- Lucha Obrera
- Publicado el 01/06/1970
A un año del Gran Comienzo*
Hace un año el país entero era sacudido por una ola de insurrección popular. Parecía como si el sistema, crujiendo en sus propias bases, anunciara su propio ocaso. Las clases dominantes, su prensa, el ejército, el mismo pueblo, fueron sorprendidos por hechos que aparentemente no denunciaban una casualidad clara. ¿Cómo era posible que una bala en la cabeza del estudiante Cabral desatara acontecimientos de tal magnitud? Esta pregunta, que para el miserable Borda constituía la base del problema, no fue tampoco rápidamente contestada por los propios protagonistas de la insurrección. En realidad la explicación imponía un análisis profundo de las causas también profundas que habrían determinado los hechos.
El ocaso de la restauración oligárquica
La contrarrevolució n del 55 había derrotado al movimiento nacional peronista luego de una década de ascenso general expresada en las conquistas económicas y sociales del pueblo argentino. La oligarquía en el poder intentará una restauración a todas luces dificultada por la crisis crónica del país y en una situación mundial más precaria para las fuerzas opresoras. La represión del movimiento obrero, la proscripción de las grandes mayorías populares, en fin, el fraude electoral, aparecían como la manifestación externa de una crisis que impedía siquiera que la ficción “democrática” jugara su rol apaciguador frente a la opinión generalizada del país. La historia reabría el escenario del drama y los viejos rostros del sistema oligárquico reaparecían blandiendo su cada vez más desprestigiado indumento. El camino hacia la restauración del régimen no era en verdad más que el camino hacia el abismo. Aramburu, Frondizi, Guido, Illia, son los mojones que marcan las etapas del inevitable desastre. Pero en este tránsito la clase media sufre en la misma proporción del deterioro general, imposibilitada ya de participar en la “democracia” del régimen en tanto las bases económicas que sustentaban la vieja alianza oligárquica-pequeñ oburguesa se desmoronaba a ritmo acelerado.
Si la clave de la hegemonía oligárquica se había fundado en su dictadura económica, haciendo posible a su vez el “libre juego” de las instituciones para dar base popular a su política antinacional, era porque en el reparto de la renta las clases medias obtenían un porcentaje que aseguraba su papel de socias menores de la oligarquía. A partir del 55 esta alianza comienza a resquebrajarse. La desnacionalizació n de la industria, desmantelada por la penetración del imperialismo, no sólo esfuma las conquistas sociales y políticas de la clase obrera, sino todos los privilegios que el viejo régimen había podido otorgar a la clase media en los períodos dorados.
La “Revolución Libertadora” se profundiza
El 28 de junio de 1966 el ejército desmantela el sistema político del régimen. Lo hace como una fuerza ciega que actúa presionada por las necesidades objetivas que ya habían desplazado las posibilidades de su sobrevivencia. Los viejos partidos oligárquicos apenas si están capacitados para emitir imperceptibles quejidos, el peronismo no puede dar una alternativa de poder en tanto él mismo no constituye ya una opción para la nueva situación que se está gestando. El desconcierto de la vieja política abona el terreno en donde el Onganiato se autoestimula pensando que efectivamente había vuelto la calma al país y era posible construir sobre el “orden” la “grandeza argentina”. Su nacionalismo “apolítico” en pugna con el “liberalismo decadente” no era sin embargo otra cosa que el apoliticismo antinacional del nacionalismo militar, resucitado en condiciones favorables pero sumamente provisorias. Los reglamentos militares sustituían a la vida misma, ilusión común a los esbirros que la historia suele utilizar de cuando en cuando para cumplir sus fines. Detrás de este apoliticismo “eficiente” actúan los eficientísimos gerentes del imperialismo, cuyo rostro es tanto más duro cuanto más profunda es la crisis que corroe a la sociedad argentina. Este apoliticismo quiere decir: vía libre para la política de entrega y sometimiento.
Pero así como la historia sigue su curso para que en ella abreven los opresores de adentro y afuera, así también prepara el terreno en donde los oprimidos afilan su cuchilla justiciera.
El país revolucionario
Tres años bastaron para que el régimen mostrara su verdadero signo, sin las mediaciones del a espúrea política del fraude, sin que el propio sindicalismo peronista sospechara la magnitud de los acontecimientos que abrían una nueva etapa. Las tentativas heroicas de la ultraizquierda pequeñoburguesa expresadas en un abstracto insurreccionalismo, parecían juego de niños ante la marea obrero-estudiantil y popular que protagonizan los hechos de Rosario y Córdoba. Las viejas fórmulas eran barridas por la fuerza incontenible de un proletariado maduro y consecuente con sus propias tradiciones de lucha junto a un estudiantado que efectivizaba en los hechos la cacareada consigna de la unidad obrero estudiantil. La realidad habló por sí sola y en Córdoba, epicentro del ensayo revolucionario, nacía la nueva e indestructible alianza. Esa alianza quedaba sintetizada en las consignas que la multitud levantaba como irrefutable verdad ante las tentativas sectarias que pretendieron encasillarlas. La “lucha por un gobierno obrero y popular” expresaba, a la vez que la superación del peronismo histórico, impotente ya para dar una política a la clase obrera, la superación del democratismo pequeñoburgués, válvula de escape de la política antinacional del régimen oligárquico que había logrado efectivizarse a través del antagonismo histórico entre la pequeña burguesía y el proletariado. El Cordobaza era la respuesta del país revolucionario por imponer un nuevo “estilo de vida” enfrentado al “tradicional estilo de vida” de la oligarquía y el imperialismo.
Revolución y Partido Revolucionario
Pero si Córdoba fue la síntesis, lo fue a condición de ser al mismo tiempo el comienzo del porvenir que se abre a su paso triunfante. La decisión de un paro de protesta que se transforma en una espontánea insurrección obrera y popular, muestra a la par que su invencible signo, su debilidad circunstancial. Al margen de los escepticismos librescos, del insustancial voluntarismo subjetivista o del, aunque heroico, insuficiente nihilismo pequeñoburgués, la historia muestra palmariamente cómo han de transitarse sus caminos si se pretende el logro victorioso de los objetivos revolucionarios.
El Partido Socialista de la Izquierda Nacional ha visto plenamente confirmadas sus pretensiones para ocupar el lugar que le corresponde en la búsqueda del camino más apto para la revolución. Su inflexible y sistemática lucha contra la mistificación de stalinistas, ultraizquierdistas, “peronistas” recién llegados y cipayos en general, le ha valido la injuria de quienes por su odio al movimiento nacional peronista se alistaron siempre en el bando de la contrarrevolució n. El tiempo nos ha dado la razón, mas esto no hace más que señalarnos el largo camino que aún queda por recorrer.
El arma más poderosa de la liberación la constituye el Partido Revolucionario; esa es la lección más trascendente del Cordobaza. Sin él, sin los instrumentos que el mismo pone a disposición de los oprimidos, sólo se opera en el vacío de un espontaneísmo en donde fructifican los agoreros, el oportunismo y el desconcierto. El partido, como necesidad, brota de las entrañas mismas del contexto sociohistórico en el que se proyecta. Por eso sus expresiones más visibles, el programa que se sintetiza en sus banderas, aparece como el resumen de la experiencia vivida de los protagonistas reales del proceso revolucionario. Pero muy lejos estaríamos de la propia realidad si pretendiéramos vestirnos con el ropaje de un abstracto “internacionalismo” pasando por alto las peculiaridades nacionales que hacen a la lucha por el socialismo a escala mundial. Ese “internacionalismo” se lo dejamos a los stalinistas, maestros de la política antiobrera.
Nuestras banderas son las del pueblo: independencia económica, justicia social, soberanía política; la alternativa, el Gobierno Obrero y Popular, no hace más que expresar las necesidades de un proletariado maduro como para protagonizar en su persona histórica la tarea de liberar a la patria emancipándose a sí mismo como clase.
El grito de Córdoba es también nuestro grito, en el que está expresada la estrategia de la batalla inmediata: la construcción de un poderoso partido obrero capaz de aglutinar en un solo haz a todos los oprimidos en la perspectiva del rescate de nuestra Patria Grande, Latinoamérica.
El futuro es comenzado, la tarea es recorrerlo
Luche, luche, luche
no deje de luchar
por un gobierno obrero,
obrero y popular.
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