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El gobierno de Néstor Kirchner financia desde hace un año una revista llamada “Desafíos”, que se presenta como “un espacio para el pensamiento nacional”. Aunque la publicación no es de carácter masivo y tampoco circula entre el activismo y la militancia que anima las luchas populares, tiene cierta importancia dedicarle algunas reflexiones.
Por un lado, la posición marginal que “Desafíos” ocupa en el diseño de la estrategia propagandística del gobierno está revelando la escasa importancia que el kirchnerismo asigna al pensamiento nacional y popular. Mientras que la gran prensa sigue siendo “libre”, es decir, permanece en manos de las diferentes expresiones del pensamiento antinacional y antipopular, y mientras que las áreas de cultura y educación han sido entregadas a los personajes más representativos del progresivo cipayo (los Di Tella, Nun, González, Granovsky, Puiggrós, etc), los seguidores supuestamente “nacional-populares” de este gobierno deben conformarse con un espacio mínimo e insignificante. Desde esta perspectiva, más que constituir un espacio para la difusión del pensamiento nacional y popular, “Desafíos” es la garantía de que ese pensamiento no habrá de difundirse masivamente.
Pero hay otra razón que confiere importancia a “Desafíos” y que no tiene ya que ver con aquellos aspectos que los semiólogos llamarían “contextuales” y “paratextuales”, sino con lo propiamente “textual”, particularmente con su contenido.
Entre el nacionalismo de izquierda y la Izquierda Nacional
El ideólogo de la revista es el escritor Norberto Galasso, cuya profusa obra historiográfica lo ha ubicado en ese espacio donde se intersectan dos corrientes político-ideológicas semejantes, pero no idénticas: el nacionalismo de izquierda y el socialismo de la Izquierda Nacional.
Galasso se acercó, siendo joven, a la Izquierda Nacional. Jorge Abelardo Ramos, generosamente, le editó su primer libro sobre Mariano Moreno y luego le prologó la biografía de Scalabrini Ortiz. El espaldarazo de Ramos le permitió a Galasso adquirir algún prestigio entre las nuevas generaciones setentistas, que desafiaban la hegemonía ideológica de la izquierda cipaya sobre la pequeña burguesía apoyándose en algunas de las tesis de la Izquierda Nacional. Pero entonces Galasso rompió con Ramos, con Spilimbergo y con la Izquierda Nacional, que por entonces se organizaba en el Frente de Izquierda Popular (FIP), y se acercó al nacionalismo de izquierda que se referenciaba políticamente en la Juventud Peronista, e ideológicamente en autores como Rodolfo Puiggrós, Hernández Arregui o John William Cooke. Galasso escribió un libro — “¿Qué es el socialismo nacional?”— donde deja constancia de su desplazamiento político-ideológico. En su prensa partidaria, el FIP delimitó oportunamente las posiciones de Galasso de las suyas propias. En los años siguientes Galasso mantuvo relaciones amistosas con algunas corrientes de la Izquierda Nacional (excepto con Ramos, por quien desarrolló una ostensible animosidad, en parte por razones políticas y en parte por razones personales), pero ya nunca retornó a sus filas, a pesar de las invitaciones que se le formularon. Desarrolló, en cambio, una tarea de difusión historiográfica importante, aunque excesivamente personalista (los “centros de estudios” que animó, como el “Centro Discépolo”, son prolongaciones de su propia obra escrita dirigidas a difundirla).
Ahora Galasso y sus seguidores “discepoleanos” (Carlos Berman, Guido Chávez, etc.) se encuentran con la posibilidad de expandir el campo de resonancia de su propaganda a favor de una “izquierda nacional” (asimilada al nacionalismo de izquierda) a través de una revista que financia el kirchnerismo. Pero se trata de una posibilidad ilusoria. Kirchner repite con Galasso, en pequeña escala (y tal vez en clave de comedia), lo mismo que hizo Menem con Ramos en la década pasada, cuando le ofreció la embajada en México: mediante un reconocimiento aparente, ambos presidentes de un justicialismo definitivamente domesticado por el régimen partidocrático, pretenden cooptar a los referentes principales de una corriente político-ideológica potencialmente opositora. Pero si Ramos no le imprimió un identidad nacional y popular al menemismo, sino que fue Menem quien le imprimió una identidad proimperialista a Ramos (y a los alcahuetes que lo acompañaron, muchos de los cuales, como la senadora Elida Vigo, ahora se han reciclado como kirchneristas), tampoco será Galasso el que le imprima un carácter nacional y popular al kirchnerismo, sino que, desgraciadamente, ocurrirá lo contrario.
Al capitular ante el menemismo y renunciar al socialismo de la Izquierda Nacional, Ramos cayó en el ridículo teorizando sobre lo que no existía: el “nacionalismo” de Cavallo y las semejanzas entre el programa neoliberal del menemismo y la NEP de Lenin. Galasso se acerca peligrosamente a los dislates del Ramos viejo y quebrado de los últimos años intentando también teorizar sobre lo que no existe: sobre una supuesta “política nacional” de un gobierno cuya función central, reaccionaria, ha sido y es reconstruir, con el apoyo del imperialismo y de la burguesía trasnacionalizada, el régimen político y social de carácter semicolonial que entró en crisis en 2001.
Pero veamos ahora la novedosa “teoría” que pergeña Galasso para defender a Kirchner en el último número (N°4) de “Desafíos”.
¿Qué es la Izquierda Nacional?
Permítasenos una digresión casi filosófica. La realidad política que tenemos delante de los ojos, como toda la realidad empírica, sería ininteligible si no dispusiéramos de un sistema de categorías que nos permita transformar el “caos” en “kosmos”, es decir, el desorden que en principio es el mundo externo, en un orden significativo para la especie humana. Si no dispusiéramos de las categorías de forma y color, por ejemplo, no podríamos distinguir, ante una pelota roja, la redondez (forma), de la “rojez” (color). La necesidad de un sistema de categorías para hacer comprensible la realidad está fuera de discusión. La discusión, en cambio, se produce en torno a cuál es el mejor de esos sistemas.
La izquierda cipaya ha adoptado el sistema de categorías edificado por el liberalismo burgués en Europa durante el siglo XVIII y el XIX. Para comprender la realidad política, distingue un campo “de izquierda”, o “progresista”, de otro campo “de derecha”, o “conservador”. El primero de estos campos vehiculizaría los intereses y aspiraciones de las capas más desprotegidas de la población, en tanto que el campo opuesto expresaría los intereses y aspiraciones de las franjas privilegiadas. Este esquema ideológico, de matriz eurocéntrica, serviría para explicar, por ejemplo, las diferencias que existen hoy entre el partido “popular” y los socialdemócratas en España, o entre republicanos y demócratas en Estados Unidos, o entre laboristas y conservadores en Inglaterra. Pero, ¿sirve para explicar los alineamientos de clase en nuestro país?
Según la izquierda cipaya, sí sirve. Y por eso concluyó, en su momento, que si Perón era militar, como lo era Franco en España, entonces el peronismo era “de derecha”. Y que la “izquierda” debía estar en la vereda de enfrente, junto a las fuerzas “laicas”, “civiles”, “democráticas”, que se oponían a ese conglomerado “clerical”, “militar” y “totalitario” que mediante recursos “demagógicos” y “populistas” movilizaba a los “lúmpenes y marginales”. El mismo esquema, en el siglo anterior, había sido adoptado por Sarmiento y sus amigos de la llamada “generación de 1837”, que habían visto en los doctores afrancesados de Buenos Aires la encarnación de la “civilización” y en las masas harapientas del interior, al rostro de la “barbarie”. Por eso Sarmiento gritó que “no hay que ahorrar sangre de gauchos”, con idéntico fragor al de los socialistas, cuando justificaron en 1955 el asesinato de obreros peronistas sentenciando rencorosamente que “se acabó la leche de la clemencia”.
Estas consecuencias aparentemente paradójicas del esquema izquierda/derecha (heredero del esquema civilización/barbarie del siglo XIX), que colocaban a los socialistas junto a las clases dominantes y a los “nacionalistas” junto a las clases oprimidas, condujeron a la Izquierda Nacional a proponer una auténtica revolución conceptual en el pensamiento político argentino. Apoyándose en los aportes de Marx, Lenin y Trotsky, pero también en el de los nacionalistas populares argentinos o latinoamericanos, como Arturo Jauretche o el peruano Raúl Haya de la Torre, la Izquierda Nacional explicó que la disyuntiva entre la izquierda y la derecha se hallaba sobredeterminada por la línea divisoria entre el campo nacional-popular, de un lado, y el campo liberal-antinacional del otro. El socialismo revolucionario, si no quería convertirse en una mera variante “izquierdista” de un campo de fuerzas de naturaleza objetivamente conservadora (conservadora del orden semicolonial del país y de una estructura social clasista), debía entonces ubicarse en el terreno nacional-popular, donde militaban no sólo la clase obrera, sino también otros sectores con intereses reñidos con los del bloque conservador (la baja clase media, el proletariado rural, sectores del clero y de las fuerzas armadas, la franja más endeble de la burguesía nacional, intelectuales “no orgánicos”, etc).
Tal fue el aporte teórico (y consecuentemente estratégico y táctico) de la Izquierda Nacional a las luchas emancipatorias de nuestro país. En su propia denominación, la Izquierda Nacional explicitaba la “doble categorización” que permitía comprender la realidad social, política e ideológica. De una parte, las fuerzas nacional-populares interesadas en cortar amarras con los centros imperialistas para iniciar un desarrollo “autocentrado”, y de la otra, las fuerzas liberales y antinacionales, partidarias de “integrarse al mundo”, según el eufemismo que emplean para disimular su programa de subordinación al imperialismo (yanqui, europeo o incluso ruso o chino, si fuera el caso). Cada uno de estos campos, con sus respectivas izquierdas y derechas. La Izquierda Nacional, entonces, aparece como la perspectiva de construcción política autónoma en el ala izquierda y radicalizada del campo nacional-popular, a fin de permitir el pleno despliegue de las energías revolucionarias de las masas oprimidas, que los sectores consevadores de este campo tratan de controlar imponiendo una conducción incapaz de trascender los límites del capitalismo.
Sólo desde el sistema de categorías de la Izquierda Nacional puede comprenderse que los “progresistas” argentinos, los del siglo XX y los del XIX, así como los de este siglo XXI, no encarnan el progreso hacia una sociedad libre de explotación social y nacional, sino la conservación de un statu quo donde esos “progresistas” se alternan en el ejercicio del gobierno y de la “oposición” con sus rivales-aliados conservadores (rivales “intrabloque”, pero aliados frente al opuesto bloque nacional-popular). Pero también sólo desde el edificio conceptual de la Izquierda Nacional puede comprenderse que en el campo nacional-popular coexisten intereses sociales potencialmente antagónicos (los del proletariado y los de la burguesía nacional o sus fuerzas subrogantes), y que por ello la pertenencia de los socialistas revolucionarios al campo nacional-popular debe coexistir con la independencia política, ideológica y organizativa.
Cuando Norberto Galasso, desde su presunta identidad de Izquierda Nacional, desembarca en la revista “Desafíos” para caracterizar al gobierno de Kirchner, cabría esperar que desplegara el sistema de categorías expuesto a fin de alumbrar un fenómenos político actual. Pero, insólitamente, Galasso no lo hace. Tampoco renuncia sin más a este esquema, tal como no lo hizo en su momento Ramos, cuando apoyaba a Menem y Cavallo buscando en ellos alguna huella más o menos nacional-popular. Galasso también busca esa huella, y su hallazgo es empírica y teóricamente tan sorprendente como lo fue en su momento el de Ramos.
La teoría galassiana de “los tres campos”
Dice Galasso: “A partir de las últimas elecciones, el Gobierno presidido por Néstor Kirchner viene adoptando importantes medidas que expresan una vocación nacional.”
Llama la atención el uso del lenguaje que hace Galasso. ¿Qué debe entenderse por un gobierno con “vocación nacional”? La “vocación” es una tendencia o inclinación hacia algo que tienen los individuos, no las instituciones. Expresa una subjetividad. Atribuir “vocación nacional” a un gobierno es recurrir a una metáfora, pero ¿con qué propósito? ¿Acaso se trata de una manera un tanto “literaria” de caracterizar al gobierno como nacional (y popular)? Si así fuera, Galasso estaría equivocado, pero al menos estaría expresando con claridad su punto de vista. Pero no. Como veremos, Galasso recurre a las expresiones ambiguas y metafóricas a fin de volver escurridizo el objeto de su reflexión. Esto se llama “deshonestidad intelectual”: se dice algo sin decirlo, se insinúa lo que no se dice, se negará eventualmente lo que se ha insinuado con el argumento de que no se lo ha dicho. En política, es el lenguaje de los oportunistas, no el de los revolucionarios. Por añadidura, la “vocación nacional” del gobierno, es decir, no su naturaleza nacional-popular, sino su tendencia o inclinación hacia lo nacional-popular, estaría expresada por las “importantes medidas” adoptadas después de las últimas elecciones. Dejando a un lado toda consideración sobre las últimas elecciones, en las que el gobierno manipuló los números a fin de construir un respaldo popular inexistente, no se entiende cómo es posible que medidas “importantes” apenas generen una “vocación” nacional. Pero veamos cuáles son esas medidas.
Dice Galasso: “En la Cumbre de Mar del Plata (el gobierno) sostuvo una clara posición soberana. El cambio de ministro de Economía confirmó la misma tendencia [...]. El desendeudamiento con el FMI va ahora en la misma dirección [...]”. Por tanto, concluye Galasso, “esta gestión” (¡esta “gestión”! ¡Es el lenguaje de los tecnócratas centroizquierdistas, y no el de los revolucionarios socialistas!) “muestra a su favor algunas realizaciones de carácter nacional ausentes en las últimas tres décadas”.
Esto es todo lo que Galasso tiene que decir sobre la proclamada “vocación nacional” del gobierno. Lo único concreto que menciona es el pago de 10 mil millones de dólares a los usureros del FMI, al que denomina, en consonancia con el doble discurso oficial, “desendeudamiento”. Tal vez advirtiendo que esto es muy poco como para atribuir “vocación”, y mucho menos naturaleza nacional-popular al gobierno, Galasso afirma que hay en este gobierno “algunas realizaciones de carácter nacional ausentes en las últimas tres décadas”. ¡Pero él mismo desmentirá su propia aserción lineas abajo, como veremos, cuando reivindica “las carajeadas de Grinspun” durante el gobieno de Alfonsín!
En definitiva, la supuesta “vocación nacional” del kirchnerismo es enunciada, pero no fundamentada. Sin embargo, dispensar al gobierno el apelativo “nacional” supondría un error de Galasso respecto de ciertos elementos de juicio. Un error fáctico, diríamos, susceptible de corregirse con el aporte de nuevos datos empíricos. Por ejemplo, recordándole a Galasso que este gobierno mantiene tropas ocupando Haití por orden de Bush, o que sigue los lineamientos norteamericanos respecto de la cruzada imperialista contra Irán, o que progresivamente va anudando acuerdos con los sectores más prostituidos de la burocracia sindical y de la partidocracia, o que mantiene en pié todo el edificio económico del menemismo, o que ha batido récords en la depresión de los salarios y las jubilaciones. Todo esto podría recordársele a Galasso, si no fuera porque lo más importante de su artículo reside en otra parte: en la novedosa “teoría” que construye para justificar su apoyo a Kirchner. Veamos.
Tras preguntarse si esas invisibles “importantes medidas” del kirchnerismo “son suficientes para poner nuevamente en juego la palabra antiimperialismo”, Galasso responde nuevamente de manera ambigua enunciando su novedosa tesis. Préstese atención, porque estamos ante una ruptura abierta con las tesis del socialismo de la Izquierda Nacional a las que Galasso dice adherirg:
“Quizás también nos ayude a dilucidar esta cuestión —dice Galasso— si, recurriendo no sólo a la teoría política sino especialmente a la experiencia histórica, distinguimos entre política nacional y política antiimperialista o de Liberación Nacional”.
Dejemos que el propio Galasso nos aclare el alcance de esta pretendida sofisticación conceptual. ¿Qué es esa “política nacional” diferente de la “política antiimperialista o de liberación nacional”? Dice: “podemos identificar en nuestro pasado diversas expresiones de política nacional que, sin embargo, no avanzaron en el quiebre de las relaciones de dpendencia”.
Como el lector ya habrá observado, Galasso no define conceptual o teóricamente esta “política nacional”, sino que menciona una de sus características concomitantes: “en el pasado no avanzaron hacia el quiebre de las relaciones de dependencia”. Es realmente difícil imaginar una política “nacional” que no avance hacia el quiebre de las relaciones de dependencia. Uno no puede menos que preguntarse qué tendría entonces tal política de “nacional”. Pero tal vez los ejemplos de “política nacional” que ofrece Galasso ayuden a entender este rompecabezas lógico y semántico en el que nos introducen la prosa imprecisa y las ideas confusas.
Aquí van los ejemplos de tal “política nacional” que ofrece Galasso:
- “la posición firme con que el ministro Pugliese, en tiempos de Illia, enfrentaba las presiones del FMI.”
- “las carajeadas de Grinspun al representante del Fondo bajo el gobierno de Alfonsín”.
- “la devolución de los sindicatos a los trabajadores y la apertura de compuertas electorales al peronismo por Frondizi”.
Como Galasso ha dicho que las precedentes medidas son “nacionales” (por tanto, positivas), pero que al mismo tiempo “no avanzaron hacia el quiebre de las relaciones de dependencia” (por tanto, negativas), nos eximiremos de considerarlas. Cualquiera sea la evaluación que se haga de ellas, Galasso podría refutarla. Son las ventajas que proporciona tanto el uso deliberadamente ambiguo del lenguaje como la inclusión de enunciados incompatibles en un mismo discurso (¿o no es incompatible sostener que una medida es nacional pero no avanza hacia la quiebra de la dependencia?). De todos modos, esto no tiene mayor importancia, puesto que al fin y al cabo, lo que Galasso estaría diciendo es que cualquier gobierno en cualquier época y lugar, independientemente de su naturaleza, puede adoptar medidas positivas o negativas. Se trata, sin dudas, de una genial observación que ya en su momento habían utilizado los stalinistas criollos para justificar el pasaje del apoyo a la crítica respecto de cualquier gobierno de turno, disimulando así que la verdadera razón del cambio estaba en otra parte: en las directivas de Moscú. Lo que sí tiene importancia, en cambio, son las consecuencias políticas que saca Galasso.
“En los tres casos citados (Illia, Frondizi y Alfonsín) [...] los trabajadores y la clase media popular, si bien no consideraron a esos presidentes como enemigos, como en los casos de Onganía y de Videla, tampoco los reconocieron como amigos”.
¡Hemos llegado por fin al núcleo mismo del pensamiento de Galasso!. El esquema conceptual de la Izquierda Nacional, que distingue el campo nacional y popular del campo demoliberal y antinacional, acaba de ser corregido del siguiente modo:
- hay un campo nacional-popular (el de Perón e Yrigoyen)
- hay un campo antinacional y antipopular (el de Onganía y Videla)
- hay un campo intermedio, “ni amigo ni enemigo” de “la clase obrera y la clase media popular”, es decir, de las bases sociales del campo nacional-popular. Este campo adopta medidas “nacionales” que no “quiebran la dependencia”.
Son muchas las preguntas que genera el esquema conceptual que Galasso contrapone al de la Izquierda Nacional. He aquí algunas de ellas:
- ¿Cuál es la naturaleza de clase del campo intermedio? Al definirlo como “ni amigo ni enemigo”, Galasso está reconociendo que ese campo no es el de la clase obrera y la pequeñaburguesía plebeya que alimentan el campo nacional, pero tampoco el de las clases dominantes y la pequeñaburguesía próspera, que alimentan el campo antinacional.
- Siendo coherente con su propia caracterización, ¿no debería Galasso reconocer la existencia de una “política nacional” en los regímenes que identifica como antinacionales o “enemigos”? ¿Acaso el gobierno de Videla no tuvo cortocircuitos con el imperialismo yanqui? ¿Acaso la reconquista de Malvinas no despertó la oposición de las clases dominantes? (Entre paréntesis: ¿comparte Galasso la caracterización de la Guerra de Malvinas efectuado por la Izquierda Nacional, o la juzga una “aventura irresponsable”?
- ¿Es sólo una casualidad que la distinción que Galasso formula entre Illia y Alfonsín por un lado, y Videla y Onganía por el otro, coincida con que los primeros son “civiles” y los segundos militares? En cualquier caso, si pertenecen al “campo intermedio” aquellos gobiernos a los que los trabajadores no reconocen como “amigos ni enemigos”, ¿dónde habría que colocar al menemismo?
Pero detengámonos acá y examinemos las implicancias estratégicas y tácticas que tiene la tesis del “campo intermedio” elucubrada por Galasso.
El edificio conceptual de Galasso cumple una función precisa: ya que sería difícil, si no imposible, defender al gobierno kirchnerista considerándolo expresión del campo nacional y popular, es decir, antiimperialista, se lo intenta defender ubicándolo en un supuesto campo intermedio, el de los “ni amigos ni enemigos”. En la medida que este campo adopta supuestas “medidas nacionales” (que, sin embargo, no llegan a “quebrar la dependencia”), se concluye en que hay que apoyar a Kirchner. El propio Galasso explicita esta conclusión: “Sin exagerar las analogías —dice— entendemos que esas experiencias (las de Frondizi, Illia y Alfonsín) dejan enseñanzas fructíferas. Por ejemplo, que ante algunas medidas nacionales adoptadas por el gobierno, aparece la reacción beligerante de diversos sectores del espectro político”.
Galasso se refiere al hecho de que las clases dominantes suelen criticar las “medidas nacionales” de estos gobiernos “ni amigos ni enemigos”. Y, como se observa a continuación, que las clases dominantes critiquen una política puntual del gobierno determinaría para Galasso no sólo la necesidad de apoyar esa política puntual, sino... ¡de brindar un apoyo global al gobierno! Galasso expone esta línea política bajo la forma de una crítica a la “fragmentada izquierda argentina”, que, según dice, “convierte al gobierno en enemigo principal y contra él lanza su artillería. En vez de colocarse en su misma vereda y presionarlo para que profundice esas medidas positivas, lo repudia totalmente. Una vez más, confunde al posible aliado con el enemigo principal y entonces imprevistamente se encuentra en la misma vereda de los amigos del imperialismo”. Como Galasso trazó antes una analogía entre Kirchner y Alfonsín o Illia, debe inferirse entonces que si hoy corresponde apoyar al kirchnerismo, ayer hubiera correspondido apoyar al alfonsinismo, o al gobierno gorila y fraudulento de Illia. La propuesta de Galasso es notable por lo ajena que resulta a la Izquierda Nacional. No propone apoyar, en forma crítica e independiente, a los gobiernos del campo nacional-popular, como hizo el FIP con Perón, sino “colocarse en la misma vereda” que un gobierno “ni amigo ni enemigo” de las masas populares.
Pero el socialismo revolucionario de la Izquierda Nacional, por supuesto, no apoyó ni a Illia ni a Alfonsín, cuyos gobiernos no han surgido de un inverosímil campo intermedio, “ni amigo ni enemigo”, de las masas oprimidas, sino que han sido expresiones decididamente antinacionales y antipopulares decididas a colocar de rodillas a la Argentina ante los grandes centros de poder mundial. ¿Por qué debería entonces apoyar la Izquierda Nacional a Kirchner, que tanto se les parece, según admite Galasso? ¿Acaso porque este gobierno está dispuesto a cedernos un espacio para que desarrollemos algún curso sobre la historia argentina del siglo pasado? ¡A otro perro con ese hueso! No somos profesores de historia, sino políticos revolucionarios.
Las masas explotadas no necesitan que la Izquierda Nacional les cuente lo que pasó el 17 de octubre de 1945. Necesitan una Izquierda Nacional combatiente, militante, que les ayude a preparar un nuevo y definitivo 17 de octubre en el siglo XXI, para acabar así con el régimen partidocrático semicolonial, a cuyo salvataje fue convocado el kirchnerismo, y abrir el curso a la emancipación nacional y social.
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