• Frente Obrero
  • Publicado el 01/09/1945

Bases económicas de la política burguesa argentina*

Aurelio Narvaja

La época reaccionaria que hemos vivido se ha manifestado en el campo ideológico por la confusión teórica. La clase trabajadora argentina ha sido llamada a apoyar en la lucha las consignas abstractas de: democracia, fascismo, panamericanismo, neutralidad, intransigencia, etc., al margen de su contenido de clase.

Desde hace mucho tiempo, sin embargo, en el acervo ideológico del proletariado se ha incorporado como una indiscutible verdad que la política es la expresión concentrada de la economía. Ninguna otra clase social tiene interés en exponer a la luz del día las fuerzas económicas que hallan su expresión en los conceptos abstractos que hemos indicado mas arriba y otros del mismo calibre. Incluso el stalinismo —sujeto a frecuentes y a veces radicales virajes— no puede desenmascarar a sus enemigos de hoy, posibles aliados de mañana.

La voz del proletariado, la voz de Frente Obrero, fue acallada en los últimos años; como consecuencia de ello nos vemos forzados a replantear la cuestión desde el principio y en sus verdaderos términos. Es la única manera de echar los cimientos de una firme y consecuente política de clase. Pero, de la misma manera como las consecuencias organizativas de una época de retroceso no pueden solucionarse con la simple aparición de un periódico revolucionario. tampoco se puede en un articulo periodístico superar largos meses de confusionismo y de inocuidad teórica.

Así como Frente Obrero aspira a resolver en la acción el problema del reagrupamiento de la vanguardia proletaria, así estas líneas —esquemáticas, como no pueden serlo de otra manera— tienden a colocar los primeros mojones de una renovada y pujante actividad teórica del proletariado argentino.

Fuerzas económicas esenciales

Las fuerzas económicas de nuestro país, o mejor dicho, las de la gran burguesía y burguesía media (la pequeña trota habitualmente detrás de ellas) pueden dividirse en dos grandes grupos: las que tiene su mercado en el interior del país y cuyas condiciones económicas no le permiten aspirar a competir con éxito en los mercados extranjeros, y aquellas que cubren holgadamente el mercado interno y colocan sus excedentes, en victoriosa competencia, en el mercado externo. En cl seno de cada uno de estos grupos existen intereses contrapuestos y, a la inversa, la burguesía argentina en su conjunto posee muchos intereses comunes, el principal y básico de los cuales reside en el mantenimiento del sistema capitalista, basado en la explotación del proletariado y de la pequeña burguesía rural urbana. Esta necesidad de conservar el régimen capitalista es también compartida por el imperialismo y constituye el límite máximo de todas las sus diferencias. Ante el proletariado amenazador, la solidaridad de clase de la burguesía en su conjunto se torna granítica.

No podría decirse con entero acierto que la divergencia más arriba señalada lo sea entre industriales y terratenientes, aunque el primer grupo esté acaudillado por poderosos industriales de la Capital Federal y alrededores y el segundo por la llamada oligarquía, maridaje de terratenientes del Litoral, que venden sus ganados a Inglaterra, con los grandes exportadores e importadores del puerto de la Capital. Pero la verdad es que, en ambos grupos, hay intereses ligados fundamentalmente a la tierra e intereses industriales.

Concretemos un poco: los productores de yerba mate de Misiones, los industriales azucareros (en sus dos formas de explotación), en cierta medida, también, la industria cuyana del vino, no solamente no pueden aspirar a competir en el exterior, sino que necesitan para subsistir de la protección aduanera. Las industrias molinera y frigorífica, en cambio, que llenan totalmente el mercado interno, sólo pueden expandirse mediante la ampliación de sus mercados extranjeros. Los ganaderos del interior, al igual que los quinteros, venden en el mercado interno y están interesados en la ampliación de este; mientras que los plantadores de cereales y lino y los ganaderos de la provincia de Buenos Aires y sur de Santa Fe venden sus productos en Brasil y Europa principalmente. La producción algodonera difícilmente pueda competir en los mercados extranjeros y necesita para su desarrollo la ampliación de la industria textil local; ésta, y las otras industrias livianas, así como los elementos embrionarios de la industria pesada, necesitan protección aduanera para desarrollarse. Al expresar los distintos intereses económicos del país, hacemos abstracción de su ligazón entre sí, personal o a través de los bancos, y de sus relaciones con el imperialismo extranjero.

El sector librecambista

El grupo acaudillado por la oligarquía bonaerense, organizada en la Sociedad Rural Argentina y en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, cuyos principales portavoces son los diarios La Nación y La Prensa y cuya expresión política la constituye el Partido Demócrata Nacional de Buenos Aires, el alvearismo y el antipersonalismo (subagencia: la tendencia repetitiva predominante en el Partido Socialista) es furiosamente librecambista y argumenta de la siguiente manera: Nuestro país debe producir aquello para lo que está mejor dispuesto por la naturaleza; intervenir con sus productos en los mercados mundiales e importar los que se produzcan en mejores condiciones en otros países; no deben levantarse barreras aduaneras que protejan industrias parasitarias, las que encarecen los productos básicos; debe atraerse al capital extranjero para que fomente nuestro progreso, etc., etc.

El sector proteccionista

El grupo acaudillado por los industriales tiene intereses no menos definidos y claros y una tradición de lucha bastante considerable. Pero por razones derivadas de su propia debilidad frente a las poderosísimas industrias de los países capitalistas con los cuales compite, no ofrece una expresión organizativa tan clara como los terratenientes (al frente de la Unión Industrial Argentina, por ejemplo, tienen colocado un figurón, ligado estrechamente al capital inglés), ni tiene portavoces periodísticos tan definidos. El temor a una política de discriminación en su contra por parte de los trusts imperialistas, de los cuales depende para muchas de sus materias primas y maquinarias, le priva de dar una expresión abierta a sus intereses. Durante la guerra, el temor a la lista negra los hizo doblemente hipócritas y ladinos. En ese, periodo tampoco pudieron editar ningún gran diario, debido al monopolio del papel ejercido por un comité de Nueva York, que se lo hubiera negado. Su modo de razonar es bastante coherente: Nuestro país debe conquistar al par de su independencia política, su independencia económica. Para ello necesita una industria fuerte, la que, en sus primeros pasos, no puede desarrollarse plenamente sino con el apoyo del Estado y con una política aduanera adecuada. EI desarrollo de la industria poblará el país y creara un mercado interno lo suficiente grande como para absorber los productos agrícolas y ganaderos que hoy se exportan.

El imperialismo

Dejaremos para otra ocasión el análisis de las formas concretas de ligazón económica de nuestro país con los imperialismos ingles y yanqui y de sus mutuas relaciones y rivalidades. Nos limitaremos a esbozar sus principales intereses y a señalar al final la expresión política que el conjunto de esos intereses (que están lejos de ser homogéneos) han tenido en estos últimos años. Anotemos sus principales inversiones: en el transporte, Inglaterra es propietaria de la mayor parte de la red ferroviaria y tranviaria, mientras Estados Unidos vende casito dos los automotores que compiten con los primeros; en la industria frigorífica, los norteamericanos son dueños de los más importantes establecimientos (Swift, Armour) los que están ligados con los ingleses (Anglo-Ciabasa) por un convenio en el cual se dividen las cuotas del mercado de Smithfield, con preeminencia yanqui; el trust mundial norteamericano de los teléfonos, Internacional Telegraph Telephone, por medio de su filial la U.T. ha desalojado casi completamente a los europeos (ingleses y suecos principalmente); casi todas las usinas eléctricas pertenecen a los trusts internacionales ANSEC y SOFINA, en los que hay intereses ingleses y yanquis, aunque en el interior del país se han notado avances de estos últimos; en la ganadería, colonización, industria yerbatera, del tanino, ingenios azucareros, plantaciones de fruta (Bovril, Compañía Azucarera, Argentine Leand Company, La Forestal, etc.) hay intereses ingleses predominantemente. En la industria quimica el “cartel” angloyanqui Dupont de Nermours-Duperial intenta aniquilar a sus competidores ligados a la industria química alemana. En el algodón, europeos y yanquis (Bunge y Born y Anderson Clayton) se disputan la hegemonía; en la comercialización de los granos, hasta hace poco, reinaba el capital franco-belga-ingles (Dreyfus y Bunge y Born). La economía argentina, en su conjunto, esta ligada al imperialismo yanqui y europeo por medio de los bancos y la deuda pública externa. Si bien la deuda pública en libras ha sido casi totalmente repatriada, los bancos ingleses de nuestro país tienen en su poder grandes cantidades de títulos de la deuda interna, al igual que los norteamericanos. Por medio del capital hipotecario, los bancos extranjeros canalizan a su favor parte de la renta de la tierra y por los prestamos comerciales e industriales se ligan con el resto de la economía.

Dificultades de la cuestión

Como se ve, el panorama está lejos de ser sencillo; de allí al fracaso de todos aquellos que se acercan al problema en forma antidialéctica, es decir, que no lo analizan concretamente en sus múltiples concatenaciones y contradicciones, y además, en su desarrollo histórico, Faltos de suficiente dominio del método o faltos del conocimiento de la realidad analizada, o de ambas cosas a la vez, lo que es más frecuente, quieren explicárselo todo por medio de alguna idea abstracta escuchada por allí y lo único que logran es servir de instrumento de cualquiera de las fuerzas económicas.

Ya que no nos es posible analizar integralmente la cuestión, trataremos de dar una formulación sintética de la misma. Una formulación revolucionaria que exprese lo fundamental y no una formulación oportunista que tome un elemento accesorio para oscurecer lo principal (por ejemplo: el gobierno inglés ve con buenos ojos algunas actitudes del gobierno argentino; de allí sacan la conclusión que Perón es un agente inglés. ¿Con que finalidad? Para poder apoyar, sin excesivas cargas de conciencia, la política dictada por el embajador de Estados Unidos).

Yrigoyenismo y peronismo

El yirigoyenismo es la expresión política tradicional del sector nacionalista-protección. El peronismo (llamémosle así) es la continuación del irigoyenismo. Pero continuación no quiere decir identidad; el yrigoyenismo, al transformarse en el peronismo, no ha cambiado sólo de nombre. La pequeña industria de la época de Yrigoyen se ha transformado en la gran industria de nuestros días (con gérmenes de capital financiero); además el capitalismo mundial ha entrando en agonía, una de cuyas manifestaciones es precisamente la industrialización acelerada de los países atrasados, industrialización de la que el gobierno de Perón es una consecuencia.

Desarrollo histórico

Históricamente, las cosas ocurrieron así: al iniciarse la preparación ideológica de la guerra que acababa de terminal, la fuerza combinada de la oligarquía terrateniente, el imperialismo democrático y el stalinismo llegó a ser tan formidable que en 1935, desalojo al yrigoyenismo, aun de la dirección de la Unión Cívica Radical. El sector proteccionista se encontró sin ningún partido popular que sostuviera sus posiciones, aunque con tendencias a su favor en todos ellos, las que por falta de prensa no podían aspirar a convertirse en mayoría.

Su poderío económico, en cambio, iba en aumento. La crisis agraria de 1930 vino inesperadamente a zanjar en favor de los industriales una vieja lucha. La caída de los precios de los productos de la tierra y su falta de mercado obligó a la oligarquía en el poder (Justo-Pinedo) a tomar una serie de medidas que importaban, sin proponérselo, una enorme protección a la industria. La desvalorización del peso, el adicional aduanero, el control de los cambios con los diferentes precios para la compra y venta de divisas y más tarde los permisos previos para la importación, aunque manipulados por los oligarcas, impulsaron la industrialización del país. Más tarde, cuando a consecuencia de la guerra se podían haber abandonado todas estas medidas por la abundancia de cambio en el exterior, la misma guerra se encargó de eliminar la competencia extranjera. Así las casas, los industriales comenzaron a subvencionar secretamente a elementos nacionalistas totalitarios, mientras confiaban en un eventual triunfo del Eje o en una guerra que agotaría a sus directos enemigos. Llevaron una intensa propaganda en el seno de la burocracia del Estado y especialmente en la oficialidad del Ejército, la que, por razones profesionales y de clase, es muy permeable a toda propaganda nacionalista y autoritaria.

Ortiz y Castillo

Al tiempo de empezar la guerra, las dos fuerzas fundamentales del país se nuclearon en torno de Ortiz y de Castillo. El primero quería alinear el país con el imperialismo angloyanqui y llegar a acuerdos económicos por los que se aseguraban los suministros industriales necesarios al país a cambio de los productos de la tierra. El segundo quería mantener la neutralidad hasta ver el lado en que se inclinaba la balanza, aprovechar las circunstancias para industrializar el país y crear la propia marina mercante al margen del pool naviero aliado, Ortiz contaba con el apoyo de grandes sectores populares, trabajado por una inteligente propaganda que había explotado en su provecho el odio popular hacia el fascismo y la irresistible simpatía hacia la URSS; Castillo, en cambio, era fuerte en el Ejército por las razones más arriba expresadas y por las simpatías de los oficiales hacia el nazismo y la técnica militar prusiana.

El 4 de junio

Desaparecido Ortiz, las mismas fuerzas se reflejaron dentro del gabinete de Castillo: Culaciatti-Tonazzi por un lado. Rothe-Ruiz Guiñazú por el otro. El ejército impuso la sustitución de Tonazzi por Ramírez. Cuando Castillo no pudo imponer un sucesor (Rothe) que continuara su política, ante el jaque de los ganaderos de la provincia de Buenos Aires encabezados por Rodolfo Moreno, debió ceder en un candidato de transacción, en la persona de Patrón Costas, y el Ejército salió a la calle el 4 de junio. Así como una persona no se juzga por cl concepto que ella tenga de si misma, sino por lo que es en realidad, la revolución del 4 de junio no debe juzgarse por lo que Rawson o Ramírez creyeron que era, sino por lo que es en realidad. Perón y la oficialidad joven que lo rodeaba daban una expresión más consecuente con la fuerza económica que los impulsaba y por eso desalojaron a sus compañeros de armas. La derrota del Eje y el desprestigio del fascismo cuyas exterioridades ideológicas inspiraron los actos primeros de la revolución, les crearon una situación comprometida y los obligaron a buscar nuevos puntos de apoyo y una nueva cubierta ideológica. Los encontraron —como no podía ser de otra manera— en el irigoyenismo democrática y pequeño burgués.

La burguesía impotente

En estos últimos años, se ha mostrado en toda su crudeza la debilidad y la cobardía de la burguesía nacional argentina. Perón, que se hace el “guapo” con los oligarcas y sus agentes y con los obreros en huelga, no se atreve a denunciar públicamente al imperialismo, aunque este lo hostigue de la manera más abierta. Con los decretos nacionalistas, que poco tiempo después eran derogados, se podría confeccionar un buen programa de antiimperialismo burgués, Recordemos algunos: decreto por el que se daba al Correo tres meses de plazo para proponer un plan de nacionalización de los teléfonos; decreto sobre comercialización de granos; sobre creación obligatoria de cooperativas agrarias; sobre revisión e investigación de las concesiones eléctricas; creación de una agencia informativa nacional; comisión de estudios de la unión aduanera con Chile y países limítrofes, etc. etc.

Sin embargo, no todo ha caído. Algo ha quedado en pie y, según los industriales, merece defenderse; creación del Banco Industrial; protección aduanera con facultad de aumentar los derechos a un 50 %; facultades para subvencionar las industrias necesarias para la defensa nacional; política ferroviaria y caminera tendiente a lograr la vinculación con los mercados de los países limítrofes; nacionalización de elevadores de granos y Compañía de Gas; desarrollo con la ayuda estatal, de la producción de combustibles y minerales ferrosos y cúpricos; apoyo a la industria aeronáutica civil (IMPA); creación de una red de fabricas militares y de empresas mixtas como base para un desarrollo industrial argentino autónomo.

Actitud del imperialismo

EI imperialismo yanqui resiste la política de los nacionalistas argentinos porque teme que el país sirva de centro de atracción para la construcción de un gran Estado Latinoamericano. Carece de la poderosa arma económica que posee Inglaterra, que es el principal comprador del tipo de carne producida por los tradicionales gobernantes del país. Con una producción agrícola ganadera análoga a la nuestra, se ve obligado a hacer sentir su enorme poder financiero derivado de su hegemonía industrial. El imperialismo inglés, a pesar de su posición privilegiada, se ha visto obligado a seguir a la cola del yanqui en su política con respecto a la Argentina. No porque sus intereses fueran coincidentes, ni mucho menos, sino por la dependencia económica a que lo obligó la guerra. Sin embargo, no ha dejado de manifestar cierta complacencia por la resistencia del gobierno argentino a la política panamericanista de Wall Street, aunque en general ha mantenido una actitud ambigua y dilatoria, confiando en que la terminación de la guerra significará el fin de la enojosa tutoría a que lo tiene sometido su rival yanqui. Tradicionalmente, Inglaterra compra a la Argentina productos de la tierra y paga las compras con el producido de sus inversiones y con productos industriales. La pérdida de gran parte de sus capitales en el exterior la obliga a acrecentar la venta de artículos industriales o a suspender las compras. Eso sólo mostraría el abismo de ridículo que supone creer a un gobierno empeñado en la industrialización como agente inglés. El imperialismo inglés debe resolver en los próximos meses un problema cuya importancia oscurece momentáneamente todos los otros: el destino de sus ferrocarriles, que constituyen más de la mitad de sus inversiones en el país. Ante la terminación de la vigencia de la Ley Mitre, que regula su funcionamiento y que lo libera de impuestos y derechos aduaneros sobre el material que utiliza, pretende “encajarle” al Estado este negocio, que tiende progresivamente a empeorar, transformando sus malas acciones ferroviarias en buenos títulos de la deuda pública.

No pretendemos haber agotado con las líneas precedentes al análisis de nuestra realidad política; muchas cuestiones importantísimas han sido apenas rozadas. Pretendemos, eso si, haber encarado la realidad con el único método que puede llevar al proletariado a comprender, a fin de poder utilizar en su provecho, las contradicciones de los distintos sectores de la burguesía, en sus relaciones con los imperialismos y no a ser utilizado por ellos, como desgraciadamente ocurre ahora. Método que —hay que decirlo— ha estado ausente en las publicaciones obreras de nuestro país, en los veintisiete meses de forzado silencio de Frente Obrero.

Bibliografía:

Aparecido en Frente Obrero, 2ª Época, de septiembre de 1945, Buenos Aires.

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