- Izquierda Popular
- Publicado el 01/01/1973
Asesinato de Rucci: provocación imperialista*
A partir del asesinato de Rucci se ha desatado una campaña de amenazas y agresiones contra “la izquierda” que debe observarse con profunda preocupación, pues en última instancia esa campaña no se dirige contra tal o cual corriente sino contra los esfuerzos obreros y populares en pos de una democratización efectiva de la vida política, sindical y cultural de nuestro país. Esta campaña amenaza las bases de estabilidad del gobierno de Perón, antes aún de que haya asumido sus funciones. En efecto, la garantía de un gobierno popular reside en el carácter viviente y orgánico del apoyo de abajo, en su representatividad no sólo formal sino práctica y cotidiana. Todo estrangulamiento burocrático prepara el contragolpe de las fuerzas reaccionarias no importa lo impresionante de los guarismos electorales, que también lo fueron respecto a Irigoyen en 1928 y al propio Perón en 1952 y 1954.
La primera observación que cabe esgrimir frente a los promotores de la campaña es que estos actúan como si Rucci hubiese sido asesinado “por la izquierda” o “desde uno de los sectores de la izquierda”. Ninguna organización de tal carácter, sin embargo, ha asumido la responsabilidad del asesinato, y los dos ERP aludidos en las informaciones iniciales emitieron sendos comunicados desmintiendo tajantemente el hecho. Ahora bien, es público y notorio que todas las organizaciones “guerrilleras” asumieron invariablemente, a través de comunicados escritos, todas y cada una de sus acciones. De hecho no vacilaron ante las más sangrientas, impresionantes o provocativas, como el asesinato del almirante Hermes Quijada, para citar un solo ejemplo. La razón es que el objetivo de estos hechos no se consumaba en la acción misma sino en la publicidad que con fines políticos le imprimían sus ejecutores. Esta es una base firme de referencia, que si bien no indica hacia dónde hay que investigar, prueba hacia dónde, en el caso, no hay que investigar. La política del ERP es una política provocativa, y en general, lo son los asesinatos de dirigentes sindicales. No es este ajuste de cuentas sino la lucha de masas el camino hacia la democratización sindical. Pero no toda política provocativa es una política “del ERP”, ya que hay muchas manos en el plato.
Para lo que sigue, nos remitiremos a la técnica de “Misión Imposible”, la serie yanqui ampliamente difundida en nuestro medio como efecto de la colonización cultural. Como se sabe, el grupo vengador y “justiciero” (obviamente la CIA) debe golpear a los “malos”. Los “malos” son los “comunistas” en su variada versión de gobernantes de Europa Oriental, guerrilleros más o menos barbudos, caudillos y “tiranos” de países del Tercer Mundo. Para ello se provocan hechos fraguados que introducen la discordia en el campo enemigo y determinan su ruina. Los hechos “fraguados” prueban que el “malo” es malo. Se trata de una falsedad, de una inmoralidad siniestra. Pero es una inmoralidad contra “el malo”, o sea, una buena inmoralidad. Esta es la moral de la CIA y presumiblemente, la de los asesinos de Rucci.
Habíamos hablado de los golpes de la “guerrilla urbana”. Su rasgo común es la publicidad al comunicado escrito, la firma del hecho. Pero en la Argentina ha habido muchos otros asesinatos sin firma, ausencia que en sí misma constituye toda una firma.
¿Quién asesinó, por ejemplo, a Vandor con precisión científica y salvaje, copando a cara descubierta un local protegido y golpeando con mano de profesionales del crimen? Ni la dictadura de Onganía se atrevió a insinuar que el golpe procediese de algún sector de “izquierda”, ni de alguna disidencia gremial o peronista. Vandor fue asesinado en tanto se temió un acuerdo entre Onganía y el líder de la CGT de Azopardo que reeditase sin Perón la “fórmula peronista” de 1945: jefe militar “autoritario” más “dirección sindical”. En efecto, Onganía hasta mayo de 1969 había gobernado sin concesiones a la burocracia gremial, concretamente imposibles bajo el plan económico de Krieger Vasena. Pero las luchas de mayo del 69 lo arrinconaron contra las sogas. Por su parte, Vandor respondió a quienes lo incitaban a lanzar un movimiento huelguístico nacional en apoyo de Córdoba: “primero unifiquemos a la CGT”.
Esta exigencia significaba tomar las riendas del movimiento general para imprimirle los propios fines de la burocracia sindical negociadora, o sea, no para derribar a Onganía, sino para forzarlo a un acuerdo. La psicosis ultragorila de una “reconstitución del peronismo con otros protagonistas” generó el asesinato, cuyo fin no era trascender como hecho político, sino suprimir a la pieza maestra del temido acuerdo. En efecto, por su jerarquía y por la completa articulación hegemónica con que aglutinaba el bloque de la CGT de Azopardo, sólo Vandor podía pactar con Onganía (supuesto que ese pacto hubiese resultado posible, lo que es otra cuestión).
Este elemental análisis político del asesinato, fue pasado por alto por aquellos elementos de la Juventud Peronista que, irresponsablemente, echaron a rodar el estribillo “Rucci, traidor, a vos re va a pasar lo mismo que a Vandor”, asumiendo tontamente un crimen de los ultragorilas. Curiosamente, los anónimos autores advirtieron de manera tardía que un asesinato “sin firma” podía sindicarlos, motivo por el cual en dos oportunidades, un año después, fraguaron declaraciones retrospectivas de supuestos comandos guerrilleros. Pero una organización política, aunque sea guerrillera y clandestina, no se “inventa”.. Existe o no existe. El remedio tardío fue peor que la enfermedad: la firma apócrifa, más reveladora que la omisión.
El asesinato de Rucci tuvo el mismo carácter “profesional” e implacable que los de Vandor y Alonso. El asesinato de Grinberg fue la segunda pieza del operativo “Misión Imposible”: acción “guerrillera” (contra Rucci), venganza “burocrática” (contra Grinberg). Tras lo cual un paso atrás y que se arme Troya. La técnica de la provocación está a la vista, y ella es la respuesta al aplastante pronunciamiento electoral del 23 de setiembre. “¿A quién aprovecha?”, es la pregunta elemental y clásica para orientar la pesquisa de un crimen. ¿A quién aprovecha, en efecto, ese asesinato monstruoso? No, ciertamente, a la clase trabajadora, a los militantes obreros y populares, al gobierno surgido de las urnas. Aprovecha a los enemigos del pueblo argentino, designando así, nada metafóricamente, a las fuerzas concretas del gorilismo reaccionario y golpista, a la extrema derecha del espectro oligárquico-imperialista. Los autores no han de encontrarse entre ningún género de discípulos de Marx, sino entre los discípulos teórico-prácticos de James Bond.
Pero esta provocación necesitaba condiciones políticas para poder funcionar. Si sectores de la Juventud Peronista, verbalista e irresponsablemente, no hubiesen engendrado el estribillo de marras, los James Bond no habrían encontrado el camino para sus provocaciones. Esto, a su vez, nos remite al análisis general de la “guerrilla” y el “terrorismo” como método de acción política que sustituye a la acción de las masas, llevando la lucha a un callejón sin salida. Significativamente, las burguesías nacionales de los países dependientes no desautorizan esos métodos cuando están en la oposición. Temen, por el contrario, la insurgencia de las masas. Con rigurosa conciencia de clase saben que un callejón sin salida puede servir como arma de hostigamiento sin poner en peligro los intereses fundamentales de la burguesía. Es un “buen socialismo” al que se le ajustarán las cuentas desde que se acceda al poder. Del lado juvenil, el mito póstumo de “la guerrilla” no puede sustituir la necesidad de un análisis político riguroso y sin concesiones.
Por último, los sectores reaccionarios y burgueses que se han colgado del asesinato para golpear “hacia la izquierda”, no pueden ignorar de dónde vino el golpe; pero utilizan sus efectos para sus propios fines. Deben ser desenmascarados, ya que al actuar de esa manera pasan de la derecha del movimiento nacional a la contrarrevolución lisa y llana, al encubrir al foco criminal activo que permanece como amenaza golpista de los enemigos antinacionales.
Aparecido en “Izquierda Popular” Nº 24, 1ª quincena de 1973, página 3, sin firma.
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