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Tribuna Antimperialista “José Martí” - La Habana, República de Cuba
Foto: cortesía de Juan Manuel Lucas Tohme
Las expectativas de una Cuba en constante efervescencia, convulsionada frente a la incertidumbre sobre la salud de Fidel, se desvanecen apenas uno pisa la isla. La dinámica rutinaria permanece intacta para la amplia mayoría de los cubanos. La gente transita sus días y noches con una tranquilidad y una calma que, lejos de la indiferencia con relación a Fidel y al futuro, es en realidad el producto de una conciencia colectiva, una idiosincrasia, sólidamente patriótica y políticamente madura.
Las dudas frente al futuro de la revolución una vez desaparecido Fidel parecen evaporarse frente a la claridad histórica de un pueblo que tras ese liderazgo, irremplazable en muchos sentidos, se reconoce como “el sujeto” revolucionario y se muestra dispuesto a defender férreamente cada una de sus conquistas.
Acaso sobreestimando el poder del imperio, la mayoría de los cubanos se muestran absolutamente confiados en el resultado nefasto que toda ofensiva ideológica, política e inclusive, aunque improbablemente, militar acarrearía para el imperio norteamericano. Las oscuras predicciones de caos social, éxodos masivos o guerras civiles con que los cubanos se liberarían de la sangrienta tiranía de Fidel muestran, en definitiva, la brutal ingenuidad de un imperio que cree que los millones y millones invertidos en contrainteligencia y bombardeo mediático pueden poner precio a la dignidad y la soberanía de cada uno de los cubanos.
Hay un ejemplo muy ilustrativo y pedagógico, si tenemos en mente a nuestro “democrático” progresismo “fidelista”. Frente a la oficina de asuntos comerciales de los EE.UU. en la Habana, se alza un emotivo monte de banderas que corona la tribuna antiimperialista José Martí. Las banderas negras con estrellas blancas evocan cada uno de los años de lucha popular antiimperialista desde Martí hasta nuestros días. El fuerte sonido del viento del malecón haciendo flamear las inmensas banderas debe ocasionar cierta “contaminación sonora” en los pisos superiores del edificio gringo. Para intentar contrarrestarla, el imperio ha orquestado una de las expresiones más ingenuas y denigrantes de bombardeo ideológico en suelo cubano.
Una inmensa y chispeante cartelera electrónica ubicada en la fachada del edificio extranjero reproduce lo que no es más que un resumen de las más acabadas ideas de nuestra socialdemocracia. El pueblo debe gobernar a través de sus representantes elegidos democráticamente”, “Todos los ciudadanos tienen derecho a la libre expresión de sus ideas”, y una continua reproducción de los lugares comunes que, con el necesario halo de complejidad intelectual que permite simular un pensamiento profundo, sostienen los máximos representantes del “derechohumanismo” nativo.
La tribuna antiimperialista y el edifico de asuntos comerciales son un buen ejemplo del carácter concreto que asumen las ideologías, y muestra sin rodeos el papel que el progresismo de nuestras “eminencias” intelectuales juega en relación a la irresuelta cuestión nacional latinoamericana.
Una revolución en cada manzana
La respuesta más común frente a las dudas sobre la continuidad revolucionaria sin el liderazgo de Fidel podría sintetizarse más o menos así: “Mira chico´, yo no soy fidelista ni comunista… pero soy cubano y sé que el Mc Donalds en la esquina me sacaría la educación y la salud”.
Uno de los que así me contestó es un vendedor ilegal de habanos. Mediante una artimaña burocrática, le roba al estado y al pueblo cubano los habanos que vende a cambio de 20 dólares (un salario mensual). A viva voz y frente a la policía (que allí se adjetiva como “revolucionaria”, una joya para los amantes de las contradicciones dialécticas) ofrece los “Romeo y Julieta” como “los que fumaba Churchill”, los “Cohiba” como “los que fumaba Fidel”, y los “Montecristo” como “los que fumaba el Che”. Ernier, así se llama, tiene 25 años y dos hijos, es docente preuniversitario, un equivalente al secundario nuestro y, paradójicamente, es el responsable de un CDR, Comité de Defensa de la Revolución.
Los CDR son micro estructuras políticas, en el más amplio sentido de la palabra política, que canalizan las necesidades de cada manzana hacia los niveles más altos de decisión. Entre sus paredes se asienta el acceso al poder de cada cubano por medio de un mecanismo plesbicitario de democracia directa. Además son los encargados de gestionar, por ejemplo, medicamentos especiales, sillas de ruedas o audífonos para los habitantes de la manzana. Pretenden concretar un histórico latiguillo de Fidel, “una revolución en cada manzana”, y, además del Partido Comunista, parecen ser el más importante bastión popular para la continuidad revolucionaria.
Tener un CDR a cargo no es tarea fácil. No solamente están encargadas de trasladar y jerarquizar las necesidades de la manzana, simultáneamente, son los encargados de instrumentar operativamente políticas centrales del estado cubano. Entre ron y ron el militante popular, que hasta hacía segundos vendía habanos en el mercado negro, se desdijo sin siquiera notarlo cuando remarcó: “Mira chico´, yo no soy comunista… pero soy fidelista y cubano, y sé que el Mc Donalds en la esquina me sacaría la educación y la salud”. Si el ron cubano no ejerciera tan rápidamente su desequilibrante efecto sospecho que mi amigo hubiera avanzado en sus aclaraciones llegándome a reconocer su nombre real: “Carlos Marx”.
La revolución en Cuba guarda miles de estas contradicciones de vendedores clandestinos que le roban al estado sin dejar de ser por eso ilustres patriotas vecinales. Es que los miles de cubanos que coquetean con las ventajas individualistas que ofrece el mercado no dejan, por eso, de sostener y reivindicar los casi 50 años de revolución y son una clara expresión de los duros condicionamientos que el modo de producción global impone a cualquier alternativa de construcción del socialismo.
Esta realidad objetiva plantea la centralidad estratégica que para la revolución cubana asume la suerte histórica del resto de Latinoamérica.
La revolución en América Latina y el Socialismo del Siglo XXI
De hecho, y aunque pueda sonar a revelación o herejía para muchos guevaristas o fidelistas argentinos, no es un secreto para nadie que la revolución cubana está sólidamente asentada en un capitalismo de estado que, desde un profundo compromiso ético y moral de raíz humanista, adquiere definidos matices socialistas.
El férreo liderazgo político de Fidel ha logrado desafiar un irresoluble nudo teórico, permitiendo que un patrón de acumulación esencialmente capitalista no imposibilitara, sin embargo, avanzar decididamente en la perspectiva y la pretensión socialista de justicia social y eliminación de las clases sociales.
Con la caída de la URSS, la locomotora que movilizó económicamente a la revolución cubana, y a pesar del gigantesco sacrificio que ha supuesto pagar los costos de la dependencia cubana durante los últimos 17 años, los flancos débiles de una economía monoproductora y bloqueada han adquirido una importancia decisiva que empuja a girar la mirada hacia las posibilidades de integración regional con el resto de América Latina. En este sentido, la suerte de la revolución cubana se juega esencialmente en otro lado, y el partido comunista cubano parece saberlo.
La integración venezolano-cubana es un importante paso hacia adelante que tiene manifestaciones concretas y claramente visibles en la isla. La denominada “revolución energética”, ha permitido que Cuba supere un crónico déficit energético, tanto a nivel petrolero como eléctrico, gracias a la reciprocidad patriótica y antiimperialista de la revolución bolivariana y cubana. Cuba ha transformando rápidamente toda su infraestructura energética, fundamentalmente eléctrica, superando un pesado e ineficaz lastre soviético de nefastos efectos en la economía cubana de los últimos años.
El socialismo del siglo XXI pregonado por el presidente Hugo Chávez, hace referencia, justamente, a la ineludible necesidad de integrar las sociedades latinoamericanas desde una planificación económica continental y desde una perspectiva estratégica definidamente socialista. Bolivia, Ecuador y Nicaragua, ya pretenden consolidar este proceso de integración que en definitiva, y más allá de importantes salvedades específicamente nacionales, es la única alternativa válida para que las escuálidas economías latinoamericanas escapen de la miseria generalizada que impone la dinámica global del capitalismo. En todos y cada uno de los casos la lógica política interna estará fuertemente condicionada por la evolución latinoamericana. En la medida en que la integración permita superar la asfixia económica a que cada país esta condenado dependiendo sólo de sus propias energías internas, los riesgos de burocratización parecen diluirse en la misma medida en que la planificación económica continental implica un extendido y creciente protagonismo popular.
Si el destino de la revolución cubana se juega sobre todo en el resto de Latinoamérica, la perspectiva estratégica de transición latinoamericana hacia el socialismo tiene mucho que aprender de Cuba. En este sentido, el principal desafío político pasa por superar el corsé jurídico e ideológico de las democracias liberales y representativas del resto de Latinoamérica, garantes, en última instancia, de ininterrumpida continuidad dependiente.
La revolución cubana tiene una rica experiencia histórica en este sentido. Quizás la más importante sea el CDR, garantía de soberanía popular y de ejercicio concreto de “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. La fina intuición política de Chávez debe haberse guiado en ellos para conformar los círculos bolivarianos, hoy, el más eficaz mecanismo para enfrentar y desmantelar la pesada tradición partidocrática venezolana. Tan sólo dos, de las muchas alternativas posibles, para comenzar a asegurar la participación, la movilización y la integración colectiva de los millones de latinoamericanos que, como Ernier, ya no creen en los vistosos cartelitos que colorean los edificios del imperio.
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