- Socialismo Latinoamericano
- Publicado el 01/11/1993
Con propiedad privada no hay libertad de prensa*
Gustavo Cangiano
A comienzos del siglo XX surgió en el seno del movimiento socialista europeo una corriente revisionista que pretendía refutar teóricamente las previsiones de Marx acerca de la tendencia a la concentración del capital. En el Congreso de Stuttgart de 1899, Eduardo Bernstein, el inspirador de esta corriente, sostuvo que “la agravación de la situación económica no se ha efectuado como lo había previsto el Manifiesto Comunista” y “el número de poseedores no ha disminuido, sino que ha crecido”. En su trabajo “Las premisas del socialismo y el propósito de la socialdemocracia”, Bernstein intentó fundamentar su posición recurriendo a una maraña de cifras que demostraban, en su opinión, que “el número de accionistas y la cantidad proporcional de su parte de acciones ha ido aumentando rápidamente”, por lo cual concluía: “Es, pues, completamente erróneo suponer que el actual desarrollo de la sociedad muestra una relativa o absoluta disminución del número de miembros de las clases poseedoras. Su número aumenta así relativa como absolutamente”.
Es sabido que fue el propio Lenin quien desenmascaró tanto las falacias contenidas en las tesis revisionistas como su función legitimadora de los intereses de una aristocracia obrera que había crecido al calor de la expansión imperialista y que aspiraba a compartir los beneficios de la burguesía antes que a destronarla. Sin embargo, los herederos de Bernstein (los “marxólogos” académicos, el falso socialismo de Bravo, La Porta, etc.) han proliferado hasta el punto de superar con creces el cretinismo del maestro. Recientemente, el post-socialista Ernesto Laclau sostenía que resultó falsa “la presuposición de que la sociedad se proletarizaría y sería cada vez más homogénea; la sociedad capitalista no fue cada vez más homogénea sino, al contrario, crecientemente diversificada” por lo cual “las asociaciones de consumidores” deben ocupar el espacio del “sujeto único portador de un discurso liberador que para el marxismo era el proletariado”. Resulta lógico, entonces, que quienes, como Laclau y congéneres, descubren en Lita de Lázzari la fuerza transformadora que en otra época habría pertenecido a la clase obrera, terminen renunciando al “control estatal del proceso de producción” y proponiendo “una gestión democrática del poder que atraiga capitales” (ver “Página/12”, 10/10/93).
El mentís de Lenin a las tesis revisionistas que embellecen al capitalismo encuentra ahora un inesperado aliado. Se trata nada menos que de Julio Ramos, el dueño y director de “Ámbito Financiero”, diario que vio la luz junto a Videla, en 1976.
Inspirado “en un motivo personal que estimo legítimo: subsistir”, Ramos alerta sobre “la necesidad de combatir monopolios y oligopolios”. Antiperonista convencido (“el distribucionismo de Perón había generado formas cercanas al fascismo”), partidario del neoliberalismo de Pinochet, Alzogaray y Aleman, y menemista de la primera hora, este ex periodista de “Clarín” y “La Opinión” describe con crudeza la ruta hacia el monopolio trazada por el diario de Noble-Magnetto.
Clarín: paradigma de la prensa “libre”
“Los cerrojos a la prensa” pone a disposición del lector preciosos datos acerca de Clarín. Nacido el 28 de agosto de 1945, el “gran diario argentino” fue obra de Roberto Noble, un “bon vivant” que incursionó en la política durante la Década Infame. Miembro del Partido Socialista Independiente, una organización de derecha liderada por Federico Pinedo, Noble fue ministro del gobernador Manuel Fresco, quien instituyera el célebre “fraude patriótico” con el argumento de que “a los argentinos nos gustan las cosas claras, a la luz del día, ¿qué tenemos que hacer metidos en un cuarto oscuro?”. Luego de apoyar a la Unión Democrática contra el peronismo en 1945, Noble bajó sus decibeles políticos hasta la irrupción del frondi-frigerismo, que lo sedujo hasta el extremo de permitir a los desarrollistas controlar el diario durante un prolongado periodo. Sin embargo, desde que su criatura vio la luz, es ella la que habla por su fundador.
Clarín no sobresalió en sus comienzos por su agudeza política. La gesta del 17 de octubre de 1945 le pasó inadvertida, reseñándola ocho días más tarde al “criticar los desmanes”. Una semana después de los comicios del 24 de febrero de 1946 que ganó Perón, todavía seguía informando sobre la supuesta victoria de Tamborín-Mosca. Pero Clarín lograría reponerse del fallido debut asumiendo una actitud oportunista hacia el gobierno peronista —como luego frente a la “Libertadora”— que le permitiría sobrevivir y ganar terreno en el mercado de lectores mediante el expediente de los avisos clasificados. Ya en 1993 Clarín factura 70 millones de dólares al año sólo en concepto de clasificados aunque, para esta época, su poderío se ha extendido sobre el periodismo radial y televisivo.
En efecto, usufructuando la declinación de otros diarios (La Prensa, La Nación, El Mundo, La Opinión) Clarín avanzó sobre el mercado recurriendo a los favores de los más variados gobiernos. La privatización de Papel Prensa por parte de la dictadura de Videla puso en manos de Clarín, La Nación y La Razón una porción significativa de la empresa, en la que estaban asociados al Estado y desde donde controlaban la distribución de papel. Es aquí donde se desatan las iras de Ramos: “Papel Prensa consumía por esa época (1983) 20 millones de Kw. por mes (lo que consumen en ese lapso 250 mil casas de familia). Pero pagaba poco más de la mitad de lo que hubiera pagado cualquier industrial por ese consumo”. Este mecanismo determinó que entre 1981 y 1989 Agua y Energía dejara de percibir 55 millones de dólares permitiendo que Clarín consolidara su monopolio con el dinero público y contribuyera a generar ese déficit de las empresas estatales que más tarde se invocaría para legitimar su privatización.
Un mes antes de abandonar el gobierno, Alfonsín envía al Congreso un proyecto para derogar el inciso e) del art. 45 de la Ley de Radiodifusión, que prohibía a medios gráficos poseer radios o canales. En la misma línea, el gobierno de Menem derogará la norma y así dejará las manos libres a Clarín para lanzarse sobre la prensa radial y televisiva. Dueño ya de Radio Mitre, Clarín se apropia de Canal 13, por el cual “pagó menos de lo que pagó Telefé por Canal 11, pese a que éste tenía menos equipos y menos poder de pantalla”, según denuncia Ramos. Simultáneamente, Clarín “comprendió que no podía descuidar las entidades periodísticas si quería mantener en avance su privilegiado monopolio”. Y pasó a controlar ADEPA, ARPA y a inventar otras como CEMCI.
Dueño de una radio abierta, dos FM, 82 radios repetidoras, con intereses en Papel Prensa y controlando entidades periodísticas y una agencia de noticias, el monopolio Clarín acumuló un poder de tal magnitud que atemoriza a los de por sí timoratos políticos de la partidocracia: “ojo, si nos metemos con ese tema nos ganamos la guerra de Clarín”, advertía Vernet cuando integraba el gabinete de Cafiero.
Julio Ramos: buen diagnóstico y mala terapia
Según Ramos, “con un único gran monopolio de Clarín dominando el 65 o casi el 70 por ciento del mercado de prensa y la información y 30 o 35 por ciento restante diseminado entre medios independientes individuales como Ámbito Financiero”, Argentina ocupa el eslabón más bajo en lo que respecta a la libertad de prensa. Algo mejor está México, cuyo gobierno acaba de “promover otro monopolio privado que saliera a competir a Televisa”. Pero donde “hay una adecuada libertad de expresión” es “en EE.UU. y los principales países de Europa regidos por la cifra mágica de un 25 % en cuanto a dominio de cadenas, prensa gráfica y no más de una onda eléctrica por dueño en un mismo espacio privado”. En suma, la solución propiciada por Ramos para que impere la “libertad de prensa” es: “no multiplicidad de medios en una mano o dueño sino multiplicidad de dueños”, lo cual puede alcanzarse mediante “una legislación que evite la concentración”. Y reitera: “EE.UU. no permite ninguna forma de concentración excesiva” y “siempre se vigiló el accionar de los monopolios”.
La idea de que la “multiplicidad de dueños” garantiza la “libertad de prensa” es para Ramos un axioma que no somete a discusión pero sobre el que cabe dudar. Si el grupo Clarín no hubiese derrotado al de Ámbito Financiero-Sofovich-Palito Ortega en la lucha por la apropiación de Canal 13, ¿habría más espacio para la libre circulación y producción de ideas e informaciones?, ¿o, como cabe suponer, habría un mero desplazamiento de protagonistas en el asalto al estado? En cualquier caso: ¿en qué beneficiaría a los sectores populares el control de la prensa por parte de uno u otro propietario privado? Por añadidura, cuando Ramos sostiene que “el monopolio, por definición, hace de la competencia y su beneficio social una utopía”, ¿no está ignorando que el primero está contenido en la última como el anciano en el niño? La historia del capitalismo es precisamente la de la creciente concentración del capital, como lo demuestra en pequeña escala el propio libro de Ramos y es por eso que su referencia a EE.UU. suena como una broma. Basta con entrar a un Mc Donalds, pedir una Coca Cola y fumar un Marlboro para desechar la afirmación de que “EE.UU. no permite ninguna forma de concentración excesiva”.
Ya en 1840 Balzac ironizaba al decir que “el pueblo puede creer que hay varios periódicos, pero en definitiva sólo hay uno”. Tenía ante sus ojos a las multinacionales informativas todavía en pañales. Siglo y medio más tarde, la Associated Press ya dispone de 1.200.000 km. de líneas telegráficas en EE.UU. y 40 mil en Europa. La UPI, por su parte, cuenta con 250 oficinas en 65 países. Entrelazadas a los gobiernos imperialistas a la manera de Clarín entre nosotros, asesoradas por expertos en relaciones públicas y concertadas con los monopolios de otras ramas industriales, las multinacionales informativas ejercen un control totalitario de la opinión que hace de la “libertad de prensa” una expresión hueca. Es una lástima que las anteojeras liberales del dueño de Ámbito Financiero le impidan extraer las conclusiones obvias de su rica investigación. La lógica del empresario conspira contra la agudeza del periodista.
Libertad de prensa o libertad de empresa
Lejos de constituir un remedio para la concentración monopólica que denuncia, la “diversificación de propietarios” pregonada por Ramos no es más que la protesta impotente del burgués desplazado en la guerra feroz por el mercado. Pero sus chillidos desgarradores no harán girar hacia atrás la rueda de la historia. Hoy, cuando el izquierdismo posmoderno declara que “la teoría de la manipulación resulta difícil de sostener” en el terreno de la comunicación de masas, como repiten a coro los Landi, Muraro y otros perritos faldero del poder de turno, es un empresario liberal el que nos lleva a descubrir su vigencia.
Sólo la nacionalización y el traspaso a la propiedad social de los medios de comunicación sentará las bases para la libre información, el florecimiento cultural y la recreación sana. Ramos, por supuesto, no lo dice, pero pone de manifiesto su necesidad. Por eso resultará instructivo leer su libro, lo que podrá hacerse con el mismo gozo que él experimentó escribiéndolo pues, al fin y al cabo, se trata de un trabajo de gran factura.
Artículo aparecido en Socialismo Latinoaméricano, de noviembre de 1993. Publicación del Círculo de la Patria Grande.
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