“La guerra de la revolución argentina ha sido doble:
El romanticismo alcanzó un fuerte impulso en el Río de la Plata a partir del regreso de Esteban de Echevarría. Trajo de Europa un difuso bagaje de ideas poco uniforme, lo que era característico en un movimiento laxo, pleno de matices diferenciados. De inmediato la predica encontró militantes entusiastas en Buenos Aires y en Montevideo, pero lentamente se fueron sumando los adeptos en algunas ciudades del interior. En el grupo sanjuanino el joven Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) hizo sus primeras armas en las lides de las tesis y las letras, de la historia y la política.
En estos reductos convivían tensamente Byron con Saint Simón, Leroux con Herder, Tocqueville con Fourrier, es decir, expresiones del romanticismo retrógrado y del romanticismo utópico, nostálgicos del antiguo régimen con apologistas de la revolución francesa y con quienes pretendían extender la igualdad jurídica a la dramática social. El mismo Echeverría se preocupó por dotar a la corriente de una coherencia elemental con el Credo (1838) en una instancia inicial y con el Dogma socialista (1846) para evitar después la agudización de las desviaciones.
Excediendo las cuestiones estéticas y literarias, el movimiento procuraba presentarse como una variante diferente y, a la vez, superadora del acendrado antagonismo existente entre los unitarios y los federales, entre el iluminismo abstracto y el historicismo dogmático que, en la arena política, encarnaban las figuras de Bernardino Rivadavia y Juan Manuel de Rosas. Veían en el período de dominación hispánica una era de profundo oscurantismo y encontraban en el proceso revolucionario de 1810 la claridad liberadora. Si se había transitado de la anarquía de la tiranía, creían llegada la hora de construir la prosperidad distintiva del mundo civilizado, sin apartarse de las pautas emergentes de la propia originalidad nacional.
Sarmiento, con una formación autodidáctica de inquietas lecturas dispersas y heteroclíticas, compartía los grandes lineamientos de la Asociación de Mano echevarríana. Con superiores preocupaciones políticas que doctrinarias, rehuía las honduras teóricas del romanticismo prefiriendo buscar fórmulas concretas que permitiesen un rápido logro de adhesiones en la lucha contra la dictadura rosista, lid que consideraba decisiva para la concreción de un futuro diferente.
.Avatares provinciales originaron su segundo retiro a Chile (1840), país en el que permaneció más de una década. Allí se formará como periodista y ensayista, dejando una abundante producción dispersa en una quincena de periódicos y una docena de libros, entre ellos el famoso Facundo (como siempre prefirió nombrarlo).
Apresurado por la llegada a Chile de una comitiva enviada por Rosas para contrarrestar la acción de sus críticos, hizo publicar desde mayo de 1845 un folletín en el diario El Progreso, que después – en julio de ese mismo año – fue dado a conocer como libro por la imprenta de ese periódico. Los textos que lo integraban, escritos con el fragor de la contienda, lucían una prosa exaltada y contundente. Estaban organizados en quince capítulos donde se distinguían tres partes. La primera relacionaba la figura protagónica con el medio geográfico. La segunda —comprensiva de los capítulos quinto al decimotercero— refería la vida privada y publica de Facundo Quiroga en la coyuntura provincial y nacional. La tercera contenía el programa de gobierno para que el país pudiese encontrar la senda del progreso
La organización tripartita de la obra le hizo suponer al critico literario Jaime Rest la adopción de un planteo dialéctico hegeliano. Siguiendo a Walter Scott se habría preocupado en realizar una novela histórica con un plano introductorio denotativo de la realidad comunitaria, otro plano ficticio dominado por los personajes protagónicos y un último plano proyectado hacia el futuro. En tal sentido afirma: “Que no fue casualidad, que se debió a un intento deliberado de estructuración dialéctica según el modelo de Scott, es posible comprobarlo en la mera lectura del índice de Facundo que anunciaba una tesis, una antitesis y una síntesis: la primera parte presenta el fondo histórico, la segunda proporciona la evocación del protagonista, la tercera ofrece las conclusiones resultantes y sus consecuencias futuras. Pero la intención de Sarmiento no es novelesca, como en Scott; su tarea excede la pura anécdota: Facundo es un intento —es decir, un ensayo— de aplicar criterios científicos a la interpretación de la realidad.”[1]
Sin embargo, en la estructura conceptual sarmientina se enfatiza el antagonismo rotundo de los contrarios sin procurar siquiera el esbozo de una síntesis superadora. La parte final contiene el programa que no ha de fundar una sociedad diferente, elevada sobre los opuestos de la barbarie (naturaleza) y de la civilización (historia), sino que especifica el plan político y económico en virtud de la cual la segunda categoría (el progreso) podrá terminar con la primera (atraso). Todo se da en un marco de extremo determinismo: así como las campañas engendraban la barbarie y las ciudades la civilización, inexorablemente el siglo XIX se impondrá sobre el siglo XII: la victoria de la sociedad avanzada sobre la atrasada será incontenible. Este proceso, guiado por rígidas reglas como advierte el propio Rest, se aproxima a las concepciones positivistas y toma distancia de preceptos iluministas, historicistas y románticos reinantes entre la intelectualidad rioplatense.
Continuando con los desenfoques interpretativos, más recientemente la socióloga Maristela Svampa realizó una lectura que no se constriñe a la disyuntiva civilización o barbarie, para asignarle una dimensión que, sin eludir los códigos de exclusión, posibilitaría vislumbrar una integración de los polos en un futuro inmediato: “Pero solamente una lectura unidimensional del Facundo, puede concluir, antes de analizar, en la extrema simplificación de la imagen Civilización / Barbarie, para reducirla a un supuesto núcleo duro que expresaría la exclusión tout court de uno de sus ejes. Nada más extraño a la involuntaria sinuosidad que nos descubre la lectura del libro a través del despliegue histórico de la imagen, puesto que no hay que olvidar que a pesar de las motivaciones políticas del autor, el libro constituye, después de todo, una tentativa de explicación (dejemos por un instante el determinismo de lado) de la historia social y política de la Argentina, aún si ella es realizada a partir de dos personalidades claves de la vida argentina: Facundo y Rosas, las dos encarnaciones más netas de la barbarie.“[2]
De este modo la intérprete hace predominar la intención pedagógica develativa del autor por sobre el afán político debelativo que en realidad constituyó su móvil decisivo. Porque Sarmiento no deseaba la coexistencia de los ejes antagónico. Más aún, pensaba que ello era imposible. Por el contrario, procuraba la imposición plena de la civilización sobre la barbarie que creía, además, un resultado inevitable sin dejar nunca de lado el determinismo.
¿Biografía o novela?, ¿periodismo o tratado?, ¿historia o política?, ¿sociología o literatura?. La taxonomía de los géneros, aun imprecisa en la actualidad, es posterior a este trabajo sarmientino poseedor de un contenido múltiple que permite concebirlo como varias cosas a la vez, sin ser ninguna de ellas en exclusividad. De todos modos, su condición de ensayo, con la peculiar simbiosis entre el discurso científico y el literario, supera a las restantes. El riesgo y la aproximación en la tesis, la expresión estética encendida para la defensa de una determinada conceptualizacion, la adhesión acalorada a ciertas posiciones rotundas ratifican la caracterización que prevalece en la variedad de los textos. Precursora en su genero, esta obra inicia el camino de los ensayos interpretativos de la realidad nacional, con posicionamiento político y pretensiones sociológicas.
Cuando Sarmiento comienza a describir el país en el cual vivió Facundo Quiroga, se ve precisado a referirse a la pampa que no conocía y a un tipo de costumbres de la que poco sabia. Para ello se apoyó en su rica imaginación y en su inefable sagacidad descriptiva. También recurrió a referencias tan diversas como imprecisas que se permitió presentar con frecuentes metáforas y comparaciones trazadas con punzante pluma. Trata de un territorio vastísimo dominado por el desierto que constituía una severa preocupación compartida por los intelectuales de su generación. Consistiendo su configuración en el resultado lamentable de una relación deficiente entre la población y la superficie, a diferencia de Alberdi que pretendió animarla con la llegada de inmigrantes, arribó a una conclusión inversa: el mal mayor radica en la extensión territorial.
En este inmenso espacio distingue la ciudades de las campañas, porque en las primeras anida la preciada civilización y en las segundas se instaura la despreciable barbarie. Son dos sociedades, más que diferentes, opuestas que colisionan fuertemente: una europea, culta y progresista y la otra americana, analfabeta y retrograda. Aquella pertenece al ámbito de la cultura mientras que esta se encuentra sumida en la orbita de la naturaleza. El esquema básico trazado no resulta geográficamente del todo tajante pues, por ejemplo, los Estados Unidos se ubican en la avanzada mientras que España pertenece en el atraso.
Ese enfoque nodal que explica su realidad presente, tambien le sirve para entender el pasado. En los islotes ciudadanos se expandió la revolución de 1810 luchando contra la resistencia pertinaz de las campañas que nunca llegaron a comprenderla. En un primer termino el liberalismo se impuso sobre las formas absolutistas hispánicas. Pero después, desde la llanuras, emergieron las expresiones salvajes que lograron doblegar a las urbes cultas. De esta manera se desató la guerra que comenzó en mayo de 1810 y que en 1845 todavía no había terminado. Por eso el caudillismo es el enemigo supremo de un país que pretende superarse y contra él se dirige cada pagina del Facundo.
Entrando en la segunda parte queda presentada la existencia privada del personaje (capitulo V) y su actuación publica (capitulo VI) a través de cuentos y rumores, anécdotas y leyendas. Es aquí donde Noé Jitrik ve aparecer una imagen distinta y sosegada de Facundo, dotada de caracteres casi humanos, como una sombra menos terrible que la pintada en el inicio del libro: “No tan gradualmente como podría suponerse, Facundo empieza a ser tratado por Sarmiento de manera diferente, sin tanta aversión. No es que desaparezcan sus antiguos rasgos, ni que Sarmiento se olvide del complejo sistema de determinantes y consecuencias de que se valió para explicar el caudillo. Ahora emerge el Facundo humanizado, matizado, y aun, por que no, revalorizado. Sobre todo aparece de esta nueva manera por el contraste con Rosas, pero también en relación con hechos políticos concretos frente a los cuales la antigua ferocidad instintiva se atenúa para dar paso a una estructura mental y moral preciable. En suma, esta segunda imagen de Facundo se erige en rasgos tan diferenciales que termina por oponerse, en la conciencia del lector, a la primera que tan coherentemente se había construido e instalado.”[3]
El comentarista atribuye el cambio al planteo de una puja entre Buenos Aires y el interior que en el ensayo se realiza en forma subterránea, en términos apenas expresados. Se trata de algo que queda dicho soterradamente, sólo perceptible mediante la lectura profunda que el crítico propone. De esa forma resultaría denunciado el grupo saladeril y terrateniente bonaerense que medra con la postración de las provincias. Por esta vía Jitrik se aproxima más al libro que deseó que Sarmiento hubiese escrito, que al efectivamente gestado por el sanjuanino. Esta a la vista de cualquier lector que el cambio en la imagen de Facundo emerge de la necesidad de presentar a un ser más despreciable que el riojano: Rosas, verdadero heredero que lo perdura y empeora. Por su monstruosidad extrema, este personaje viene en el contraste a otorgarle a Quiroga cierta fisonomía benévola. Estamos ahora frente a una maldad fría (no instintiva), una espuria crueldad sistemática (no ocasional), un caudillo inculto que proviene de la culta Buenos Aires.
Sarmiento no intenta explicación alguna para hacerle entender al lector de qué modo la gran ciudad ha venido a engendrar un jefe más terrible que el salido de los llanos. Su inteligencia capaz de la premeditación minuciosa, su aptitud para el cálculo de la acción insospechada termina posibilitando el diseño de un plan tan siniestro como metódico. Esas dotes racionales le han permitido convertir la irracional ferocidad de la montonera artiguista en un mecanismo del terrorismo legal que estabiliza y perpetua el régimen.
Una vez más el desarrollo de los acontecimientos históricos impulsa al autor a alterar el esquemático antagonismo que postulara, a enrevesarlo hasta llegar a su inversión. En 1810 la ciudad progresista de Buenos Aires se había impuesto a la cordobesa donde anidaba la formación española retardataria. Pero la victoria de José Maria Paz sobre Facundo, el gaucho malo, trastoca bruscamente los extremos. En la batalla de La Tablada, el líder urbano y general a la europea se ha impuesto a la montonera que dirige el caudillo americano, hecho a partir del cual la ciudad mediterránea deja de representar lo retrogrado para encarnar la pujanza de la civilización. Mientras tanto el Buenos Aires rosista – que fuera la ciudad europea por autonomasia – pasa a simbolizar el atraso de la barbarie. El móvil político de Sarmiento lo obliga a modificar el enfoque básico, sobre todo partir del asesinato de Barranca Yaco. La finalidad propagandística desplaza una vez más al afán demostrativo, tal como lo reconoce el destacado sarmientista Enrique Anderson Imbert: “Como quiera que sea en este capitulo —famoso por el relato del asesinato de Facundo Quiroga— se confirma que en verdad todo el libro está escrito contra Rosas. Es capaz de salvar a Facundo con tal de hundir a Rosas”.[4]
Al entrar en la tercera parte del ensayo, Sarmiento advierte que el “asesinato oficial” de Barranca Yaco “no pone término al sangriento drama argentino”. Ahora se impone eliminar a Rosas, a pesar de que nunca haya habido un “gobierno más popular”. Para el logro de esta horrible unanimidad fue necesario generar una atmósfera de terror en la que hasta el mero indiferente era considerado un enemigo. Con ese objeto la Mazorca cumplió una misión fundamental y despiadada en virtud de la cual el país vino a quedar en manos de un tirano educado en la tradición de la Inquisición primitiva y retrograda.
En el último capitulo el autor se queja de la ignorancia europea sobre sus propios intereses en América. Los auténticos civilizados residentes en Montevideo, tanto unitarios como los lomos negros, rosistas arrepentidos y la nueva generación del Salón Literario, superando estrechos nacionalismos, supieron apoyar el bloque francés. Pero el acuerdo Mackau–Arana no sólo sirvió para consolidar a Rosas sino que además desbarató el intento de Lavalle (“era preciso que desencadenamiento semejante nos hubiese hecho conocer la Francia poder, la Francia gobierno, muy distinta de la Francia ideal y bella, generosa y cosmopolita, que tanta sangre ha derramado por la libertad, y que sus libros, sus filósofos, sus revistas nos hacían amar desde 1810”). Una vez más Sarmiento se contradice: la civilización francesa se pone al servicio de la causa sudamericana en la aberrante expresión del régimen rosista. También los ingleses se equivocan amparando gestiones de atraso (“Quiere la Inglaterra consumidores, cualquiera que el gobierno de un país sea?. Pero, ¿qué han de consumir seiscientos mil gauchos pobres, sin industria, como sin necesidades, bajo un gobierno que, extinguiendo las costumbres y gustos europeos, disminuye, necesariamente, el consumo de productos europeos?”). No sabe Sarmiento con certeza si lo que pretende la cúpula británica es impedir en el sur del continente la conformación de un estado de avanzada como el que ella supo impulsar en el norte americano.
En definitiva, en el apasionado texto ensayístico, la barbarie contra la que lucha no es más que el resultado de un determinismo geográfico, pero ella podrá ser vencida por el imperio de otro fatalismo: el ineluctable triunfo del progreso civilizatorio (“la inteligencia vence a la materia; el arte al número”). Predice que, después de la inevitable victoria sobre Rosas, llegará la hora de la reconstrucción nacional basada en la educación publica, la inmigración europea y el progreso tecnoeconómico. Nuestra grandeza —continuando con Sarmiento— esta en la pampa pastora, en las producciones tropicales del norte y en el sistema de ríos navegables (“por otra parte los españoles no somos ni navegantes ni industriosos, y la Europa nos proveerá por largo siglos de sus artefactos, en cambio de nuestras materias primas; y ella y nosotros ganaremos con el cambio: la Europa nos podrá el remo en la mano y nos remolcará río arriba, hasta que hayamos adquirido el gusto de la navegación”). De esa forma al modelo interpretativo del pasado y de la actualidad le agrega un programa de acción para que uno de los polos termine con la presencia del otro. Esa hermenéutica sirve para entender la propia vida del autor dedicada a bregar contra las miserias del atraso y el oprobio de la tiranía. La corriente que impulsa hacia el progreso y la libertad habría conducido su propia existencia personal, conforme lo sostiene en los datos autobiográficos contenidos tanto en el ensayo como en las memorias plasmadas de Mi defensa (1843) y en Recuerdos de provincia (1850). En ultima instancia, las fuerzas telúricas que habían engendrado a Facundo no eran muy distintas de aquellas que a él lo habían influido. Más aún, un lejano parentesco los vinculaba (“nuestras sangres son afines”). Pero en su caso —Jactancia presente— una estirpe moral, característica de los grandes hombres como Rivadavia y Paz, marcó la disyuntiva en la cual radica el drama y también la esperanza de los argentinos.
Como puede apreciarse, el esquema hermenéutico de clave única del Facundo a lo largo del ensayo va girando más allá de admisibles elasticidades. La destreza literaria no alcanza para simular las marchas y contramarchas, contradicciones y entrecruzamientos que no pudieron pasarle inadvertidos. La estructura hegeliana de Rest, la lectura compleja de Svampa y la lectura profunda de Jitrik resultan ineficientes para encontrar una congruencia sistemática en el errático ensayo sarmientino.
Las ciudades no eran tan civilizadas ni las campañas tan bárbaras. No se trataba de una pugna crucial entre el progreso y el atraso sino de la difícil construcción de un país aprovechando la descomposición imperial española, en medio de un proceso de fragmentación continental que lo ponía a expensas del colonialismo de las potencias. Hasta los mayores apologistas de Sarmiento lo reconocen “Tomando al pie de la letra —sostiene Alberto Palcos— la teoría de Facundo no resiste el embate de la critica. Es abusivo sostener que las ciudades están separadas de la campaña por varios siglos. Conviven. Una atmósfera común las envuelve. Mutuamente se influyen. Es artificioso, de todo artificio, afirmar que en un país está adelantado en los centros urbanos y sumido en la mayor barbarie en el campo. Ciudades y campañas hablan del progreso o atraso de un pueblo”.[5] La elaboración intelectual evidencia una definición política dotada de un neto contenido beligerante. Al respecto Juan Bautista Alberdi había sido lapidario: “Hay una barbarie letrada mil veces más desastrosa para la civilización verdadera, que la de todos los salvajes de América desierta”.
Sarmiento nunca se apiadó de la turba enemiga. Pese a ello Tulio Halperin Donghi también ha querido atemperar la fiereza del Facundo argumentando que, en su momento, el libro fue criticado duramente por su condescendencia con el biografiado. Afirmó que el concepto de barbarie tiene en la obra más alcances que los comúnmente supuestos: “Vico había revelado en la barbarie todo un mundo regido por leyes distintas de las que gobernaban el mundo moderno; un mundo en el cual época, magia, mito hacían las veces de historia, de ciencia, de filosofía... No hay tan sólo repulsa en la actitud de Sarmiento ante la barbarie, no es tan sólo injuriar al enemigo muerto sino precisamente para entenderlo. Y así la imagen que Sarmiento dio de Facundo parece hoy a algunos en exceso tenebrosa, en su tiempo se le reprochó más bien una excesiva complacencia, se llamó a su autor Plutarco de los bandidos. Pero tampoco esa censura es justa. Sarmiento no quiso, desde luego, reflejar el curso de una carretera de crímenes; mucho menos buscó narrar una vida ejemplar. Todo juicio moral sobre la persona de Facundo Quiroga ha sido cuidadosamente dejado de lado ¿Facundo se salva o se pierde? ¡Que importa! Lo que se pide de él es un testimonio sobre los modos de sentir y de vivir que lo han hecho posible, que en él se reconocen. Para alcanzar este nuevo punto de vista debía Sarmiento realizar un intenso esfuerzo de educación; un esfuerzo por otra parte, muy felizmente logrado para advertir cuan felizmente sería preciso comparar al Facundo con toda una vasta literatura denigratoria, hoy olvidada, en que se complacían los emigrados. Con todo eso tiene Facundo muy poco de común”.[6]
Se ha dicho con suficiente razón que son varios los objetivos que se propuso Sarmiento en este ensayo. Para la generalidad de sus analistas el libro no se agota en la biografía del caudillo riojano. Trató además de proporcionar una explicación de la sociedad nacional, contribuir a la lucha tendiente a derrocar a Rosas y batallar por la instauración de una nueva sociedad. Esta última pretensión es la decisiva y las anteriores resultan instrumentales de ella: tanto la descripción del conflicto como la determinación del enemigo supremo. El modo de obtener esa meta final expresa el afán dominante, pues el autor sólo concibe su logro mediante la guerra de exterminio. (“Como todas las guerras civiles en que profundas desemejanzas de educación, creencias y objetivos dividen a los partidos, la guerra interior de la republica Argentina ha sido larga y obstinada hasta que uno de los elementos ha vencido”; “Y no hay que alucinarse: el terror es un medio de gobierno que produce mayores resultados que el patriotismo y la espontaneidad. La Rusia lo ejercita desde los tiempos de Iván y ha conquistado todos los pueblos bárbaros”; “costumbres de este género requieren medios vigorosos de represión y para reprimir desalmados se necesitan jueces más desalmados aún”)
Esta impiedad no surge exclusivamente del Facundo sino del conjunto de la obra de autor y del su posicionamiento en cada una de las instancias decisivas de su trayectoria política. Fue paladín entre los que se caracterizaron por propiciar la mayor dureza contra los facinerosos oponentes. El reclamo formulado a Mitre de “no economizar sangre de gauchos” tras la batalla de Pavón y la celebración del asesinato de Peñaloza “precisamente por su forma”, no por repetidos dejan de ser elocuentes ejemplos de sus impulsos tan lejanos de la mirada equilibrada y de la neutralidad ética que cree encontrar Halperin Donghi. Sarmiento alentó y aplaudió la eliminación de los gauchos que llevó a cabo Mitre, actuando de igual sentido represivo como gobernador sanjuanino. No se trataba de procurar acuerdos ni de atenuar discordias. Movilizados por el odio, contra el vencido correspondía aplicar “cuchillo y bala” en la magna ejecución civilizadora. Con la “chusma” también se mostró partidario de evitar procedimientos intermedios de prolongada aplicación y magros resultados eliminatorios. Lo dijo claramente A. J. Pérez Amuchástegui:”Fuerzas ideológicas y presiones políticas impusieron la línea dura de la eliminación masiva del paisanaje. El primer pretexto fue la represión pacificadora, luego reclutamientos forzosos para la guerra contra el Paraguay; por ultimo los contingentes de vagos y malentretenidos condenados a morir en la frontera”.[7] Si los negros dóciles murieron en campos de batalla por la independencia o por los enfrentamientos interiores, los indios díscolos no tuvieron mejor surte: en la Campaña del Desierto resultaron eliminados con los fusiles Remington que había comenzado a comprar el presidente Sarmiento.
No es verdad que el libro alcanzara resonancia en Europa, como después sostuviera su autor. Lanzado desde el exterior al campo de la lucha política local, destinado a convencer más que a demostrar, obtuvo escasa circulación en el país y cierto impacto entre los exiliados en Montevideo. El propio Sarmiento se ocupó de su segunda edición ante la inminencia de la caída de Rosas (1851), como trampolín de sus aspiraciones personales. Para ese entonces ya había abandonado las ideas centrales del ensayo como surge claramente de su libro Viajes (1849) y de Argirópolis (1850), el primero destinado a lo evidenciar su encantamiento con los Estados Unidos y el segundo para explicitar su adhesión al conspirador Urquiza. Siempre utilizó a Facundo, escrito en prosa, como una herramienta en la acuciante brega antirosista, gigantesco y artístico panfleto plagado de “inexactitudes a designio”, como le advirtiera al General Paz cuando le envió un ejemplar (22-12-1845). Con el mismo carácter lo supo recibir Rosas, deseando tener defensores de similar nivel al de quien lo atacaba.
Si en Facundo le cupo a Sarmiento deambular, al influjo del ímpetu intrépido y de su pluma rotunda, de un iluminismo juvenil hacia un romanticismo maduro, alcanzando tintes positivistas, en su último ensayo Conflicto y armonías de las razas en América (1883) pasó del romanticismo decadente al positivismo en auge, cargando con sus rasgos conservadores. Esto, junto al resto de su producción, pone a las claras que fue un pensador asistemático y que su obra se encuentra lejos de una deseable coherencia doctrinal. No se trata, en modo alguno, de negarle el derecho a la mutación, sino de ubicarlo con mejor precisión más allá de la pertinaz idolatría liberal y del visceral desprecio nacionalista que riñen su memoria con mecanismos de embalsamiento. El héroe incólume y el traidor consecuente no sirven como fórmulas para comprenderlo.
Por eso se torna indispensable desenmascarar la predica panegirista que ha elaborado trabajosamente durante décadas, la molicie de un sarmientismo que procura mantener a cualquier precio el prestigio de su elegido. El apotegma básico de la anacrónica doctrina postula que la construcción de un país comienza en la escuela normal y culmina en las aulas primarias. La ingenuidad alfabetizadora que la alimenta parece carecer de declinaciones y finitudes. Siempre emerge un nuevo sarmientista para postular el normalísmo como panacea.
Sin embargo, no fue el apostolado docente el que catapultó a Sarmiento al prominente lugar que ocupa dentro del procerato de la historia oficial. La tesis medular del libro Facundo es lo que los sectores sociales dominantes han tratado de mantener y exaltar dogmáticamente: la civilización extranjera merece admiración y la barbarie autóctona rechazo. En esa antinomia se concreta la hermenéutica liberal del pasado y del presente, es decir de la versión histórica y de la posición política.
Ese esquema sarmientino de recepción de lo foráneo y de marginación de lo vernáculo es la base sobre la que se asienta la elaboración historiográfica que se expresó a partir de Vicente F. López y de Bartolomé Mitre. También su proyecto de país rural se convirtió en el programa de la oligarquía que consolidó la subordinación al mercado mundial mediante el modelo agroexportador. El notable publicista había sentado la clave justificatoria de la inferioridad sudamericana y la superioridad europea. El mitrismo, verdadera urdidumbre del sistema portuario dependiente, utilizó a Sarmiento (a pesar de haberlo hostigado en varias instancias de su vida política) y se dignó premiarlo con los honores de la celebridad. Mientras tanto el sarmientismo agradecido se ocupó de la lamentable tarea de producir la versión docente de la ideología dominante. El aparato escolar argentino ha sido colocado en función de ese contralor oligárquico bajo la advocación del ilustre sanjuanino, autor intelectual de la fórmula denigratoria de la originalidad nacional.
Los sarmientistas con su apostolado normalista y los mitristas con su historia falsificada ha tallado la adusta y pétrea imagen de Sarmiento mítico. Pero no sólo ellos ha conspirado contra el conocimiento certero. El propio interesado cuenta con un margen de responsabilidad importante en la adulteración. Sarmiento se encargó personalmente de la deformación con inmodestias y egolatrías, mentiras y arrogancias. Preso de un fanatismo enceguecedor y de una locuacidad ensordecedora, negó realidades evidentes y no escuchó palabras de advertencia. Enemigo de sistematizaciones filosóficas, sus concepciones carecen de un sentido direccional único, plagadas de avances y retrocesos, contradicciones y rectificaciones, aciertos y errores. Resulta de ese modo también culpable de sus postrer tergiversación.
Pero, la labor desmitificadora no sólo es posible sino también imprescindible. Ya hace tiempo que ha comenzado y necesita continuar. Debe impedirse que el país petrificado también cristalice su pensamiento. El conocimiento más pleno del pasado facilitará la comprensión del presente. Entonces, a pesar de la grave iconografía, aparecerá un Sarmiento capaz de sonreír, cambiante y complejo, multifacético y conflictivo, naturalmente disconforme con su país y consigo mismo. Surgirá la vitalidad incansable de un político apasionado que intentó desprenderse del poder mitrista que lo había cercado en la presidencia. Emergerá también la fuerza bravía de un escritor impar, uno de los fundadores de la literatura argentina imperecedera. En cambio se extinguirá el ideólogo que brindara la interpretación sociológica justificadora de la secular dependencia nacional.