La traumática experiencia que significa para cualquier pueblo del mundo una guerra perdida asume, en estos días de rememoración histórica, matices escandalosos en los países semicoloniales. Las agudas contradicciones que se condensaron en un momento histórico particularísimo, entre una patriótica y legítima reivindicación antiimperialista y los responsables políticos de aquella gesta, descaradamente asociados al capital extranjero, resultan todavía hoy un auténtico desafío intelectual. Frente a tamaña tarea, nuestro lamentable progresismo se esmera por reproducir sus tradicionales discursos antimilitaristas, democratistas y liberaloides.
La colonización pedagógica parece haber diluido definitivamente la importancia histórica y política del episodio Malvinas, y es precisamente en tiempos como estos que la superestructura colonial sale descaradamente a la luz, evidenciando la absoluta imposibilidad de muchos argentinos de pensar por sí mismos.
Desde esa superestructura colonial, a 25 años de la guerra, una nueva y vasta generación, aquella que apenas balbuceaba sus primeras palabras o estrenaba sus pantalones largos durante 1982, comienza a asomarse al episodio de Malvinas. La eficacia del colonialismo no ha aplacado sus decisivos efectos después de 3 décadas de continua entrega nacional. Parece haberse impuesto una nueva zoncera a partir de la cual pensar: “paz o guerra”, seguramente un reflejo condicionado de aquella de “civilización o barbarie”. En tal sentido, todos los ejercicios de aproximación están absolutamente sesgados, y sus resultados, por lo general, poco favor le hacen a las impostergables causas de la liberación nacional y social. La neo-intelligentzia quiere estar “con la paz”... así, en abstracto.
Una nueva generación de progresistas inunda por estos días cada rincón de la superestructura cultural de la semicolonia, llevando el barómetro ideológico del cipayaje a sus máximos niveles. Ridiculizar esa zoncera quizás sea una de las tantas formas posibles de llegar a la reflexión, por aquello de que quien reflexiona sobre la zoncera deja inmediatamente de estar azonzado. Tarea compleja en la medida en que la colonización es un fenómeno que hegemoniza todas y cada una de las instancias de la vida nacional, y cuenta con poderosísimos instrumentos culturales de divulgación, entre ellos, el cine y la televisión. Uno de los más ridículos íconos mediáticos de los 80 parece asumir, en fechas como la actual, una revitalizada relevancia histórica, política e ideológica.
A partir del segundo lustro de los años 80 un curioso personaje comenzó a popularizarse entre la frescura agonizante del retorno democrático. A pesar de resultar un estereotipo ingenuo y superficial del power flower, “Paolo el roquero” implicaba cierto reconocimiento de una identidad cultural particularmente censurada durante el Proceso. Tras sus invocaciones a la “paz y la tolerancia”, esta caricatura del “hippie” legitimaba una serie de discursos que, sin embargo, se habían popularizado en tiempos de guerra. Paradójicamente, el rock como movimiento surgido a la sombra de la inestabilidad política y de una siempre asfixiante y represiva escena cultural, había alcanzado el reconocimiento como expresión nacional durante la guerra de Malvinas.[1]
La nueva generación del progresismo argentino parece haberse sentido particularmente interpelada por el curioso personaje, probablemente gracias a que significaba una identidad distinta, cuando menos en términos estéticos, a la del autoritario macho argentino de bigote ancho, puñal en la cintura y cultor del tango.
Sin vocación de sobreestimar a “Paolo el roquero”, debería considerárselo como uno de los máximos referentes ideológicos de buena parte de los progresistas que hoy rondan entre los 25 y los 35 años. Su marginal aparición en producciones como “Los bañeros más locos del mundo” parece haber adquirido una trascendencia histórica decisiva en la estructuración del imaginario social de amplios sectores de la pequeña burguesía que hoy se asoman a la adultez. Lejos de resultar un personaje intrascendente, la fugacidad de su tránsito histórico ha generado, sin embargo, una poderosa influencia que parece resistir el olvido en la incómoda conciencia política de nuestra pequeña burguesía. Sin pretensiones alarmistas, me animo a pensar que tras el hippie melenudo y desgarbado parece asomarse, otra vez, la mano oculta del imperialismo y la pedagogía colonial.
En términos equivalentes a los del LSD, aquellas “inocentes” alegorías pacifistas del personaje parecen haber obnubilado definitivamente el sentido, ya no patriótico, sino relativamente crítico de aquellos niños de ayer devenidos en adultos.
Particularmente con relación a la recuperación de la soberanía argentina sobre las islas Malvinas, el latiguillo preferido del olvidado personaje no deja lugar a dudas evidenciando su funcionalidad histórica: “paz… man”. La invocación al cese de la lucha en articulación con el lenguaje del enemigo ha cuajado como sostén histórico de las experiencias discursivas del progresismo, empecinadas en desterrar las trasnochadas pretensiones de liberación nacional.
“Paolo el roquero” parece haber galvanizado en las nuevas generaciones del progresismo un basto arsenal, acumulado durante al menos dos siglos, de práctica política e ideológica definidamente antinacional. El eje de estas prácticas y discursos gira alrededor de un valor en apariencia tan loable como abstracto: la paz. El Imperio ha logrado gracias a personajes como Paolo, y a otros muchos mecanismos menos sutiles, que en la semicolonia se asocie al capítulo político “Malvinas” con una abstracción moral ahistórica: “la paz”.
Sus ecos retumban en las paredes desiertas de todas las aulas del país y en todos sus niveles de enseñanza. “Paz, paz, paz”. Malvinas no sería más que un error inaceptable para un país “democrático y civilizado” como la Argentina. Se apunta, en tal sentido, a responsabilizar al conjunto del pueblo argentino por la incompetencia militar de un gobierno que nadie eligió, para terminar haciendo gala de una originalidad exquisita del tipo: “sigamos construyendo la Argentina en un marco de (¿cuándo no?) paz y trabajo”.
Sin embargo, las frases hechas que engalanan los emotivos discursos progresistas callan deliberadamente una verdad histórica tan evidente como incómoda: las islas Malvinas pertenecen por legítimas, fehacientes e irrefutables razones jurídicas, históricas y geográficas a la Argentina.
La defensa de la “paz” es, en este último sentido, un eficaz camino para evitar despertar a las nuevas generaciones argentinas a la verdad histórica: la paz al precio de la entrega sólo garantiza la paz de los cementerios. Y cuando se habla sobre Las Malvinas, más que nunca. Los paolitos festejan la democracia. Tan amantes de esta abstracción, pretenden ofrecerle las gracias a la señora Tatcher por ella. Si la guerra no se perdía, la democracia y la “paz” no habrían llegado nunca. De tal manera, con la manifiesta intención de desconocer los legítimos derechos de la Argentina sobre “esas islas de mierda llenas de pingüinos” —al decir de otro horizonte político de la generación “paolo”, Julio Cortázar— se pretende deslegitimar cualquier reivindicación soberana asociándola al autoritarismo dictatorial de Videla o Galtieri, legitimando, simultáneamente, el democratismo de la entrega que rige el destino de los 37 millones de argentinos.
Mientras “Paolo el roquero” es una imitación burda y grotesca de las juventudes que durante los 60 y 70 se animaban en los países centrales a cuestionar los fundamentos éticos y estéticos —pero también políticos y económicos— del capitalismo desarrollado, la generación “paolo” no deja de revelarse como el garante de ese sistema global de dominio. Mientras la defensa de la paz como doctrina, el pacifismo, surgió en formaciones sociales centrales de alto desarrollo capitalista, y fue bandera de antiimperialismo para las juventudes metropolitanas que cuestionaban la naturaleza expansiva del gran capital global y sus expediciones coloniales en busca de materias primas y nuevos mercados, en la semicolonia latinoamericana del siglo XXI, el pacifismo define, como doctrina, la abulia y la desidia intelectual de los sectores sociales ilustrados por medio de la transposición mecánica y acrítica de los discursos metropolitanos a una formación social diametralmente distinta.
Es decir, en definitiva, el pacifismo de la nueva generación “Paolo” funciona como el fermento discursivo e ideológico que garantiza los planes culturales del imperio en la periferia dependiente. Tan loable valor en el plano ideológico, ofrece un nuevo eje estructurador capaz de vehiculizar los peores y más nefastos prejuicios antinacionales de la pequeña burguesía ilustrada, histórico sostén social del democratismo partidocrático, el antimilitarismo liberal y el derechohumanismo de comité.
No se trata de sostener la pertinencia o no de una nueva guerra de liberación contra cualquiera de los imperialismos. Para eso deberíamos, primero, recuperar la soberanía política y económica en la Argentina continental. Esta última es una tarea impostergable, aunque imposible desde la superestructura pedagógica del imperialismo y su sistema de “anteojeras” al decir de Jauretche.
La actualidad es sintomática a este último respecto. Los principales interesados por la paz en Irak son el presidente Bush, toda la camarilla partidocrática norteamericana y sus aliados iraquíes. No es muy difícil imaginar el sentimiento que despiertan en el pueblo iraquí, y en las amplías mayorías árabes, las pacifistas invocaciones de los títeres democráticos, progresistas y civilizados que, impuestos por EE.UU., pretenden ofrecer la sangre y el petróleo de medio oriente como el camino más directo para “pacificar” Irak. Mientras tanto, las mayorías iraquíes insisten en ese ejercicio “bárbaro” hasta la inmolación de exigir justicia y libertad por medio de la guerra y la lucha popular como el único camino para alcanzar la paz, necesario producto de la liberación nacional.
Hace algún tiempo, uno de los compañeros de Socialismo Latinoamericano, analizando la larga guerra entre el sionismo internacional sostenido por el imperialismo yanqui y las masas populares árabes llegó a la conclusión de que “los intelectuales progresistas manejan los tanques israelíes”. ¿Qué queda entonces para la joven generación “paolo”? Imaginar al progresista típico argentino, cultor del rock nacional —de tipo preferentemente espineteano, el realismo mágico y el cine independiente— sobre los Harrier que hoy sobrevuelan las islas es una ejercicio que, por hipotético no deja de evidenciar el papel ideológico que cabe a estos sectores en los países semicoloniales. Son los “paolitos” los que sobrevuelan cada rincón de las instituciones educativas y mediáticas nacionales, siempre dispuesto a dar la vida por la causa extranjera y a confundir la causa antiimperialista de Malvinas con los efluvios alcohólicos de una serie de generalotes cipayos que si entregaban al país en los límites de su jurisdicción política eran, por definición, incapaces de extender esos límites por causas patrióticas.
En ese marco, se logra así instalar una doble asociación ideológica tendiente a garantizar la continuidad semicolonial del país vasallo. Cualquier reivindicación sobre Malvinas implica defender al gobierno de Videla y cía., y cualquier crítica al fetiche democrático implica preferir dictaduras como la recién mencionada. Desmalvinización que le dicen, siquiera cuestionar los aspectos más definidamente cipayos del mito sobre los “chicos de la guerra” implica el calificativo de bárbaro, retrógrado, providelista, nazi e inclusive, “genocida”.
Justamente, esta operación sobre Malvinas está asociada, en el imaginario del joven progresismo, a aquel otro juego lingüístico de identificar al autodenominado Proceso de Reorganización Nacional con el adjetivo de “genocida”.
Esta identificación, esencialmente correcta en términos simbólicos, diluye, sin embargo todo su presumido potencial crítico en la medida en que ese adjetivo supera lo simbólico para asumir un carácter literal. Se trataría, en este último sentido, de un gobierno que habría pretendido eliminar a un inmenso número de personas por razones de “gens”, es decir de origen, en este caso tomando como referencia a la nacionalidad argentina.
¿Puede pensarse en un gobierno impuesto por el imperialismo que pretendió eliminar, extirpar, desaparecer, al conjunto del pueblo argentino? Es el tipo de ideas que sólo caben en la cabeza de la generación paolo. Es el trabajo nacional, realizado por las amplias mayorías argentinas, el sostén de la bonanza imperial y el lubricante social de todas sus contradicciones internas. Pero, claro está, estas aclaraciones son para el paolismo sinónimo de la barbarie, retrógrada y autoritaria de la “señora” Pando y sus amigos.
Al igual que con las Malvinas, esta mentira histórica, esta zoncera a partir de la cual debe pensarse, ofrece varios réditos: por un lado, deslegitima las intenciones teóricas y políticas de seguir considerando a la Argentina como una formación social que se debate entre la liberación y la dependencia. Por otro, garantiza la continuidad económica y social de las políticas que el imperialismo impuso en el país, primero con dictaduras homicidas que disciplinaron al conjunto social argentino allanando el camino de resistencias populares para luego, y desde la inmaculada democracia representativa, garantizar una administración legal y eficiente de esa continuidad “genocida”. Por último, es un fantástico argumento para evitar cualquier posibilidad de condenar, enjuiciar o, al menos, identificar históricamente a los responsables intelectuales y principales beneficiarios económicos de las políticas impuestas a sangre y fuego por el proceso.
Frente a la indeseable y evidente hegemonía cultural de los “paolitos” no queda más que proponer el debate sobre Malvinas y sobre cada una de las derrotas nacionales que los argentinos hemos sufrido en casi 200 años de “independencia”. En la polémica, la discusión o el debate, el pensamiento nacional siempre se impone, por limitado y simple que sea, a los manuales importados con que se atraganta la nueva generación paolo. Emulando a este último, podríamos decir que el pensamiento nacional “se come con cuchillo y tenedor” al deprimente progresismo argentino, como hacía María Pía, la olvidable pareja del nuevo referente progresista.
Notas: