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NACIONALES | Artículo cargado el 20 de septiembre de 2006

El espejismo de los monocultivos

RICARDO GORDILLO

 
     
 

Uno de los dogmas del liberalismo económico es la creencia en las bondades de la libertad de comercio (aunque sólo sea para pocos), atraer inversiones (aunque sean indignas o perniciosas) y de este modo ingresar al mundo capitalista y por consiguiente recibir sus supuestos beneficios.

Éste  último es uno de los slogans mediáticos más difundidos por el establisment. Entrar al mundo: el mundo es aceptar acríticamente el mercado. El mercado mundial, donde se compran países y funcionarios.

Esto, para nosotros, latinoamericanos, no tiene nada de novedoso: hace siglos que entramos al mercado (cuando todavía no se llamaba así) y todavía esperamos su beneficios por derrame.

América latina ha conocido diversos “booms” surgidos al calor de determinados productos. Esta triste rutina de los siglos empezó en Perú y Potosí con el oro y la plata, y siguió con el azúcar, el tabaco, el guano, el salitre, el cobre, el estaño, el caucho, el cacao, la banana, el café, el petróleo... Nosotros también tuvimos nuestro boom con el tanino cuyo actor principal fue La Forestal. ¿Qué nos dejaron esos esplendores?

Nos dejaron sin herencia ni querencia. El mercado se comporta como una marabunta, dejando a su paso desolación...

Nos dejaron sin herencia ni querencia. El mercado se comporta como una marabunta, dejando a su paso desolación. Este proceso de apogeo económico y devastación fue maravillosamente descripto en la laureada película norteamericana “Qué verde era mi valle”, que describe las peripecias de una familia de mineros que vive ese proceso de devastación de tierras y personas. Jardines convertidos en desiertos, campos abandonados, montañas agujereadas, aguas podridas, largas caravanas de infelices condenados a la muerte temprana, vacíos palacios donde deambulan los fantasmas. Tenemos en Argentina el cercano ejemplo de La Forestal. Cuando el ciclo del tanino se agotó (por su relevo por otros productos en el tratamiento de los cueros) levantó campamento, dejando un tendal de pueblos sumidos en la  desocupación, con su gente sumergida en el atraso y discapacitados laboralmente. Dejó un recordatorio de miles de hectáreas ecológicamente destruidas, con sus troncos sesgados a ras de la tierra, patético souvenir de esas salvíficas inversiones extranjeras.

Soja

Ahora estamos viviendo en Argentina el turno del “boom” de la soja transgénica. Nuevamente vemos repetirse la historia que al son de sus trompetas nos encandila con sueños fugaces, y enmascara infelices (y largas) desdichas a futuro.

Nuevamente resuenan las voces que nuestros dirigentes se niegan a escuchar, voces que nos advierten que los sueños del mercado mundial son espejismos que luego se transforman en pesadillas para los países que a su codicia se someten. Se sigue aplaudiendo el secuestro de los bienes naturales, y así se trabaja para nuestra propia perdición, contribuyendo al exterminio de la poca naturaleza que queda en este mundo.

La Argentina, Brasil, Uruguay y otros países latinoamericanos están viviendo la fiebre de la soja transgénica. Precios tentadores, altos rendimientos. La Argentina es, desde hace tiempo, el segundo productor mundial de transgénicos, después de Estados Unidos. En Brasil, el gobierno “progresista” de Lula ejecutó una de esas piruetas que lo caracterizan y dijo sí a la soja transgénica, aunque su partido había dicho no durante toda la campaña electoral.

Esto es pan para hoy y hambre para mañana, como denuncian algunos sindicatos rurales y organizaciones ecologistas. Pero ya se sabe que los paisanos ignorantes se niegan a entender las ventajas del pasto de plástico y de la vaca a motor, y que los ecologistas son unos aguafiestas que siempre escupen el asado.

Los defensores de los transgénicos afirman que no está probado que perjudiquen la salud humana. Pero de lo que sí hay evidencias es de que dañan la salud del suelo y reducen la soberanía nacional. Por ello cabe preguntarse si exportamos soja o exportamos suelo. ¿No quedamos atrapados en las garras de Monsanto y otras grandes empresas de cuyas semillas, herbicidas y pesticidas pasamos a depender?

cabe preguntarse si exportamos soja, o exportamos suelo. ¿No quedamos atrapados en las garras de Monsanto y otras grandes empresas, de cuyas semillas, herbicidas y pesticidas pasamos a depender?

Tierras que producían de todo para el mercado local, ahora se consagran a un solo producto para la demanda extranjera. Desarrollo hacia fuera, y del adentro me olvido. El monocultivo es una prisión, siempre lo fue, y ahora, con los transgénicos, es un nuevo olvido del desarrollo hacia adentro. Se olvida que la  independencia no se reduce al himno, la bandera y la escarapela, si no que entre otras cosas se asienta en la soberanía alimentaria. La autodeterminación empieza por la boca. Sólo la diversidad productiva puede defendernos de los súbitos derrumbamientos de precios que son costumbre, mortífera costumbre, del mercado mundial.

Estamos contemplando cómo inmensas extensiones destinadas a la soja transgénica arrasan con los bosques y montes nativos, a la vez que expulsan a los campesinos pobres. Pocos brazos ocupan estas explotaciones altamente mecanizadas, que en cambio, exterminan los plantíos pequeños y las huertas familiares con los venenos que fumigan. Se multiplica el éxodo rural a las grandes ciudades, arrojando más gente hacia las villas miserias. ¡Es una reforma agraria, pero al revés!

Celulosa

Con la celulosa está sucediendo algo parecido en varios países.  Sin ir más lejos, el Uruguay, con un gobiernos nominalmente “progresista”, está queriendo convertirse en un centro mundial de producción de celulosa para abastecer de materia prima barata a lejanas fábricas de papel. Se trata de monocultivos de exportación, en la más pura tradición de enclave colonial: inmensas plantaciones artificiales que dicen ser bosques y se convierten en celulosa en un proceso industrial que arroja desechos químicos a los ríos y hace irrespirable el aire.

Aquí empezaron siendo dos plantas enormes, en Frai Bentos frente a nuestra Guayleguachú, una de las cuales ya está a medio construir. Luego se incorporó otro proyecto, y se habla de varios proyectos más. Mientras tanto, más y más hectáreas se están destinando a la fabricación de eucaliptos en serie. Las grandes empresas internacionales nos han descubierto en el mapa y se han brotado de súbito amor por este Uruguay donde no hay tecnología capaz de controlarlas, el Estado les otorga subsidios y les evita impuestos, los salarios son raquíticos y los árboles brotan en un santiamén.

Como suele ocurrir bajo el capitalismo, las bendiciones de la naturaleza se convierten en maldiciones de la historia. Nuestros eucaliptos crecen diez veces más rápido que los de Finlandia, y esto se traduce así: las plantaciones industriales serán diez veces más devastadoras. Al ritmo de explotación previsto, buena parte del territorio nacional uruguayo será exprimido hasta la última gota de nutrientes. ¿Y que nos quedara cuando el ciclo económico se agote? Un suelo agotado.

Curiosamente, Uruguay fue el único lugar del mundo donde se sometió a plebiscito la propiedad del agua. Por abrumadora mayoría, los uruguayos decidieron, en el 2004, que el agua sería de propiedad pública. Sin embargo, el gobierno progresista de Tabaré desvirtúa y secuestra ese mandato popular.

La celulosa se ha convertido, paradójicamente, en algo así como una causa patriótica en el país hermano, y lamentablemente la defensa de la naturaleza no despierta entusiasmo. Palabras como ecología y ambientalista se están convirtiendo en insultos que crucifican a los enemigos del progreso y a los saboteadores del trabajo.
Se celebra la desgracia como si fuera una buena noticia.

la celulosa genera un empleo cada 185 hectáreas. ¡La agricultura familiar crea cinco empleos por cada 10 hectáreas!

Más vale morir de contaminación que morir de hambre: muchos desocupados creen que no hay más remedio que elegir entre dos calamidades, y los vendedores de ilusiones desembarcan ofreciendo miles y miles de empleos. Pero una cosa es la publicidad engañosa, y otra la realidad. El MST (Movimiento de campesinos Sin Tierra de Brasil), ha difundido datos elocuentes, que no sólo valen para Brasil: la celulosa genera un empleo cada 185 hectáreas y la agricultura familiar crea cinco empleos por cada diez hectáreas. Las empresas prometen lo mejor. Millonarias inversiones, puestos de trabajo a raudales, controles estricto, aire puro, agua limpia, tierra intacta.

Y uno se pregunta: ¿a qué se debe que no instalan estas bendiciones en sus países de origen?

 
En esta edicion
OSVALDO CALELLO | Como era previsible el juez Canicoba Corral convalidó el dictamen de los fiscales en el caso de la AMIA y ordenó la detención de ocho altos ex funcionarios de la República Islámica de Irán, algunos en ejercicio de cargos públicos aún, y de un dirigente de la organización libanesa Hezbollah.
HONORIO A. DÍAZ | Con un mesurado estilo posmoderno la editorial Capital Intelectual está ofreciendo la “Colección Fundadores de la Izquierda Argentina.” Aquí el pensamiento débil se torna raquítico y la modernidad líquida se evapora. No se sabe bien si con ironía o con sarcasmo la publicidad proclama la primera unidad de la izquierda que, en este caso, se limita a una ligazón meramente bibliográfica.
NAZARENO L. FURGUELLE | Un día como hoy, 30 de setiembre, pero en 1974, se promulga la ley 20.840 de Seguridad Nacional, que en su artículo 1º reprime las actividades políticas que alteren o supriman «el orden institucional y la paz social de la nación, por vías no establecidas por la Constitución Nacional y las disposiciones legales que organizan la vida política, económica y social de  la Nación».
Osvaldo Calello
JUAN MANUEL LUCAS TOHME
RICARDO GORDILLO
NAZARENO L. FURGUELLE
Osvaldo Calello
PABLO RIVERA
MARIELA GARCIA
JOAQUÍN FONT
OSVALDO CALELLO
HONORIO DÍAZ
JUAN MANUEL LUCAS TOHME
DANIEL YÉPEZ
OSVALDO CALELLO
NAZARENO L. FURGUELLE
GUSTAVO CANGIANO
RICARDO GORDILLO
OSVALDO CALELLO
 
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