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  • LA IZQUIERDA NACIONAL
  • Artículo cargado el 24 de septiembre de 2007
El “gen argentino”: genes y medioambiente en la Argentina K
JUAN MANUEL LUCAS
 
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De genética y reduccionismos:

El desarrollo de las teorías científicas sobre genética en las metrópolis imperialistas no estuvo exento, nunca lo está, de groseras desvirtuaciones políticas por mandato del gran capital mundializado.

Las primeras implicancias de los descubrimientos parecieron legitimar históricamente las exigencias de reproducción social capitalista que los sectores más concentrados de la economía mundial sostenían desde los ejes ideológicos tradicionales del “darwinismo social”.

Las primeras revelaciones sobre genoma humano dotaron de argumentos aparentemente científicos a las corrientes políticas ultraconservadoras norteamericanas y a sus socios socialdemócratas europeos.

Tercamente obnubiladas por la intención de reducir todos los problemas políticos y sociales a la biología, este neodeterminismo no se cansó de pregonar que todas las esferas de la vida humana, desde las preferencias sexuales a los idearios políticos, desde las pertenencias de clase a las conductas delictivas o la capacidad de apreciar una obra de arte, cada una de las manifestaciones de la vida humana era el resultado necesario de la particular configuración genética individual, garantía última y excluyente, en definitiva, de la normalidad y la anomia social.

El conflicto social se debería tan sólo a la lenta y desigual evolución con que la naturaleza biológica se plasma en cada individuo. La clave para comprender, por ejemplo, desde las escuálidas sociedades africanas y sus hambrunas, al obeso desarrollo consumista norteamericano radicaba, exclusivamente, en las diferencias evolutivas entre razas y pueblos. El capitalismo y sus “virtudes”, en todo caso, sólo podía ser considerados como el efecto económico y social de la causa genética y “natural” que determina la incapacidad de las masas africanas para “adaptarse y evolucionar” reconociendo la importancia de una dieta completa y  balanceada en calorías. Los grandes problemas del capitalismo podían reducirse así a la existencia de, por ejemplo, un gen hambriento, un gen miserable, un gen delictivo e, inclusive, un gen izquierdista.

Sin embargo, el desarrollo científico sobre genoma humano permitió refutar terminantemente estos discursos ultra simplificados.

Craig Venter, genetista responsable de la secuenciación del genoma humano de la corporación Celera, empresa insospechada de izquierdismo o anticapitalismo, desdijo al determinismo en los siguientes términos: “simplemente, no tenemos suficientes genes para que el determinismo biológico sea correcto. La maravillosa diversidad de la especie humana no está relacionada con nuestro código genético. Nuestro medioambiente es crítico (…) La diferencia clave está en la forma  en que comparados con los de otros animales, los genes humanos reaccionan ante un estímulo medioambiental” .

Las apreciaciones de Venter no ofrecen dobles lecturas. La peculiaridad de la genética humana radica en el aspecto decisivo que el medio ambiente social juega en su evolución. 

No hace falta, entonces, reconocer que si el desarrollo de la genética se asume en todas sus implicancias políticas, ellas le hacen un flaco favor a las intenciones de sostener un sistema económico y social cuyas necesidades lógicas de reproducción exigen imponer un “medio ambiente” de desocupación, hambre y miseria a tres cuartas partes de la población mundial.

Sin embargo, la superestructura mediática mantiene la intención de divulgar con argumentos insostenibles desde el punto de vista científico el determinismo biológico.

Como mecanismos de manipulación ideológica y reproducción social, poco importa lo que sugiera la comunidad científica. Siempre se cuenta con figurones dispuestos a ofrecer los argumentos esotéricos necesarios para responsabilizar a la primitiva secuenciación genética de cada miserable, desocupado, hambriento o desesperado, de la constante y cíclica crisis social contemporánea.

Una variante de este tipo de reduccionismo parece popularizarse tras el éxito mediático de la nueva mercancía de la productora Cuatro Cabezas. No es de extrañar, entonces, que la intención de dar cuentas de un “gen argentino” haya, finalmente, ofrecido una acabada síntesis del “medio ambiente” argentino en su involución histórica kirchnerista.

El desgastado argumento progresista de “democratizar la cultura” como fundamento para justificar la manipulación ideológica y los buenos negocios del yuppismo ilustrado, junto a los altos niveles de rating de cada una de las emisiones del gen argentino, han servido para que muchos identifiquen una profunda vocación de introspección histórica por parte del conjunto social argentino.

Sin embargo, esta aparente voluntad de introspección, teledirigida, por cierto, desde uno de los más poderosos multimedios argentinos, no tardó en revelar la profunda comunidad ideológica y política entre Mario Pergolini y un panel de notables progresistas como Pigna o Seoane, con el actual oficialismo nacional.

La indisimulada simpatía recíproca entre Kirchner y Pergolini parece haber germinado finalmente en un decidido apoyo mediático para un momento clave de la coyuntura electoral. El programa, a diferencia de los mercenarios periodísticos que simplemente transcriben las notas diseñadas en la Casa Rosada, pretende realizar una operación algo más sutil: ofrecer ciertas líneas generales de interpretación histórica destinadas a articularse en un único nudo político actual que las integraría: Cristina Fernández. 

El “gen” argentino

Desde el diseño de las categorías en las que podía votarse, hasta la forma en que se conformo el ranking de los “ilustres” “votados” “por la gente”, el programa ha resultado un cabal reflejo de la coyuntura histórica y “medioambiental” demo-progresista actual.

La hipócrita rebeldía del progresismo ha recaído en aquella típica operación discursiva de, desde un fingido antimitrismo, ofrecer cada uno de los argumentos históricos para sostener la actual política de entrega. Desde una vocación que hace de “desprejuiciada”, “democrática” y “pedagógica”, Pergolini y sus secuaces no logran esconder la ferviente vocación de manipular el escenario histórico argentino para garantizar que el mitrismo centroizquierdista del que forman parte, logre superar en el juego partidocrático a su variante centroderechista.

La genética progre de la patria chica

En principio se ha pretendido rastrear la “argentinidad” en figuras como San Martín y el Che Guevara, Evita o Belgrano.

Tras el inicial beneplácito que esta situación genera en cualquier argentino honrado, descansa la intención eminentemente mitrista de, justamente, presentar a San Martín y/o a Belgrano como padres de la “argentinidad”, la ”chilenidad” o la “peruanidad”. El Che -fiel a esa tradición “argentina” de liberar a pueblos “extraños”- sería algo así como el padre de la “cubanidad”.

¿Es alguno de estos cuatro ilustres patriotas latinoamericanos esencial o genéticamente “argentino”? ¿O la “Argentinidad” no es más que el incómodo y recurrente síntoma del fracaso de cada uno de ellos, y de las amplias masas que representan, en la intención de moldear una gran patria latinoamericana?

En tal caso se trataría de argentinos en tanto fracasaron como latinoamericanos gracias al juego que los “argentinos”, es decir, los defensores de la patria chica de ayer y de hoy —desde Mitre hasta Kirchner—, juegan siempre en relación al capital extranjero.

Pero este síntoma indica sólo la orientación antinacional del programa y de los presuntos “votantes”, aunque poco dice del carácter progresista de los mismos.

La primera elección para “encontrar al argentino más grande” fue sintomática en este último sentido. Tanto que en su estructura y dinámica terminó revelándose como un pequeño resumen de antiperonismo al gusto del izquierdismo o del progresismo de raíz filomontonera. Un acabado producto de la tilinguería de clase media y su devoción por la moralina y la tolerancia. Evita y el Che dejaron en tercer lugar a alguien bastante más incómodo para las pretensiones “democráticas” del kirchnerismo: Juan Domingo Perón.

En conjunto, los elegidos para representar al “gen” argentino expresan la participación de una voluntad colectiva específica: la de los sectores medios relativamente ilustrados. Milico nacionalista, demagogo y populista por antonomasia, la sonrisa campechana de Perón sigue convulsionando los fundamentos morales de la conducta pequeño-burguesa. Aprovecha la oportunidad, por superficial que sea, para recurrir a los chismes sobre su vida privada o a sus históricas “traiciones” públicas, como prueba irrefutable de la falta de integridad moral del ilustre patriota.

Internet o la telefonía celular ha funcionado, en este sentido,  como una especie de garantía de voto calificado alcanzando virtualmente aquella vieja utopía de origen sarmientino, y por la que la clase media siente auténtica devoción: “sepa el ciudadano votar”.

La inmensa talla de los dos personajes más votados, Evita y el Che,  fue reducida a meras individualidades, “particulares estructuraciones genéticas”, “grandes hombres” potadores de virtudes éticas como la rebeldía o el coraje que mueven a una admiración idealista, en tanto moralizante, y profundamente a-histórica.

Un Che para las banderas del rock y las canchas, una Evita para los llaveros y apliques de la partidocracia: las dos figuras fueron brutalmente abstraídas de la dinámica histórica que, desde heroicas luchas populares latinoamericanas, las situó como referentes ineludibles de la lucha revolucionaria antiimperialista.

La encendida y aguerrida prosa de ambos —inesperadamente presente en el primetime televisivo— no evitó, sin embargo, que el Che fuera reducido a ícono cultural de mesiánica rebeldía idealista, y Evita a una abanderada del reformismo político en la tradición de Alicia Moreau de Justo. Es que sin hacer mención a los procesos antiimperialistas a que están indisolublemente asociados, tan sólo quedan Ernesto Guevara y Eva Duarte, individuos, y como tales, modelos de conducta ética y moral, aunque no política. Sabido es que sin Perón ni los cabecitas negras en el medio, Evita siempre resultó atractiva para el progresismo.  

 Es que la pretensión de buscar las raíces genéticas de la argentinidad está condenada de antemano a concebir a la historia como el producto de los grandes hombres, seres excepcionales que encuentran en sus innatas capacidades individuales el camino para superar el olvido histórico a que está condenado el común de los mortales. Así, la presumida democratización del conocimiento histórico termina garantizando la banalización progresiva de las tradiciones populares latinoamericanas, en un ejercicio de sumisa revisión, claramente vinculada a la legitimación del democratismo periférico.

La genética progre entre civilización y barbarie

La perspectiva progresista del programa y sus sostenedores no se refleja, exclusivamente, en el plano de la política-histórica. También en el arte y la cultura las categorías propuestas por la productora  de Pergolini están orientadas a consolidar la cosmovisión cipaya del progresismo vernáculo.

Se ha asumido una innecesaria —aunque tradicional— distinción característica: “el arte, las ciencias y las humanidades” es una categoría diferenciada de la de “arte popular y periodismo”. Si el “arte popular” no forma parte del “arte”, o si el periodismo debería o no considerarse como una humanidad, es de esos debates que fascinan al progresismo aunque siempre se resuelven en el mismo sentido. 

Manzi, Yupanqui o Discépolo en tanto populares no pertenecerían a la misma categoría de “artistas” que Borges, Cortázar o Bioy Casares. ¿Cuál es la razón que sostiene esta diferenciación? Bien vista es una distinción que no deja de ser acertada.

¿Hace referencia a la disyuntiva excluyente que la realidad semicolonial impone a los sectores ilustrados? ¿“Hombres de letras” o “letras para los hombres”? ¿Distingue, acaso, a aquellos que han asumido el desafío de pensar en nacional y a aquellos que no dudaron en acomodarse entre las migajas del saqueo a cambio del cómplice silencio? Claro que no. La confusión progresista sólo atina a traducir colonialmente esa distinción entre nacionales y coloniales, diferenciando lo popular y lo elitista, evitando encontrarse con el indeseado debate sobre el auténtico carácter de las letras y sus hombres.

La misma operación, pero en sentido inverso, se realiza en relación a artistas como Antonio Berni o José Hernández. ¿Existe adjetivación más apropiada para Hernández, Berni, Quinquela o Arlt que la de artistas populares? La progresía, a pesar de tanto estudio de las industrias culturales, insiste con confundir intencionadamente el adjetivo masivo con el adjetivo popular.

Finalmente, en perfecta sintonía con el voto pequeño burgués hacia el Che —e inclusive contra Evita—, Fangio se impuso cómodamente a Diego Armando Maradona. La típica vocación moralizante de la clase media pregona el ideal ético de la humildad en la grandeza del que dio testimonio Fangio. Detesta, además,  la pedantería del pobre enriquecido que, en cada uno de sus excesos, recuerda permanentemente las abismales diferencias de poder económico. 

Desdeñan el perfil polémico de Maradona, canalizando su rencor hacia el pobrerío “que no sabe aprovechar las oportunidades que se le brindan”. Odian la profunda inmoralidad del adicto y sus hijos naturales. Muchos de ellos odian, sobre todo, sus contradicciones políticas.

Son los guevaristas que aseguran no confundir a la “revolución” con la tiranía autoritaria de Fidel o la demagogia populista de Chávez. Son los cubanistas que consideran a los tatuajes una absoluta falta de tacto para con el inmaculado liderazgo revolucionario del Che. Ven en Maradona un cuestionamiento al escapismo setentista que pretenden monopolizar. Son, en fin, los que festejan la democracia y el discurso centroizquierdista, alaban el crecimiento económico y se deshacen en remarcar la diferencia entre la Argentina de la entrega del 2001 y la Argentina de la entrega del 2007. Incapaces de superar el esquematismo maniqueo para asomarse a la realidad histórica y política, festejan el derecho-humanismo proimperialista y no tardan en reconocer, tras una pose autocrítica, el nefasto efecto eleccionario que podrían acarrear los casos de corrupción en su propio gobierno, aunque permanecen impávidos frente al continuo y sistemático saqueo nacional al que estamos sometidos.

Usted los verá esta semana, apasionados frente al televisor, sometidos al inútil  ejercicio de someter a Borges a un examen de “argentinidad genética”.