Finalmente, para orgullo del oficialismo y del capital imperialista y trasnacionalizado, la Argentina K parece haber alcanzado aquella vieja ilusión menemista de “reinsertarse en el mundo”.
Mientras canalizaba su vocación sibarita visitando hoteles europeos y yanquis, Cristina se sometía al examen que exigen ante cada coyuntura electoral los sectores claves del imperialismo europeo y norteamericano.
Mal, obviamente, no le ha ido. Como protagonista del régimen partidocrático que con su pareja ha logrado reconstruir, ha coronado su lamentable trayectoria política al servicio del imperialismo con un postgrado en social democracia neodesarrollista.
Se equivoca usted si considera que las plastificadas dotes estéticas son la causa de la atención que la candidata ha logrado atraer. No, la candidata ha establecido claramente en cada una de sus exposiciones cuál es el horizonte estratégico de su futuro gobierno.
¿Cómo decirlo…? Música para los oídos de la hipocresía imperialista. Tras sus macaneos ilustrados ha dejado en claro que la prioridad excluyente del futuro gobierno será la búsqueda de nuevas inversiones extranjeras.
“Venimos a ofrecerles la Argentina, garantizándoles que la rentabilidad no es un pecado”. Las palabras textuales de la candidata no sorprendieron a los representantes del gran capital global, aunque descolocaron una vez más a los seguidores “nacional-populares” del gobierno entreguista, destinados a sumergirse, aún más, en la enajenación intelectual, política y moral.
Es que la unilateralidad pro-imperialista de las peroratas sobre inversiones extranjeras, capitalismo humano e inclusión social de Cristina hacen prever un definido giro discursivo en los planteos oficialistas.
La necesidad de tratar “tate a tate” con los representantes imperialistas licuaron todo el margen de maniobras discursivo con que cuenta su marido en la política doméstica. Lejos de los dobles sentidos y las ambigüedades izquierdistas y pseudo peronizadas de su marido, la candidata debió definir sin rodeos el auténtico carácter de “el cambio que recién comienza”. Estableció claramente el compromiso oficialista de garantizar la continua violación de la soberanía popular afianzando el andamiaje estatal de la entrega.
Es que la hora de gracia del kirchnerismo ha comenzado a agotarse. Después del colapso al que están condenadas cíclicamente, las semicolonias alternan etapas de reactivación económica y financiera de escaso vuelo con estancamientos progresivos recurrentes que plantean un desafío inabordable para los voceros pequeño burgueses de la gran burguesía exportadora: liberación o dependencia.
Fuera de la coyuntura de reactivación generalizada que signó el gobierno de su marido, Cristina verá cómo los límites estructurales del sistema periférico y dependiente argentino le impiden ampliar sus bases sociales de sustentación partidocrática. Para suplantarla, se dispone a rematar sin más los recursos estratégicos de la Argentina y el trabajo nacional para afianzar el “modelo K” bajo la pintoresca calificación de un “pacto social” al servicio del imperialismo.
Mientras su marido alineaba objetivamente a nuestro país contra el eje del mal iraní y la amenaza terrorista de Hezbollah, sin dejar de fingir ciertas críticas a la actual administración republicana de los EE.UU., Cristina peleaba cada centímetro de la agenda demócrata norteamericana para obtener la ansiada foto junto a Hillary y Bill. Los íconos del imperialismo “democrático” yanqui desnudaron los extremos de frivolidad y tilinguería a que puede llegar el progresismo nativo.
En Mendoza, mientras tanto, la dirección de estadísticas pedía explicaciones al INDEC por haber fracturado la inflación provincial a menos de la mitad.
El candidato a vicepresidente y actual gobernador, hastiado por los escándalos de corrupción, las luchas de estatales y docentes, y frente a la ausencia de la pareja presidencial y la imposibilidad de escuchar consejo, optó directamente por recluirse y esconderse hasta recibir órdenes. Mientras refunfuñaba su expulsión de la UCR a manos del… ¡¡¡comité de ética!!! del fantasmagórico partido, el sumiso perrito faldero de la pareja presidencial elevó el tono y asumiendo como propia la farsa contestataria kirchnerista definió tajante: “…nunca creí que las pertenencias ideológicas pudieran ser definidas por un grupo de burócratas”.
Que un burócrata practicón y recalcitrante como Cobos denuncie a la burocracia parece la definitiva recomposición de aquel régimen falaz y descreído que enfrentaba el viejo y olvidado Hipólito Irigoyen.
Es que las huestes publicitarias y mercadotécnicas que manejan la campaña oficialista, los mismos equipos que hicieron la campaña de La Alianza delarruista, le han exigido al candidato a vicepresidente un “restailing” que de alguna manera lo impregne del hedor postmoderno que rodea al entorno de la futura presidenta. En ese marco, Cobos no logra disimular una patética metáfora que empieza a molestarle: la de un antipersonalista de poncho y chiripá que con un manual de tercera vía para principiantes bajo el brazo intenta mostrarse junto a la candidata como referente de la “nueva política”. Sonríe, sin embargo, cada vez que lo interrumpe el murmullo de una vieja canción que corea “combatiendo al capital”. Sabe, como sus jefes políticos y la estructura clientelar bonaerense que lo chicanea con la marchita, que la farsa partidocrática concertacionista tiene garantizada, al menos por ahora, la victoria electoral.
La entrega maquillada, la coquetería cipaya y la impostura rebelde de los burócratas conservadores correrán espantadas cuando las mayorías populares encuentren el camino para terminar con el régimen de la entrega y la miseria que la crisis del 2001 jaqueó, pero no logró desterrar de las estructuras económicas y políticas argentinas.