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NACIONALES | Artículo cargado el 15 de julio de 2006
J. L. Borges: veinte años después
Honorio A. Díaz
 

Bastó que el filósofo posmoderno Michel Foucault citara a Borges en el prólogo de uno de sus libros para que los intelectuales colonizados del progresismo vernáculo descubrieran en el escritor anglófilo virtudes que él mismo ignoraba. En la nota que sigue Honorio Díaz resitúa a Borges en la vereda opuesta a la cultura nacional y popular.

Simultáneamente, ofrece un retrato descarnado de sus apologistas actuales: los exrevolucionarios domesticados por las becas de las funciones extranjeras, el trampolín universitario y las vidrieras de los suplementos culturales, que aún lo mantienen en el máximo sitial de la cultura oficial.

Cuando el movimiento popular se encontraba en marcha, pocos eran los que se ocupaban de Jorge Luis Borges. Unos especialistas en temas literarios trataban de exaltar su obra evasiva y hermética. Una vez acaecido el derrocamiento de Perón (1955) se produjo un cambio en la carrera del escritor. Su actuación alcanzó resonancia local e internacional logrando una posición relevante en el ámbito cultural argentino: comenzó a ser una moda hablar de Borges.

Por ese entonces dos corrientes se destacaban en la vida literaria. La tendencia clásica o conservadora contaba con los aportes de Borges, Mujica Láinez y otros. La tendencia progresista o democratista se nutría con Sábato, Cortázar y compañía. Cada uno de los participantes conocía su rol y los consumidores literarios también tenían la situación en claro. Pero, durante los últimos años, las cosas se complicaron seriamente. No son pocos los que sostienen que Borges es un escritor profundamente nacional y hasta revolucionario, más allá de las metáforas. Por mero afán disuasivo siempre habría escondido su avanzada en una filosofía espontáneamente idealista y decepcionantemente agnóstica que, en realidad, constituye un mero recurso formal en su labor creativa.

Uno de los primeros en reivindicarlo desde fuera de la literatura pura ha sido Ernesto Sábato: “Nada hay en él, nada de bueno ni de malo, nada de fondo ni de forma, que no sea radicalmente argentino” (El escritor y sus fantasmas). Lo auténticamente valioso en este literato sería precisamente su cosmopolitismo, pero ello es consustancial a la cultura argentina. Por lo tanto, en síntesis y paradójicamente, resultaría un artista nacional por el simple hecho de no serlo.

Ricardo Piglia emprende un similar camino de contrapelo: busca obstinadamente en Borges aquello que él no pretendió poseer. Concluye que su obra está impregnada de un fuerte antiintelectualismo que se entronca con lo mejor de las letras argentinas para cerrar con brillo la producción de épocas remotas: La obra de Borges es una especie de diálogo muy sutil con las líneas centrales de la literatura argentina del siglo XIX y yo creo que hay que leerlo en ese contexto” (Política y ficción). Él quiso encarnar la moderna visión de la tradición literaria de Stevenson y Chesterton, Kipling y Bloy, pero el criterio perspicaz se esfuerza en vincularlo con Del Campo o Hernández, Sarmiento o Mansilla.

Beatriz Sarlo considera imprescindible no confundir el plano del pensamiento borgeano con sus técnicas ficcionales. El lector que tenga eso en cuenta podrá descubrir en “el más argentino de los escritores”  la construcción de verdaderas utopías sociales. “La lotería de Babilonia (y también la trama más abiertamente metafisica de La biblioteca de Babel, pueden ser leídas como ficciones político —filosóficas (...) argumentación construida alrededor de hipótesis sobre el orden utópico y la amenaza distópica que dan forma a los sueños sociales” (Borges, un escritor de las orillas). Una vez más la critica crea un Borges inexistente, mas allá de las aspiraciones y de las realidades del propio escritor.

Por este rumbo critico opuesto a la voluntad evidente del protagonista, Juan José Saer llega a una situación extrema. Ahora no se trata de un cosmopolitismo nacional, del antiintelectualismo del siglo XIX, ni del argentino preocupado por generar utopías sociales. Saer lo presenta como lo que incuestionablemente nunca fue: un novelista. “Borges tiene prejuicios teóricos muy fuertes contra la novela. Se podría decir que este rechazo es un simple rechazo inmediato, banal, una especie de rechazo de la representación realista de lo real” (Borges el novelista).

Ante tal panorama se torna indispensable variar el enfoque hermenéutico acercándose a los pensamientos concretos y a los sentimientos efectivos del escritor. Tal vez nada más útil para ello que recordar la visión que Borges poseía del pasado. Sostenía que lo pretérito era más fácil de modelar que lo futuro, pues lo primero surge del razonamiento y lo segundo de la acción. “El pasado, sobre todo el pasado un poco lejano, es una materia muy, muy dócil”. Esta maleabilidad posibilita la insensata apropiación del pasado. Sus ascendientes familiares son presentados como una síntesis de las vertientes estructurales del país. La rama materna corresponde a guerreros españoles en primer término y a unitarios civilizados después. La rama paterna lo liga a la cultura europea, en especial a la literatura inglesa. De esa manera artificiosa queda enlazada la historia argentina con la historia familiar en un marco de arbitrariedad que espanta a su amigo más intimo. “Él a veces arreglaba su pasado —dice Bioy Casares— para que quedara mejor literalmente. Es como si hubiera preferido realmente la literatura a la verdad” (Memorias).

Una de esas dos influencias familiares terminó imponiéndose sobre la otra. “Si me preguntan cuál ha sido el principal acontecimiento de mi vida, contestaría que fue la biblioteca de mi padre. De hecho, a veces pienso que nunca he salido de ella” (Autobiographical notes). Después repitió hasta el cansancio su preferencia por la intelectualidad británica. Por ello no concurrió a escuelas, fue instruido por una institutriz y se formó en esa habitación poblada de libros ingleses. De ese modo pudo dejar atrás la vertiente criolla y española (“de una ignorancia inconcebible”) para brindarse al mundo europeo que le posibilitara su biblioteca paterna.

También Borges tenía en claro la posición social de su familia. “Como tanto argentino soy nieto y hasta bisnieto de estancieros” (El tamaño de mi esperanza). No sólo precisa la corriente intelectual en que se ubica sino que también sindica la clase social a la que pertenece su familia. Linaje y herencia no constituyen elementos aislados ni irrelevantes. Por el contrario, definen una elección cultural y una adscripción de clase que conforman la base de una ideología. En ella se nutre su concepción del mundo y su visión de la vida. Con ella elabora su preferencia estética y realiza su creación ficcional. También sobre esa base se asientan adhesiones y rechazos, simpatías y aversiones en el elocuente espectro del campo social.

Sus convicciones históricas y políticas —según él lo más baladí en un escritor— servirán para comprenderlo más allá de las disquisiciones de la critica mistificadora. El primer error significativo de los criollos fue oponerse a las invasiones inglesas. Mucho más venturosa hubiese sido la existencia de los argentinos de haber triunfado los ingleses. La clave de nuestro siglo XIX se encuentra develada en Facundo y no en las aventuras policiales de Martín Fierro. Su unitarismo posee los lineamientos estrictos de la ortodoxia mitrista, que execra a los caudillos federales en su conjunto.

La visión del siglo XX continúa en los mismos parámetros interpretativos. Tras un momentáneo apoyo al yrigoyenismo, terminó convalidando la política del régimen oligárquico. Para que no quepan dudas de ningún tipo, se afilió al Partido Conservador.

El fóbico antiperonismo de Borges es por todos conocidos. Esta repugnancia patológica lo llevó a afirmar: “Si me encontrara a Perón, mi obligación sería matarlo”. La militancia gorila le permitió alcanzar la presidencia de la SADE (1950) e iniciar, después del golpe de 1955, una carrera interminable de halagos y distinciones: director de la Biblioteca Nacional, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras y Premio Nacional de Literatura.

Desde entonces ocupó la cúspide de la cultura oficial que antes disfrutara Ezequiel Martínez Estrada. Más tarde elogió sin reticencias al más truculento de los gobiernos: “Yo tuve la suerte de vivir muy buen decenio en la historia del país, en los principios de este siglo. Pero después aparecieron los radicales, que en mi opinión fueron los peronistas de su época. Ahora tenemos un gobierno de caballeros y no un gobierno de truhanes y rufianes como el que soportamos hasta 1976”. (Todo es Historia, Nº 46, julio 1979).

Jamás utilizó su sitial de escritor emérito en beneficio del pueblo o del país. Despreció las manifestaciones más genuinas de nuestra cultura, alcanzando la desvalorización sistemática del Martín Fierro, un caso paradigmático. En momentos cruciales, como la Guerra de Malvinas, no tuvo un solo pronunciamiento patriótico. Siempre se pensó y sintió como un europeo en el exilio, habitante circunstancial de estas comarcas rioplatenses. Detestó al país en su conjunto y aborreció con énfasis los rasgos distintivos de sus nativos.

Por todo eso, al régimen le resulta muy difícil encontrar un sustituto con similar estatura estética y pareja miserabilidad política. Se mantiene aún hoy ese reinado póstumo. Ante él se inclinan los intelectuales de diferentes signo, que también coinciden en apuntalar la ideología y la cultura del bloque dominante, desde el desenfado neoliberal o desde la hipocresía socialdemócrata.