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por Daniel Yepez
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Con el rimbombante título de “Proyecto de Ley de Educación Nacional. Convocatoria a un debate amplio y fecundo”, el gobierno ha instalado la idea generalizada de que estamos “haciendo algo nuevo”. Especialmente, que estamos haciendo “algo diferente de lo de los noventa”. Para ser justos, no es solamente el gobierno el que instala la idea: colaboran tristemente algunos gremios docentes, como ejemplifica muy bien el discurso de Yasky el día del lanzamiento de la iniciativa desde Presidencia.[1]
Quienes recuerden el derrotero de las críticas a la Ley Federal de Educación podrán recuperar la noción de que la primera demanda, la principal oposición decantada a lo largo de estos casi tres lustros, fue su imposición “desde arriba”. Los docentes nos encontramos con un proyecto donde nada habíamos tenido que decir. Padres y alumnos tampoco. Mucho menos la sociedad en su conjunto. La creación fue íntegramente atribuida a sus autores reales: tecnócratas de sillón. El silencio desde arriba era abrumador…
Hoy nos encontramos con un proyecto diferente entre manos. Los tecnócratas son gente muy seria: aprenden seriamente de sus errores. Ahora todos estamos discutiendo. Hay jornadas escolares (bueno, sí, los cuadernillos llegaron tarde por mis pagos, pero es que ustedes son muy exigentes…); encuestas con respuestas postales pagas; preguntitas a los establecimientos escolares que hay que tabular y devolver como tarea para el hogar; profusas propagandas en los medios; costosas solicitadas en los diarios; encuestas a los padres; un sitio entero en internet para dejar mensajes y bajar documentos. Todo un menú completo que apunta a una y sólo una cosa: que nadie pueda decir que no nos consultaron, vio?
El debate al que convoca el Ministerio de Educación parte, extrañamente, de la ausencia de un diagnóstico
El debate, sin embargo, parte extrañamente de la ausencia de un diagnóstico. Un Ministerio sin escuelas, que se autoconfirió la agotadora misión de coordinar el gobierno del sistema y producir datos, debiera al menos habernos “ilustrado” sobre el estado descarnado de la situación. Debiera habernos dicho, finalmente, cuán desigual es la desigualdad, qué “diferencias de rendimiento”, qué indicadores de “resultado”, y todas esas cosas que las tecnoburocracias siempre andan tan ocupadas en medir. No es que sea fanática de las estadísticas. Tampoco es que comparta la forma en que se definen y miden las cuestiones educativas actualmente… sólo esperaba alguna clase de “panorama”, simplemente porque esa era la obligación primaria del Ministerio, especialmente si se convoca a un debate serio.
Primera desilusión: la discusión parte de la nada oficializada. No hay diagnóstico, más allá de los eternos lugares comunes que escuchamos hasta el hartazgo: que el sistema “se fracturó”, que los chicos “no aprenden”, que “las nuevas tecnologías”, y su largo etcétera. Chau al discurso presidencial: “la futura ley (…) debe interpretar con realismo la situación de la que partimos y delinear con imaginación y creatividad la estrategia educativa para la Argentina que queremos…”. En la primera hoja, la primera desmentida.
La situación sería graciosa si no fuera dramática. Porque debajo de la retórica participativa y los títulos democráticos, no hay una discusión real, sino la misma cantinela de siempre: Banco Mundial, mercado mundial.
Rascar la cáscara
Empecemos por el subtítulo: “Hacia una educación de calidad para una sociedad más justa”. Impresionante! Quién podría estar en desacuerdo con semejante propuesta?
—Que no está clara la propuesta, me dice? Veamos…
La descripción más cercana es esta: “…delinear (…) una nación con mayor justicia social, producto de la mejor distribución de los beneficios del crecimiento, una nación soberana que recree y transmita su acervo cultural, valores y saberes de calidad en forma democrática, para que todos sus ciudadanos puedan participar igualitariamente en una sociedad que estará caracterizada por el valor del conocimiento, la ciencia y la tecnología”.
Dudas? Puede que con lupa —le concedo— la frase deje de sonar bien y aparezcan los problemas. Puede que distribuir los beneficios del crecimiento suene a teoría del derrame, y ya hemos visto que en América Latina el derrame viola las leyes de la gravedad. También hemos visto, además, qué ocurre cuando no hay crecimiento. Puede que uno esperara que se redistribuya la riqueza y no solamente los beneficios del crecimiento, hablando realmente de justicia. Puede también que uno sonría ante el concepto de “nación soberana”, visto que la nefasta cháchara globalizadora ha tenido, increiblemente, al menos una externalidad positiva: la dependencia se comprueba a diario. Lo que arduos años de discusión teórica no consiguieron saldar se entiende rápidamente cuando la vecina descubre que la misma comunicación telefónica le cuesta varias veces más que lo que su hijo paga por ella desde España, utilizando la misma compañía.
Así que coincidamos: en cuatro renglones, el Presidente se jugó al truco la dependencia. Se jugó al truco la desigualdad estructural que produce la dependencia. Y se compró el verso de la centralidad del conocimiento, concepto estrella de cuanto documento políticamente correcto sobre empleo o educación podamos pescar por ahí.
El conocimiento es poder, y eso no es nuevo. La modernidad entera descansa sobre ese supuesto, el mundo es como es porque el conocimiento es central desde hace siglos
El conocimiento es poder, y eso no es nuevo. La modernidad entera descansa sobre ese supuesto, el mundo es como es porque el conocimiento es central desde hace siglos. Lo que se esconde en esa frase —de los manuales del Banco Mundial o de gurúes como Drucker, da lo mismo— es un problema diferente. La cuestión no es la centralidad del conocimiento, sino de las ramas de producción más rentables para el capitalismo mundial. Pero claro, dicho así es mucho menos romántico… A quién pueden parecerle románticos, pongamos por caso, los servicios? El conocimiento, en cambio, es un poquito más sugerente…
Tres tristes tigres comen soja…
El razonamiento fundante del documento base dice así: “La educación es la base de una sociedad más justa; una sociedad más justa se apoya en el ejercicio de una nueva ciudadanía; y la nueva ley debe garantizar que se cumpla el derecho a una educación de buena calidad para todos”.
La educación jamás puede ser la base de una sociedad más justa. En todo caso, una sociedad más justa puede educar más justamente
Es un razonamiento trabalenguas y trabapensamiento (como el de los tristes tigres), que de paso, nos condena a la tristeza de los sojeros (culto actual del país con vocación de exportador de materias primas, a pesar de los discursos sobre industrialización). La educación jamás puede ser la base de una sociedad más justa. En todo caso, una sociedad más justa puede educar más justamente, claro, siempre y cuando no pongamos el principio en el final. Está archirprobado que la educación, librada a la racionalidad del sistema, reproduce las diferencias de las que parte. Hay montañas de papelitos que demuestran la existencia de “circuitos educativos”, el mismo documento base los reconoce más adelante en su desarrollo, pero los datos se pierden en el desorden.
Cito: “Ante la actual magnitud de las desigualdades, es necesario desarticular los mecanismos que promueven la subsistencia de circuitos educativos de calidad difereciada y garantizan la reproducción de la desigualdad de origen.” Hay que adelantarse alrededor de diez páginas para leer eso. Y hacia el final de los diez ejes para el debate, en otro contexto: “La generación de circuitos de calidad diferenciada en el nivel superior impacta fuertemente en la perpetuación de los mecanismos de desigualdad educativa”.
Y cómo hacemos entonces? Si la educación reproduce desigualdades a partir de recibir desigualdades, no puede —nunca— ser la base para una sociedad más justa. Es evidente que se piensa en clave compensadora, pero no es precisamente una novedad novedosa: el sistema de los noventa se especializó en compensación, focalización y estigmatización. Los resultados están a la vista y motivan, supuestamente, este nuevo “debate”.
La discusión real es otra, pero el razonamiento de pacotilla nos la escatima.
Será que debiéramos atacar justamente las desigualdades de origen? Será que no alcanza con distribuir sólo los beneficios del crecimiento? Será que las políticas focalizadas, incluyendo especialmente a las de ingresos, tampoco alcanzan para morigerar las desigualdades de origen? Será que no alcanza con dedicarnos a exportar soja?
—Qué cosa dice usted? Que sólo estamos hablando de educación…? Que no podemos discutir el todo…? Muy extraño: el documento sostiene que “la educación no puede ser considerada una política ‘sectorial’ sino una variable clave en la estrategia de desarrollo nacional”.
De una mala premisa se sigue un pésimo razonamiento, sobre todo si las leyes de la lógica no cambiaron con esto de la centralidad del conocimiento. Así que toda la diatribra sobre la “nueva ciudadanía” y una “buena calidad para todos” está viciada desde el principio. Porque el principio está en la base material desde la que se parte, pero sobre eso no se discute.
Alpargatas y libros será la solución? Tanto lío para volver a Don Arturo!
El pez por la boca muere…
Cito otra vez: “Un modelo de desarrollo basado en la exportación de productos primarios sin elaborar, en la especulación financiera y en la explotación de mano de obra barata no necesitó de un sistema educativo que formara ciudadanos con sólidas competencias para desempeñarse en el trabajo. Alcanzaba con una pequeña élite altamente cualificada en circuitos restrictivos del sistema educativo. El cambio hacia un modelo de desarrollo que contemple como su principal sustento la capacidad de la gente de agregar valor a partir de la calidad de su formación exige recuperar la capacidad del sistema educativo para aportar a un crecimiento basado en la potencialidad productiva del país. De esta capacidad también depende la posibilidad de afirmar la soberanía y la identidad nacional en un mundo donde el conocimiento y la ciencia y la tecnología se convierten cada vez más en factores que deciden la independencia y la autodeterminación de las naciones”.
Seguimos siendo proveedores de materias primas y mano de obra barata de los países centrales, con un sector financiero hipertrofiado a la orden de la diosa globalización (una metáfora para decir imperialismo, término mucho más simple de entender)
Una lee ese párrafo y no sabe bien si aplaudir o llorar. Decididamente llora, unos segundos después, cuando el aturdimiento desaparece y ve lo que realmente dice, no lo que muchos querríamos que dijera…
Para empezar, no se entiende bien la utilización del pasado. Si lo pensamos un poco, es una autodescripción en doloroso presente: proveedores de materias primas a los países centrales, mano de obra barata y un sector financiero hipertrofiado a la orden de la diosa globalización (una metáfora para decir imperialismo, término mucho más simple de entender). Este país, con este gobierno tan proclive a la retórica, todavía funciona así. Ese viene siendo el modelo de país casi desde el 55 en adelante.
Y si volvemos al pasado, cómo que semejante modelo no necesitó gente con sólidas competencias para desempeñarse en el trabajo? Así que ahora los obreros eran unos incompetententes! Sólo eran mano de obra barata!
Encima de desposeídos, malos trabajadores… Qué desastre. En la producción de la riqueza, esa de que se apropia el 20% de los riquísimos entre los ricos, colaboraron un montón de pobres que ni siquiera sabían trabajar! Qué bueno que el Ministerio, además de iluminarnos, insulte a nuestros padres y abuelos… No les dan ganas de agradecer? No? Es porque todavía no somos lo suficientemente educados, pero ya aprenderemos!
Ya lo había dicho Marx: “el grado de habilidad de la población existente constituye siempre una premisa de toda la producción y, por consiguiente, la principal acumulación de riqueza". Así que es evidente que no somos un país rico porque nuestros obreros nunca fueron suficientemente hábiles ni sólidamente competentes para desempeñarse en el trabajo.
Por supuesto, la dinámica impresentable del párrafo apunta, otra vez, a resaltar las virtudes de la nueva era de “la centralidad del conocimiento”, pero sin abundar demasiado en por qué los obreros fueron, parece, poco más que burros de carga. Ya volveremos sobre el punto.
Ahora en cambio, estamos llamados a masificar (y nótese que no digo democratizar) ese conocimiento que antes era sólo de una “pequeña élite altamente cualificada en circuitos restrictivos del sistema educativo”. Y todo porque vamos hacia un mundo distinto. Uno donde el principal sustento sea “agregar valor”. Les suena conocido? No dijeron eso Adam Smith, Ricardo y Marx mucho antes de que naciera Filmus? Una diría que ese es el mismo mundo de siempre: el que insiste en agregar valor pero nunca discute quién se apropia del valor agregado…
Lo que sigue es el corolario del galimatías: de agregar valor a partir de la calidad de la formación depende afirmar la soberanía y la identidad nacional, porque la tecnología, y la ciencia, y el conocimiento se convierten en factores que deciden la independencia y la autodeterminación de las naciones…
…de una sólida identidad y de una clara autodeterminación devendrán ciencias y tecnologías propias o adaptadas críticamente, no a la inversa
De una sólida identidad y de una clara autodeterminación devendrán ciencias y tecnologías propias o adaptadas críticamente. Y eso no depende de agregar valor a partir de la calidad de la formación, sino de cambiar los contenidos y las prácticas reales por unas que sean propias. Depende de romper con la colonización pedagógica, diría —cansinamente, por nuestra cincuentenaria sordera— Don Arturo. Y de romper con la dependencia económica, claro.
Pero mientras lo discutimos, el Ministerio hace suyo un modelo educativo que le viene impuesto desde afuera.
No es casual, obviamente, que se le haya colado el imperialismo de las ideas por la puertita de atrás…
Fuente:
[1.] “Por primera vez en la historia de nuestro país, un maestro de escuela que representa a sus compañeros, habla desde la Casa de Gobierno para decir: ‘estamos ante la oportunidad histórica de avanzar en la definición de una ley nacional de educación. Esto marca la diferencia con aquella otra que se votó a principios de los noventa’ ”. Discurso de Hugo Yasky en Presidencia de la Nación, el día del lanzamiento del Debate. Fuente: www.barriosdepie.org.ar. Tristemente, Yasky parece haber dado con la única diferencia notable entre ambas.
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