• La Patria Grande
  • Publicado el 01/11/1989

Ejército y Revolución Nacional*

Gustavo Cangiano

Etiquetas/Temas: fuerzas armadas, seineldin,

Muchos compañeros trabajadores y estudiantes que miran con simpatía nuestras banderas de nacionalismo popular y socialismo criollo no terminan de comprender, sin embargo, la posición que adoptamos en relación con las Fuerzas Armadas. Al mismo tiempo, los jóvenes militares que siguen nuestras posiciones pueden sentir desconfianza de la adhesión al socialismo criollo y latinoamericano. Los primeros nos recuerdan el papel desempeñado por las fuerzas Armadas a partir de 1976, cuando actuaron como garantes de la política imperialista de Martínez de Hoz y desataron una feroz represión contra el movimiento popular. Los segundos no olvidan que en nombre del socialismo los grupos terroristas asesinaban a sus camaradas.

Estas razones ideológicas que mantienen enfrentados a militantes populares y a jóvenes militares nacionalistas no impiden pero obstaculizan la conformación de un Frente Nacional y Revolucionario que proporcione fuerza material a un proyecto integralmente emancipador. Es por ello que nuestra política se orienta en el doble sentido de disolver los prejuicios antimilitaristas en el seno de la sociedad civil, y contribuir a la comprensión de los problemas que aquejan a la Argentina semicolonia, l por parte de la juventud militar. La enorme fuerza del imperialismo torna difícil la tarea, pero ella resulta imprescindible para garantizar la victoria definitiva de la Revolución Nacional y Social.

Imperialismo, izquierda cipaya y nacionalismo oligárquico

Hay épocas enteras en que “la historia hace que el problema militar se convierta en la esencia del problema político”. Así viene ocurriendo en nuestro país, por lo menos, desde 1982. Ese año la Argentina libró una batalla militar contra el imperialismo anglonorteamericano en las Malvinas. Desde entonces la unidad del Ejército ha permanecido quebrada, abriéndose así importantes perspectivas para un proceso revolucionario.

Tras el golpe militar de 1955 los cuadros nacionalistas surgidos en el seno de las Fuerzas Armadas fueron sistemáticamente raleados, garantizándose de tal modo la unidad monolítica bajo la hegemonía de los altos mandos liberales vinculados estrechamente al imperialismo. Ningún régimen puede estabilizarse si no se apoya en un aparato represivo sin fisuras: así sucede en los Estados Unidos, en la URSS, en Cuba, y también en Argentina. Por tal razón es que tras la herida abierta que dejó la experiencia de Malvinas, las clases dominantes y el imperialismo se apresuraron a desarrollar una política desmalvinizadora y antimilitarista que recluyera a los militares en los cuarteles y abortara la creciente politización de los cuadros más jóvenes. La partidocracia demoliberal se encargaría, entretanto, de administrar el orden semicolonial.

Si la política del imperialismo –ejecutada principalmente a través del alfonsinismo- consistió en descargar sobre los militares la exclusiva responsabilidad de lo sucedido durante el “Proceso” mediante la falsa disyuntiva de democracia o dictadura, no menos perjudicial resultó la política seguida por la izquierda cipaya. En nombre del repudio a la violación de los derechos humanos y a la “locura” de Malvinas, se contribuyó a que importantes sectores populares percibieran a la juventud militar nacionalista como al enemigo “fascista” antes que como al aliado potencial en la tarea común de la revolución nacional y social. Confundiendo los aspectos ideológicos con los determinantes socio-económicos y olvidando que el marxismo es “el análisis concreto de la situación concreta”, los partidos de la izquierda cipaya homologaron a Raúl Alfonsín con Manuel Azaña o con Kerensky, y a Aldo Rico con Millan Astral o con el general Kornilov. Así, por ejemplo, según el MAS, “los sectores más reaccionarios y desclasados de las Fuerzas Armadas ocuparon las Islas Malvinas”, y la “esencia del Operativo Dignidad de Semana Santa era salvar de la Justicia a los militares partícipes directos del genocidio” (1)

A diferencia de Carlos Marx, que enseñó a buscar la esencia de los fenómenos detrás de la apariencia que la oculta, sus sedicentes discípulos se despreocupaban de tales sutilezas y erraban en la caracterizació n del enemigo: Rico era lo mismo, cuando no algo peor, que el generalato liberal. La contradicción nacional que en el seno de las fuerzas Armadas separaba a liberales de nacionalistas (reflejo, en última instancia, de la naturaleza semicolonial del país), era ignorada mediante un reduccionismo pseudoclasista que oponía los suboficiales a los oficiales.

Tanto la política demoliberal del imperialismo, como la “democlasista” de la izquierda cipaya, confluían en el propósito de aislar a la juventud militar nacionalista de sus potenciales aliados en el movimiento de masas. En tales condiciones resulta comprensible que el “nacionalismo oligárquico” gane espacio entre los jóvenes oficiales contribuyendo a reforzar su aislamiento político.

Aldo Rico: tercermundismo práctico y occidentalismo teórico

Jean Larteguy ofreció en sus famosas novelas una descripción de la psicología de los soldados franceses que combatieron en Vietnam y en Argelia. “Nosotros, centuriones –dice uno de sus personajes-, somos los últimos defensores del hombre de Occidente contra todos aquellos que quieren esclavizarlo, contra los comunistas que niegan el bautismo al niño, no aceptan la conversión del adulto, pero también contra algunos cristianos que sólo piensan en el pecado y se olvidan de la redención” (2). El teniente coronel Aldo rico señala en un libro recientemente publicado (3) supuestas semejanzas entre carapintadas y centuriones.

Pero no cabe sino disentir con la opinión de Aldo Rico. Mientras que el nacionalismo de los centuriones franceses era decididamente imperialista (guerreaba para mantener la explotación colonial de los pueblos oprimidos de Vietnam y Argelia), el nacionalismo militar de un país semicolonial como Argentina (si ha de merecer tal nombre) está guiado por una lógica antiimperialista y revolucionaria que trasciende la ideología de los propios actores. Este punto, claramente percibido por el imperialismo e ignorado por la izquierda cipaya, requiere de una cuidadosa atención por parte de los jóvenes militares nacionalistas.

Cuando Rico proclama su adhesión a Occidente y se distancia del Tercer Mundo, no hace sino condenarse a la propia esterilidad política y pagar tributo a la propaganda del enemigo liberal. Sus palabras desmienten su acción, que potencialmente encierra la posibilidad de una convergencia de la clase obrera, el conjunto de los trabajadores y los militares patriotas en un Frente Nacional que avance en la defensa de la soberanía nacional, la identidad cultural y la modificación revolucionaria de la estructura social.

Los más lúcidos militares nacionalistas de América Latina así lo comprendieron, y supieron dotar a su nacionalismo de un profundo contenido democrático y popular. El general Perón se diferenció de “los piantavotos de Felipe II” y habló del “socialismo nacional”; el general Torrijos confesó que si enfrentó alguna vez a los revolucionarios, acabó siendo él mismo un revolucionario; el general Velasco Alvarado combatió a los terratenientes y a las multinacionales sin temer que se lo estigmatizara como “marxista”.

Un Ejército al servicio de la Revolución Nacional

Como señala Jorge Abelardo Ramos, “el Ejército sustituyó, en el vacío histórico de la semicolonia, a la burguesía industrial que no pudo ser. La institución militar desempeñó, en parte, las funciones de una clase “ (4). Esta circunstancia (ignorada por una izquierda cipaya inmersa en el democratismo y en el clasismo abstracto) determina que las Fuerzas Armadas habrán de jugar, como ya lo han hecho, un papel en el proceso de emancipación nacional y social. El imperialismo percibe claramente la cuestión y por ello apoya a las facciones liberales (Videla, Caridi, Gassino) al tiempo que influye sobre los sectores nacionalistas con sus preceptos ideológicos anticomunistas, antitercermundistas y occidentalistas. En la sociedad civil, simultáneamente, propaga un hipócrita antimilitarismo demoliberal.

La nueva situación política creada con la asunción al gobierno de Carlos Menem reactualiza la importancia de la política militar a la luz de la crisis que atraviesa a las Fuerzas Armadas. El enorme poder del imperialismo se manifiesta en el espacio que sus más destacados personeros (los Alsogaray, Rapanelli, Krieger Vasena, etc.) han comenzado a ocupar para torcer la voluntad revolucionaria de las masas explotadas.

El movimiento obrero, las amas de casa, los jóvenes estudiantes, habrán de librar todavía grandes luchas. Los oficiales y suboficiales de Malvinas y de Semana Santa, conscientes de que el Ejército no puede ni debe ser neutral cuando está en juego el destino de la patria y del pueblo, deberá optar: con los amos del mundo y sus corruptos servidores nativos o con el pobrerío explotado hacia la Revolución Nacional.

Bibliografía:

Publicado en “La Patria Grande”, Año IX, Nº 42, Buenos Aires, noviembre de 1989.

ENVIAR ESTA NOTA POR E-MAIL A UN AMIGO





SUSCRIBIRSE A NUESTRA LISTA DE CORREO

¡Unirse a nuestra lista de correo!

El contenido de esta página es de libre circulación mencionando la fuente • Izquierda Nacional, publicación del grupo Socialismo Latinoamericano, se realiza sin aportes de particulares, es un esfuerzo militante.