo está a la orden del día, sólo pueden ser realizadas por el proletariado. Es a él al que le corresponde denunciar abiertamente el papel expoliador y esclavizante de las Sesenta Familias, su mentida democracia, su apoyo a los dictadorzuelos sangrientos del Caribe, su ilegal ocupación de Puerto Rico, el régimen inhumano que impera en las empresas industriales que posee en nuestros países. Es a él al que le corresponde explicar la mentira y la impotencia del antiimperialismo burgués, que es incapaz aún de plantearse claramente sus objetivos nacionales; es él quien debe dar las razones de por qué en los momentos decisivos los burgueses “antiimperialistas” se pondrán inevitablemente del lado del amo o, en el mejor de los casos, de parte de un amo imperialista en contra de otro. Es a la clase trabajadora a la que le corresponde la tarea de explicar a los pueblos de América Latina la conveniencia de llegar a una federación de Estados que se daría una constitución, a través de una Asamblea Constituyente democráticamente elegida.
Para llevar adelante esta grandiosa tarea histórica el proletariado latinoamericano no necesita renegar de sus objetivos de clase. Es mas, sólo logrará cumplirla si lucha abiertamente por los mismos, si no se deja paralizar por la mentirosa teoría que identifica sus intereses con los de las burguesías nativas. Bajo la dirección de su partido de clase el proletariado debe conducir una lucha independiente por sus objetivos de clase, sin postergar ninguno de ellos en aras de la solidaridad con la burguesía.
El proletariado argentino debe, en la acción, desenmascarar al antiimperialismo burgués exigiendo la confiscación sin indemnización de los frigoríficos, ferrocarriles, teléfonos, servicios de luz y aguas corrientes, en manos de las empresas extranjeras. Debe exigir la nacionalización del petróleo y la fusión de todos los bancos en un banco único del Estado. Sólo en la acción podrá poner de manifiesto la estrecha vinculación que existe entre los partidos y dirigentes sindicales “democráticos” y el imperialismo.
Aparecido en Frente Obrero, N° 2, octubre de 1945.
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