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NACIONALES | Artículo cargado el 15 de julio de 2006
Breve e incompleta historia de un caso testigo:
Las Industrias Di Tella
como burguesía nacional
Juan Manuel Lucas Tohme
 

Una heladera, una revolución y un golpe:

A principios de siglo XX, un ingeniero italiano recién llegado, Torcuato Di Tella, puso en pie una absoluta novedad para la oligárquica república del centenario. Creó, en asociación con otros inmigrantes italianos, los desconocidos hermanos Allegrucci, una estructura empresaria que fabricaba amasadoras y sobadoras para panaderías.

Este incipiente proyecto empresario marcaba un verdadero hito en la historia argentina, ya que, a diferencia de la generalidad comercial y productiva de la semicolonia agraria, estaba constituida por capitales nacionales, apuntaba al desarrollo industrial y tenía fuertes intereses en la expansión y consolidación del mercado interno.

Al calor de las guerras mundiales, y del rápido proceso de sustitución de importaciones, las mejores perspectivas de la empresa se vieron ampliamente superadas y esto alentó a sus dueños a expandir la actividad hacia otras áreas productivas.

A principios de los cuarenta, esta incipiente burguesía nacional comienza a producir electrodomésticos de distinta naturaleza. La heladera SIAM, que todavía puede encontrarse en la casa de algún jubilado argentino, es un símbolo histórico de las ventajosas implicancias que la guerra inter-imperialista suponía para las colonias y semicolonias aflojando los tradicionales lazos económicos y financieros con que el imperialismo imposibilitaba todo desarrollo económico autocentrado.

Este armatoste de varios kilos y un motor de locomotora, en sus límites regordetes que la sobredimensionan en todas sus formas, todavía hoy sugiere una etapa histórica caracterizada por la opulencia de una incipiente burguesía nacional.

Estos nuevos ricos, no tienen, al menos durante la década del 40´, pretensiones de oligarcas y todavía se resisten a transformarse en el “medio pelo jautercheano”. El serio déficit acústico del escandaloso aparato nos recuerda la chabacanería propia del nuevo rico, en contraste con una clase dominante de veleidades aristocráticas que sostenía como bandera la exclusividad de sus pautas de comportamiento y consumo, cuando no de su ascendencia patricia frente a estos “tanos” y “gallegos” devenidos en millonarios.

El 17 de octubre de 1945, será la fecha en que un lento proceso histórico germinará en la revolución nacional, finalmente inconclusa,  que guiará Juan Domingo Perón. Los Di Tella, como buena parte de reconocidos empresarios  que todavía hoy dominan la escena económica y política (Techint, Pescarmona o Fortabat) apoyaran, en mayor o menor medida a la revolución nacional en pie. Si bien carecían de un definido proyecto nacional, su sola existencia implicaba la posibilidad de cambiar el clásico (y trágico) patrón de acumulación agroexportador.

En moto hacia la trasnacionalización:

Ya durante la década peronista, Industrias DiTella comienza a considerar  las posibilidades de integración con capitales extranjeros. El acuerdo con la firma italiana Lambretta permite que “Industrias Di Tella”  comience la fabricación en Argentina de sus famosas motonetas. Todavía hoy  pueden reconocerse tras las estelas de humo blanco y el aceitoso olor que la combustión de la “Siambretta” produce en nuestras calles.

Pero no se confunda usted encontrando pruebas de “chabacanería burguesa” en el hoy escandaloso escape de la motoneta. Para su época presentaba excelentes prestaciones no sólo de sonoridad, además, como natural resultado del modelo italiano que sirvió como guía, sus pretensiones estéticas, demuestran ya cierta predisposición cultural frente a las creaciones del espíritu europeo.

Si las condiciones internacionales y el proceso revolucionario argentino van a potenciar las posibilidades de este nuevo empresariado, sus limitaciones, en relación a la conciencia de sus fines históricos como clase, saldrán rápidamente a la luz. Frente a la disyuntiva histórica de liderar un proceso cuyo riesgo mayor era la creciente importancia de la clase obrera en el escenario político nacional, o asociarse al imperialismo perdiendo la centralidad económica interna, pero garantizando la continuidad capitalista, la mítica burguesía nacional revelará su cobardía histórica. Ya se ha dicho, por no parecer guaranga afuera, terminará siendo tilinga adentro.

El Peronismo marcó un punto de inflexión histórico todavía hoy irresuelto. El complejo y contradictorio proceso que lo caracterizó, si bien nunca cuestionó decididamente la naturaleza capitalista de nuestro país, se reveló como la manifestación criolla del frente nacional antiimperialista de Lenin; en tanto resistía, obstinadamente, los intentos metropolitanos de congelar a la Argentina como abastecedora barata de materias primas. Sin embargo, las leyes que rigen la relación metrópoli-colonia eran un cerco estructural insalvable para cualquier alternativa autocentrada que no se planteara medidas expropiatorias y, en este sentido, socialistas.

La crisis agraria, hacia 1952, exigía expropiar económicamente a la oligarquía. Sin la potencial riqueza de la pampa húmeda al servicio de la declamada “independencia económica”, los sueños de un país industrial se estrellaban contra la reactivación europea. Ninguna burguesía, metropolitana o colonial, puede proponerse objetivos de tal audacia que cuestionen su fundamento como clase: el sagrado principio de propiedad. Los titubeos de Perón en las horas decisivas, la impotencia sindical, y la pasividad militar frente a las intrigas de cuartel, iran generando un cuadro con final cantado.   

Perón ensayó un último recurso. Las especulaciones sobre una nueva guerra mundial, o los coqueteos con las petroleras extranjeras, que permitieron que el cipayaje se disfrazara momentáneamente de anti-imperialista, intentaban cubrir el déficit de inversiones nacionales con capitales externos dirigidos hacia sectores claves de la economía. El golpe de 1955 será una aleccionadora prueba histórica para aquellos que pretenden sostener alternativas “nacionales” en base al capital extranjero y en los límites ideológicos de una hegemonía burguesa.

En auto hacia la claudicación definitiva:

Luego del criminal interludio militar del 55 al 58, el desarrollismo ejercerá el nexo entre capital extranjero y administración empresaria nacional dispuesto a reeditar un viejo fracaso argentino. Frente a la imposibilidad histórica de reeditar una “comunidad organizada”, el frondi-frigerismo intentará inútilmente crear un país industrial ingresando al FMI, atrayendo inversiones extranjeras y hambreando a los sectores populares.  Frente a una clase obrera que de columna vertebral pretendía, para decirlo con Cooke, transformarse en cerebro del movimiento nacional, la burguesía nacional irá prefigurando su definitiva claudicación.

El “Régimen de Promoción Automotriz” que impulsa Frondizi, antecedente del actual “Régimen de Promoción Industrial”, y que en ambos casos debería titularse como “Régimen de Promoción Imperial”; estaba articulado a una política económica que desmantelaba el mercado interno frente al capital externo.

Además, las necesidades de integración y trasnacionalización burguesa contarán con un importante factor a favor. La creciente importancia que el imperialismo estadounidense asume en la política interna, conduce al capital inglés, cada vez más claudicante ante el poderío yanqui, a mirar con cierta simpatía a esta burguesía industrial que carece de capitales para desarrollo tecnológico, investigación y diseño.

Así, a fines de los 50 se daría una unión insospechada años antes, la British Motors Corporation se asocia a Industrias Di Tella. El resultado de esta unión es todavía hoy visible: aparece el SIAM Di Tella.

Esté, tan similar en sus líneas estéticas al Peugeot 404, puede considerarse como una de las muestras más unánimes de la claudicación de la burguesía nacional, en tanto, no sólo un análisis de sus formas, sino su historia de creación estará signada por la más profunda asociación entre nuestra burguesía industrial y los intereses imperiales.

El SIAM Di Tella es una réplica exacta del Austin A-60, espantosa creación anglosajona que intenta combinar a los coludos autos norteamericanos entonces en boga, con las necesidades de ahorro energético europeo.

Así, tras las agresivas líneas que imitan la estética norteamericana, tanto que una proyección a escala nos devuelve un cadillac o un impala; tras faros que siempre sobresalen de las líneas generales, una excesiva utilización de cromados y metales, y un exagerado plano frontal se esconde, sin embargo, un motorcito de 1500 c.c. y 93 h.p. (casi el mismo que la heladera). La contradicción entre potencia y estética deja traslucir la debilidad histórica y la definitiva claudicación de ese empresariado nacional. Más aún, la versión Di Tella pick-up se adjetivará como “argenta”, en un guiño histórico hacia a la mítica “justicialista”, a pesar de ser un ensamble de auto-partes inglesas.

De la poderosa y sobredimensionada heladera a la banal imitación europea, del exagerado motor de los 40 a la reducción de potencia que exigía “traducir” el Austin a las rutas argentinas. De aquella originaria clase burguesa y nacional, a esta intermediaria de los intereses extranjeros, de la chabacanería de rico recién llegado, a las preocupaciones estéticas y vanguardistas de Marta Minujin.

Esta burguesía sepultará su posibilidad de progresividad histórica asumiendo un decidido carácter proimperialista que se impondrá a sangre y fuego a partir de 1976 y se consolidará en los 90. De la patria peronista a la patria contratista, de las arengas antiimperialistas de Perón a las “relaciones carnales” de Guido Di Tella, de la ideología nacionalista y contestataria de los 40, al neoliberalismo disfrazado de doctrina nacional, del ministerio de Miranda a la subsecretaria de Torcuato, de aquella mítica burguesía nacional, a esta cobarde oligarquía tras-nacionalizada.

Su papel, sus tendencias, e inclusive su existencia misma, fueron el centro de encarnizados debates que, sin embargo, han quedado saldados, más que por estériles consideraciones teóricas, por la historia viva de una clase cobarde y traicionera que, todavía hoy, gravita decisivamente en la política y la historia nacional.