Jauretche
Luego de la presentación de Gran Bretaña y Argentina en el s. XIX de H. S. Ferns, le plantearon a Arturo Jauretche que el liberalismo fue la mejor herramienta de progreso en nuestro país, debido a que fue durante el período de los gobiernos liberales posteriores a 1880 (y del discurso liberal desde 1957) que se desarrolló toda la estructura productiva nacional. Pero, ¿es nacional la estructura liberal?
Jauretche explica entonces que el liberalismo propició esos avances porque fueron funcionales al objetivo de país-granja que la metrópolis pretendía para la Argentina. La infraestructura ferro-portuaria, el mejoramiento genético de cereales y ganados, las inversiones (sólo ocasionalmente de capitales propios), tenían por fin crear la configuración mínima indispensable para que el paisito chacra funcionara productivamente.
Pero esta estructura que los (neo)liberales declama(ba)n como el progreso, conlleva la cara del anti-progreso, porque las fuerzas y los intereses creados en la dirección colonial en la medida que se desarrollan, se convierten en instrumentos destinados a impedir el progreso en otro sentido.[1]
La discusión nacional
Creo que en esta línea está el planteo de la autora del artículo[2] sobre los cuestionamientos que los “ambientalistas” de Gualeguaychú y ad láteres hacen a la instalación de las procesadoras de pasta de celulosa en Fray Bentos. La progresista idea de que lo ya creado es suficiente para ser un país, que somos una nación en condiciones materiales de autodeterminación gracias a nuestras vacas y nuestros granos. La estructura que Jauretche miraba y criticaba como la base material del estatuto legal del coloniaje es lo que los “ambientalistas” defienden con discursos de izquierdas y derechas.
Don Arturo (o San Jauretche) nos muestra la doble cara del progreso liberal, y sigue: es un progreso dependiente, parasitario, y que no alienta ni alimenta una consolidación nacional capaz de emanciparse y llevar adelante su propio crecimiento. Sin caer en el revisionismo vacuo, Jauretche suma y sigue: cuestiona al pasado desde su preocupante presente: ya no se trata de saber si la política liberal del pasado fue progresista o antiprogresista. Se trata de saber si lo es ahora.
En un mundo que no se resigna a la escasez de participación en lo que se llama modo de vida occidental, que excluye a los habitantes de materias primas (tan ecológicas ellas. Las astillas de pino por ejemplo, perfectamente biodegradantes… digo degradables) y consumidores de (resmas y resmas de) manufacturas importadas ¿tienen los liberales soluciones que proponer al margen de las que prepusieron en el pasado? ¿Pueden siquiera continuar el progreso que significó la colonización, es decir, la creación de las condiciones de la granja?... No tienen respuestas sino sobre la base de condenarlo a ser un país miserable y sin destino.[3]
Lo más preocupante, para mí, es qué otra pregunta podría hacernos Jauretche: ¿tiene la izquierda (socialista, latinoamericana) soluciones que proponer? Creo que cuestionar la política “ambientalista” de quienes (desde adentro y afuera de los límites nacionales) quieren evitar que los americanos usemos nuestros propios recursos naturales, convirtiéndonos en museólicos santuarios naturales, es parte de la propuesta; creo que alertar que la integración regional, única salida real de la situación de pobreza y dependencia estructural de este lado del mundo, agoniza,[4] es parte de la proyección de la patria grande, no argumentar desde la pedante visión porteña de “Uruguay es nuestra provincia”, si no de que somos provincias de la nación latinoamericana balcanizada, tupacamarizadas por las oligarquías capitalinas, como la porteño-litoraleña. Este concepto de lo nacional debería ser tenido en cuanta cuando se le cuestiona a la autora, por ejemplo, si es uruguaya o argentina como si la nacionalidad dependiera del concepto decimonónico (y bien liberal) de los Estados en que nos atomizó la política internacional y la división inter-nacional del trabajo capitalistas.
Que no nos armen la agenda
Mariela García habla de otros intereses espúreos, que nada tienen que ver con lo ambiental sino con la renta agraria y los negocios inmobiliarios detrás de la Asamblea de Gualeguaychú. Lo de los intereses inmobiliarios estuvo desarrollado,[5] pero el tema de la renta agraria da para un ensayo más amplio, y yo me animaría a demandar una explicación amplia en ese aspecto, creo que en ese capítulo quedó pendiente.
Quedan pendientes, entre tantos, de desarrollo:
- el mito el turismo industria limpia, carretel que da para desenrollar bastante empezando por la enorme chimenea que representa nomás la sumatoria de escapes de automóviles;
- los contaminantes agroquímicos;
- la transgenetización[6] de la agricultura que los “ambientalistas” no consideran una preocupación ecologista a pesar de ser una preocupación de cualquier movimiento verde global.
La izquierda tiene una amplia agenda de temas para la liberación nacional americana.
Lo más enriquecedor de esta agenda es pensarla con coordenadas propias, que es lo que desde esta corriente siempre se le recriminó a las izquierdas cipayas. El pensamiento nacional americano de la izquierda es la propuesta de trabajo desde la corriente. Las propuestas de izquierda hermanadas (o maridadas) a las de los liberales, son sospechosamente distractivas y obstaculizadoras en el camino de la construcción de la Patria Latinoamericana.
Profundizar la superficie
Me alcanzaron dos páginas de Jauretche (a riesgo de ser considerado un lector superfluo,[7] o de sacralizar a los fundadores de la corriente de pensamiento nacional y popular). Pero permítaseme terminar con la clara voz lúcido ensayista: …los alucinados fundadores del liberalismo creyeron ilimitado el progreso fácil bajo el signo agropecuario del Litoral (…) Sus descendientes ya no tienen alucinaciones y no sueñan en una gran Argentina (y mucho menos con una gran Suramérica). La quieren pequeña, pequeñita, porque todo progreso desborda el mínimo continente de la Argentina agropecuaria, donde no hay lugar no para los cien millones del futuro, ni siquiera para los veinticinco millones de hoy.[8]
La tercera página es más que clara: los colonizadores no necesitaron presionar diplomáticamente (La diplomacia británica fue… enderezada a terminar con la diplomacia) a las Provincias Unidas entre 1824 y 1862 porque la oligarquía parasitaria del colonialismo litoraleño cumplía eses rol. Resumiendo: la diplomacia actuó hasta que se crearon las condiciones de poder de los grupos económicos internos beneficiarios del sistema de división internacional del trabajo. Es decir hasta que fue imposibilitada la hipótesis de “la creación de una potencia industrial y financiera en expansión”, como dice Ferns. Creo que, puestos al lado de los argumentos de García, son idénticas líneas: los intereses internos (pretendidamente nacionales) interesados en el desarrollo de otras naciones; la posibilidad de un desarrollo industrial regional (aunque subsidiario) es mejor que nada.
El planteo de fondo del polémico artículo es la construcción de un MERCOSUR, limitado pero potencial camino al ALBA, que tenga su propio desarrollo industrial, su capacidad productiva no exclusivamente primaria. Para un paisito donde a veces ni los molinos harineros funcionan… ya es un propósito ambicioso.
Notas:
[1] Arturo Jauretche: “Las dos caras del liberalismo argentino: progreso y antiprogreso”, originalmente publicado en la revista Imagen del País entre mayo y noviembre de 1967. En A. J (2006) Escritos inéditos, Obras completas, p. 169, Tomo 6. Corregidor. Bs. As.
[3] Jauretche, p. 172-173
[4] Latinoamericano Nº 3, p. 6.
[5] “Miente miente…” en Socialismo Latinoamericano Nº 3, p. 13.
[6] Ver “El espejismo de los monocultivos” de Ricardo Gordillo en Izquierda Nacional 2º de setiembre de 2006, p. 6.
[7] No puedo dejar de recomendar, para superar esta superficialidad, el libro El pensamiento vivo de Jauretche del compañero Gustavo Cangiano, publicitado justo debajo del artículo en cuestión.
[8] Consideremos el año en que se escribió el artículo, y qué pensar de la actualidad de esta provincia latinoamericana de 36 millones.
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