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Ante la lamentable ausencia de información fehaciente a la que nos vemos sometidos todos los días (a pesar de que el tema aparece en cada noticiero, y se siguen los cortes de ruta al minuto, casi con morbo amarillista) uno no puede sino preguntarse qué misteriosa “fuerza” oculta impide que el tema se debata con la profundidad y la seriedad que merece. No sólo para la vida de los argentinos y uruguayos, sino para los destinos enteros del Mercosur. ¿Por qué razón los medios masivos de comunicación siguen sólo los cortes y los fallos, al estilo partido de fútbol, pero nada hemos aprendido del proceso de fabricación de papel, que es el tema en cuestión? ¿Cuántas pasteras y cuántas fábricas de papel tenemos en Argentina? ¿Con qué tecnología producen? ¿Cómo es la industria forestal en Argentina? ¿Cómo deberían conformarse los estándares de un Código de Protección Ambiental para el Mercosur? Nada de esto se ha discutido, y sin embargo, no hay día en que no escuchemos gente exaltada hablando del tema (o mejor dicho, desinformando) en los medios. Tampoco el Estado Argentino ha hecho ningún esfuerzo por clarificar la cuestión, más allá de gritos, declaraciones altisonantes y actos políticos sin ninguna base sólida que les de sustento, excepto su hambre electoral.
Vamos a ver si intentamos, como dice Benedetti, “desmitificar la vía láctea”.
Pastera que me amuraste…
El proceso de fabricación de papel es complejo y ha evolucionado con los siglos. La primera plancha de papel se produjo en China allá lejos y hace tiempo (¡mucho!), pero no es sino hasta fines del siglo XIX que se comienza a trabajar en tecnologías que permitieran “blanquear” la pasta de celulosa obtenida de la madera. La pulpa resultante, sin tratar, es oscura y aun tiene restos de lignina. A fin de obtener una pasta pura y blanca hasta unos años atrás se utilizaba cloro gaseoso (también llamado cloro elemental). “Hasta hace poco” se refiere a fines de los años ochenta (1987), en que comienzan a detectarse los primeros problemas de contaminación y salen a la luz pública. Nobleza obliga, en la instalación de este tema en los países centrales fueron determinantes las organizaciones ecologistas, lo que demuestra una vez más que acá y allá los papeles siempre cambian. Hoy día son muy pocas las industrias que todavía utilizan el cloro elemental, pero siguen existiendo. Nobleza también obliga, fueron los equipos científicos del centro quienes se abocaron a tratar el problema de producir papel (un elemento determinante de la modernidad) de forma “ambientalmente amigable”.
Lo que se comprobó es que, combinado con los restos de lignina, el cloro producía gran cantidad de dioxinas y furanos, y que las concentraciones en que se libraban al agua, tierra y aire producía elevadísimos niveles de contaminación. Por eso, en los últimos años, fue reemplazado —por norma en EE.UU. y la Unión Europea, así como en Canadá y otros países— por el dióxido de cloro (ClO2), base de un proceso denominado Libre de Cloro Elemental (en inglés, ECF), o Kraft. El secreto de cocina es que una molécula hace una enorme diferencia en las emisiones, y que éstas, correctamente manipuladas por tratamiento de efluentes —hay varios, y siguen evolucionando— hace que las concentraciones de dioxinas y furanos que se eliminan sean prácticamente indetectables, y por lo tanto, seguras. Por supuesto, aquello que ya se había contaminado seriamente conservó por largo tiempo concentraciones acumuladas, pero en los últimos años se han recuperado zonas enteras casi al estatus de “limpias” en puntos focales altamente contaminados, como la Columbia Británica entre otros.
La tecnología que originalmente la población de Gualeguaychú, Greenpeace y Guayubira —entre otras multinacionales ambientales— le exigían a Uruguay es un desarrollo relativamente reciente, denominado Libre de Cloro (o TCF, en inglés). Digo originalmente porque ahora la demanda ha cambiado a “No instalación” de la industria. El proceso TFC no utiliza cloro, sino peróxido de hidrógeno —agua oxigenada—, ozono y oxígeno gaseoso. Aunque la normativa BAT (best available technology) sostiene que este proceso es preferible, últimamente se han obtenido evidencias de que el proceso ECF presenta emisiones similares de dioxinas y furanos, pero no de metales pesados como en el TFC, y varias plantas han vuelto sobre sus pasos. Un claro ejemplo es la nueva fábrica Stendal en Alemania, uno de los países con legislación medioambiental más exigente en el mundo. Se inauguró en agosto de 2005, fabricando mayoritariamente pulpa Kraft ECF, pero tiene la capacidad de fabricar TCF de acuerdo con las demandas del mercado (que en Alemania presenta peculiaridades de consumo interno gracias a las campañas de Greenpeace).
En Argentina también tenemos fábricas de celulosa y papeleras, mayoritariamente en la Mesopotamia, sobre el Paraná:
- Provincia de Buenos Aires, frente a Entre Ríos: Celulosa Argentina (Zárate; propiedad de FANAPEL, Uruguay), Celulosa Campana (Lima, Zárate), Papelera del Plata (Zárate, subsidiaria de CMPC, Chile), Papel Prensa (San Pedro).
- Entre Ríos: Iby (Ibicuy, 123 kilómetros al sudoeste de Gualeguaychú).
- Santa Fe, frente a Entre Ríos: Celulosa Argentina (Capitán Bermúdez; también propiedad de FANAPEL).
- Misiones, frente al Paraguay: Papel Misionero (Puerto Mineral), Pastas Celulósicas Piray (Puerto Piray) y Alto Paraná (Puerto Esperanza).
Ninguna de esas plantas utiliza el proceso TCF, que Greenpeace y el gobierno de Entre Ríos le exigen a Uruguay, y excepto por un par, se utiliza todavía el proceso más contaminante, el que utiliza gas clorado. Entiéndase bien: no se utiliza ni siquiera EFC, sino el arcaico y contaminantísimo gas clorado. Parece que la autoridad moral de Argentina para tener semejante conflicto con el Uruguay deja mucho que desear.
Es cierto que el proyecto Orión —Botnia le puso ese nombre a su planta en Fray Bentos— excede la envergadura de cualquiera de las plantas argentinas. No obstante, la técnica de blanqueado que se usará en Fray Bentos es idéntica a la empleada por las mayores papeleras del mundo. Y además, como sostiene la comunidad científica, el problema no es el tamaño del planta, sino el grado de concentración de las emisiones, que en este caso se reporta como seguro, siempre y cuando se controle estrictamente el cumplimiento de la normativa ambiental. Pero ya vimos que el estado uruguayo pretende hacer exactamente eso.
Por qué razón la Asamblea de Gualeguaychú se ha negado a participar de una comisión binacional de control con participación popular, como ofrecieron Uruguay y la misma Botnia, es harina de otro costal (o deberíamos decir, de otros intereses espúreos, que nada tienen que ver con lo ambiental sino con la renta agraria y los negocios inmobiliarios).
Así que cada vez que utilicemos una servilleta “Sussex”, por ejemplo, o un pañuelito “Elite”, o papel “Higienol” o similares, o toallitas, tampones e hisopos (¡no solamente hojas!), recordemos: involucran un proceso de blanqueamiento, generalmente los importamos, y como cualquier industria, contaminan. No existe la industria con contaminación cero. Lo que existe es industria con control tecnológico de los procesos contaminantes para reducirlos a niveles tolerables. (Si todavía quedan dudas, leer “dioxinas y furanos” en la última sección de este trabajo).
Esto de la no existencia de la “contaminación cero” es fundamental: no asumirlo implica seguir cultivando la vocación de chacra (que, de paso, también involucra contaminantes). O lo que es lo mismo, de exportadores de materias primas (ya sean granos, o astillas de pinos y eucaliptos, como la reciente planta de Bahía Blanca, de tecnología japonesa).
Como bien sostiene Elsa Bruzzone, la política realmente existente (de los países centrales y de las multinacionales de la ecología) es: “ustedes no lo usen, porque vamos a usarlo nosotros”. Su concepto de desarrollo sustentable es esencialmente el convertirnos en reservorios, evitando que planifiquemos y por supuesto, impidiendo cualquier proceso de industrialización. A esto apunta también la nueva moda de los “Patrimonios de la Humanidad”, que nos impiden hacer uso de nuestros propios recursos, mientras los controlan los extranjeros para “protegerlos” de nosotros mismos. Al respecto, el silencio abismal del oficialismo y del Congreso Nacional para terminar con el negocio es una traición a la Nación de proporciones épicas. Una más.
Piedra, papel o tijera
Ya que el papel es chino, usemos una “tecnología” china para pensar todo este cuento chino que armaron los “ambientalistas” de Gualeguaychú, Greenpeace, Guayubira y el “señor” Busti (con el guiño del gobierno nacional, y últimamente, la colaboración de la tradicional izquierda portuaria, que ahora devenida izquierda de río).
Tijera corta papel
Gualeguaychú y el gobierno entrerriano no han hecho sino complicarle la vida a Uruguay. ENCE ya decidió reubicarse, y Orión (Botnia) —a medio construirse—, sigue con las obras a duras penas. Los piquetes (violatorios del derecho internacional más elemental) le han ocasionado a Uruguay perjuicios económicos reales, mientras las plantas todavía ni siquiera empezaron a funcionar. La estrategia uruguaya fue acudir al ámbito natural, el Tribunal Arbitral del Mercosur (TAM), reclamando por los cortes. El Tribunal fue claro:
«el ejercicio por los vecinos de Gualeguaychú de su derecho de protesta ha sobrepasado en sus efectos los límites del respeto que tanto ellos como los Estados, en este caso el Estado Argentino deben al cumplimiento de la norma que obliga a garantizar la libre circulación de bienes y servicios. Libre circulación que por la intermitencia, insistencia y continuidad de los cortes quedo sin efecto para quienes forzados por aquella situación extraña a la normalidad económica hubieron de cambiar sus decisiones como ciudadanos o como agentes económicos del Mercosur. (…) El Estado puede igualmente ser considerado responsable, ya no por el hecho ajeno, sino por el hecho propio, si omitiera la “conducta debida”, esto es, por la “falta de diligencia” en prevenir o corregir actos de los particulares que puedan causar perjuicio a otro Estado (…). En esta situación, no estamos ante una responsabilidad vicaria o indirecta sino frente a una responsabilidad por hecho propio».
No condenó a Argentina porque consideró que el estado no había obrado de mala fe, pero le señaló claramente que de ese momento en más, no podría “omitir la conducta debida” y que había actuado “con poca diligencia”. ¿Qué hace Argentina? Desestima olímpicamente el fallo, lo ignora soberbiamente, y muestra un doble estándar: permite estúpidos piquetes internacionales en los tres puentes con Uruguay, mientras utiliza la Gendarmería para aplastar un reclamo salarial en Las Heras y a la Prefectura para garantizar el funcionamiento de Buquebús en el Puerto de Buenos Aires. Y mientras cotidianamente “empuja a Uruguay y a Paraguay”, con la ayuda de Brasil, relegando su participación en la integración regional, se llena la boca hablando de integración continental y se rasga las vestiduras cuando un país del tamaño de una de nuestras provincias amenaza con hacer un TLC con EE.UU., harto de señalar a viva voz que el Mercosur no funciona. Uno de los socios mayores se comporta disgregando la unidad. El otro socio mayor se hace el oso. Y en el medio, la integración regional, única salida real de la situación de pobreza y dependencia estructural de este lado del mundo, agoniza.
Parece que el tosco estado piedra argentino no está dispuesto a desafilar la tijera que está cortando el hilo por lo más delgado. Lord Ponsonby sonríe desde el infierno.
Papel envuelve piedra
No es la intención de este artículo convertir a Uruguay en santo. Pero sí ha sido infinitamente más sutil y menos tosco en sus estrategias que Argentina, aunque en ciertos momentos perdiera la paciencia y cometiera errores (como proteger a Botnia con el ejército, o encerrarse en una fortaleza de silencio, o flirtear alevosamente con Bush. Aunque después de lo de K en Wall Street…).
Uruguay ha soportado con relativa tranquilidad la demanda de Argentina ante La Haya (que la mayoría de los juristas dicen que perderemos, y el sentido común también lo indica), y ha continuado con su plan de gobierno. Como las mentiras salen a la luz más pronto que tarde, algunas razones del enojo uruguayo han comenzado a filtrarse. Claro, no en los medios argentinos, que sospechosamente “no investigan”, sólo reportan. Y ni siquiera reportan la verdad.
Por caso, “la Delegación Uruguaya extendió invitación a la Delegación Argentina para la participación dentro de la comisión de seguimiento de los proyectos, prevista por las resoluciones ministeriales que otorgaron las autorizaciones ambientales a ambos proyectos. Hasta el momento la Delegación Argentina no ha accedido a dicha invitación”.
Los groseros comportamientos de Cancillería y Jefatura de Gabinete de Ministros serían hilarantes, si no fuera porque han embarrado la cancha más de lo que uno podría sospechar. En la Memoria Anual del estado de la Nación 2004, informe confeccionado por JGM (Alberto Fernández, informado por Cancillería, Bielsa), se lee en el apartado Uruguay-Logros:
“En junio (…) ambos países firmaron un acuerdo bilateral, poniendo fin a la controversia por la instalación de una planta de celulosa en Fray Bentos. Éste acuerdo respeta, por un lado el carácter nacional uruguayo de la obra, que nunca estuvo puesto en entredicho y, por otro lado, la normativa vigente que regula las aguas del Río Uruguay a través de la CARU. Asimismo, supone una metodología de trabajo para las tres etapas de construcción de la obra: el proyecto, la construcción y la operación” . Este informe, y sus trascendidos, dieron origen a una serie de aclaraciones que tanto Aníbal Fernández como Rafael Bielsa debieron dar en la Comisión Bicameral, porque no se entendía cómo Argentina decía oficialmente que no había nada firmado pero los documentos decían que sí. La explicación de ambos fue que “hubo un error de terminología, y el acuerdo con Opertti había sido sólo verbal”. Debido al informe erróneo, un diputado entrerriano le informó a sus representados que existía un acuerdo firmado, cuando en realidad no era así. ¿O será que cuando las papas quemaron no se mantuvo lo acordado con Uruguay verbalmente? ¿No es la diplomacia un negocio de caballeros? Es sencillo entender que Opertti se llevó la tranquilidad de un acuerdo verbal a su país… que después dejó de ser un acuerdo para sorpresa uruguaya y contento de ambientalistas varios.
La frutilla del postre fueron las declaraciones que hizo el Ministro del Interior, Aníbal Fernández, a principios del año pasado. Cito: “[propongo] que se haga una reunión entre el presidente argentino Néstor Kirchner y el titular de la empresa finlandesa Botnia, que construye una planta de celulosa en el Uruguay” [ya que] "está visto que Tabaré Vázquez no tiene el poder para tomar decisiones. ¿Qué sentido tiene que se junte el presidente Kirchner con el presidente Vázquez? Estas cumbren deben llevarse a cabo entre las dos máximas autoridades con autoridad [sic] para decidir. Así las cosas, la reunión que resolvería esta cuestión debería llevarse a cabo, entonces, entre el presidente Kirchner y el presidente de Botnia”.[1] Burrada. Falta de respeto. Bravuconada. Estupidez sin límites. Enanismo mental.
Ojalá el papel termine envolviendo a la piedra. Mientras tanto, Artigas rezonga porque todavía no entendimos lo de “no esperéis más que de vosotros mismos”.
Piedra desafila tijera
En este caso es más una expresión de deseos, pero si la física no miente —como dicen los fundamentalismos ecologistas— la tijera terminará desafilada. En primer lugar, Argentina no puede condicionar su propia estrategia de país ni la de los países vecinos por un puñado de fanáticos. Fanáticos que se niegan a escuchar razones y a quienes no asiste la razón, por otro lado.
En segundo lugar, La Haya (y probablemente otra vez el TAM, si los cortes siguen) obligarán al Estado argentino a comportarse como un estado, y no como un matón de barrio o un recaudador de votos. El enorme riesgo de dilatar esto es que el Mercosur sigue debilitándose, con colaboración propia y ajena. ¿Será que algunos intereses papeleros de la zona también están interesados en que Uruguay no lleve adelante su proyecto? Porque Botnia sola producirá la misma cantidad de pasta celulosa que la suma de pasteras tecnológicamente obsoletas de Argentina… A todas luces, no hay integración real: es sólo una expresión de deseos con ciertas manifestaciones burocrático-parlamentarias. El desafío es la planificación conjunta, no las zancadillas entre burguesías nativas interesadas en que las de al lado no les arruinen el negocio. Y con la excepción de Venezuela, no se divisan planes reales de integración en el horizonte. Seguimos peleándonos por aquello en lo que somos competitivos, y perdemos de vista aquello en lo que somos complementarios. ¡Cómo nos cuestan la unidad de la América del Sur!
De lo primero que habrá que desprenderse es de la actitud gualeguaychense que se conoce como “no en mi patio”: queremos industrias, consideramos que son necesarias, pero lejos. Nada de a la vuelta de la esquina. Habrá que desprenderse de eso, y de sus aires de “balneario bien”, también.
Parecen mentira las cosas que vemos…
Como sostiene Osvaldo Calello en su excelente artículo “El Mercosur en crisis”, “el Mercosur es una unión aduanera y una zona de libre comercio, en los dos casos imperfectas: son varias las excepciones que constituyen perforaciones al arancel externo común, y también las trabas paraarancelarias en el comercio intrarregional. Resultan muy fragmentados los procesos de ensamblaje productivo y no existe nada parecido a una integración económica”. Es eso, y no mucho más que eso, el origen de todo este lío de pasteras y papeleras. Claro, siempre aparecen intereses coyunturales a caballito de las contradicciones principales, como el verso del “turismo industria limpia” que pretende imponernos el medio pelo entrerriano —¡habría que profundizar en ese mito!—, y por supuesto, los eternos determinantes históricamente argentinos: la renta agraria de los terratenientes, que lo último que quieren es una industria que les replanifique el paisaje… y el bolsillo.
Más allá de los cuestionamientos a la naturaleza socialdemócrata del gobierno uruguayo, y de las evidentes limitaciones del proyecto de “atraer inversiones” para el desarrollo nacional (algo es algo, peor es nada), no han faltado ideas interesantes, pequeños gérmenes esperanzadores. En algún momento José Mugica sostuvo que deberían radicarse los restantes eslabones de la producción de la cadena de valor “de este lado del río”, para compartir no sólo los riesgos, sino también los beneficios. El griterío patoteril y la sordera inducida, sumada a la estrechez mental del gobierno argentino, de Busti y de los ambientalistas en general, hicieron como si nada.
El sector local que se dedica a la producción forestal intenta tímidamente ser escuchado, pidiendo que el gobierno se digne pensar y cumplir un plan nacional de manejo de los recursos forestales y de coordinación de la industria maderera. No se oye nada. Mejor dicho, se oyen ambientalistas.
Todo lo demás es casi anecdótico. Lo único importante, lo único verdaderamente fundamental, es que por debajo de estos fuegos de artificio le va la vida al Mercosur. Aun cuando haya sido parido del peor de los modos.
Notas:
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