AMERICA LATINA / ARGENTINA | Artículo de julio de 2003

¿Somos todos kirchneristas?

Gabino Correa
 

¿Cómo explicar que en sólo tres meses de gestión el Presidente menos votado de la historia argentina haya alcanzado, según los encuestadores, una popularidad parangonable a la que en su momento tuvieron Menem, Alfonsín y hasta el propio Perón? No será, sin dudas, porque la de Kirchner sea una de esas personalidades que se han dado en llamar “carismáticas”.

Pocas figuras de la política argentina pueden pasar más inadvertidas que la del longilíneo presidente de mirada estrábica, voz cascada y trajes pasados de moda ¿Será acaso por la naturaleza de sus primeras medidas de gobierno? Quienes estén tentados de responder afirmativamente a la pregunta deberán recurrir a un exceso de retórica para justificarla, porque cuando pobres son los hechos, floridas deben ser las palabras empleadas para embellecerlos.

Kirchner pasó a retiro a Brinzoni y otros generales de escritorio, forzó la renuncia del juez Nazareno y desplazó a los esbirros de Barrionuevo en el PAMI. Antes, había dejado que Fidel Castro hablara en las explanadas de la facultad de Derecho a los estudiantes de izquierda y a algunos sobrevivientes setentistas de cabello raleado y prominente abdomen. Todo muy lindo. Tan lindo como mirar al chef Martiniano Molina rallar la zanahoria, pelar las papas y y rebanar los pepinos cuando prepara la ensalada que acompañará al bife de chorizo. La diferencia es que Martiniano finalmente deposita el bife en el plato, mientras que el Presidente sigue entreteniéndose y entreteniéndonos con la ensalada.

Pero, ¿acaso el aumento salarial dispuesto a partir de julio no equivale al bife de chorizo de Martiniano? Difícil. Más que un bife de chorizo, los 50 pesos anunciados por el ministro Tomada parecen una hamburguesa de Mc Donalds, con bacteria incluida, que además se le niega a cuatro de cada cinco comensales. ¿Y la defensa de nuestra soberanía sobre las Malvinas? ¿No viajó el Presidente a Londres para reclamar por nuestros derechos ante los imperialistas británicos y sus socios “progresistas” europeos? La respuesta la proporciona la tapa de Clarín del 14 de julio: “Kirchner le habló a Blair de soberanía”, dice el multimedios oficialista. Y agrega que “fue en un diálogo informal y a solas”, ante lo cual “Blair sonrió”.

Si tan pobres son los hechos, ¿a qué se debe entonces la ola de kirchnerismo que ha comenzado a expandirse en un universo político y social que hasta ayer nomás ignoraba olímpicamente al líder eternamente reelecto en la lejana y despoblada Santa Cruz?

¿Somos todos kirchneristas?

Explicar la popularidad del presidente Kirchner es fácil: esa popularidad no existe. A lo que asistimos es a una construcción mediática tendiente a proporcionar oxígeno político al hombre a quien la coyuntura encomienda la tarea de recomponer la credibilidad de las instituciones partidocráticas mientras las diferentes fracciones de la burguesía terminan de reacomodarse en la era posconvertibilidad.

El inmenso pobrerío que han dejado como saldo las dos décadas de democracia colonial todavía no experimenta por Kirchner ni frío ni calor. Quienes en cambio hacen del Presidente un punto de referencia para su propio posicionamiento, son los políticos profesionales del centroizquierda y la centroderecha. Los primeros, como Carrió, Alvarez, Ibarra y algunos radicales y justicialistas, han decidido acumular fuerzas recostándose con mayor o menor recato en la figura presidencial. Los segundos, con una prudencia que irá desapareciendo a medida que el desgaste vaya erosionando al gobierno, están armando la oposición que sirva de recambio en el momento oportuno. En cada uno de los bandos se alistan fracciones de las clases dominantes y factores de poder. Cada bando cuenta con medios de prensa y periodistas adictos: Clarín, Canal 13, Radio Mitre de un lado; Canal 9, Ambito Financiero, Radio 10 del otro. Pero aunque Julio Ramos y algunos energúmenos que lo secundan ya han tanteado el terreno que piensan ocupar lanzando acusaciones de “marxismo” y “montonerismo” contra el gobierno, aún no terminan de dividirse las aguas, y, a su manera, todos son kirchneristas. El fundamento de esta unanimidad lo proporcionó el resucitado Chacho Alvarez en un reciente artículo periodístico. “El gran desafío que enfrenta el Gobierno, y así parece percibirlo el Presidente, es comenzar a mejorar la calidad institucional”. El desafío de Kirchner consiste para Alvarez en imponer “instituciones fuertes, Estado eficiente, mercados competitivos y fundamentos económicos sólidos”.

¿Setentismo u ochentismo?

Desde la visita de Fidel Castro, Lula y Hugo Chávez durante la asunción de Kirchner, ha cobrado vida la versión de que el nuevo gobierno tiene algún “aire de familia” con la primavera camporista de 1973. Ciertamente, se trataría de un parentesco lejano, pero parentesco al fin. Quienes procuran encontrar un basamento “teórico” al presunto parentesco, afirman que el gobierno de Cámpora se apoyó en la convergencia de la clase obrera peronista con la clase media que había girado progresivamente hacia posiciones nacional-populares a partir de 1955. El gobierno de Kirchner, por su parte, sería el heredero de una confluencia similar entre trabajadores y clase media expresada en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001.

Desgraciadamente, el argumento sólo encierra una pizca de verdad, que no es precisamente la que destacan sus cultores: tanto Cámpora como Kirchner son presidentes vicarios, sin poder propio, meras transiciones de un momento a otro de la lucha de clases. Pero en tanto que Cámpora llegaba al gobierno montado en el alza de masas de los años 60 y como estación de tránsito antes de la reasunción de Perón, que sintetizaba en su persona el nivel de conciencia de las masas en ascenso, diferente es la situación de Kirchner. Este último no asume la presidencia como resultado de los levantamientos del 19 y 20 de diciembre, sino como resultado de la impotencia de esos levantamientos para generar una perspectiva de poder propia. Cámpora no sólo obtuvo un abrumador apoyo electoral. Llegó al gobierno en medio de la ebullición popular y asestando un golpe al régimen vigente. Kirchner, en cambio, no sólo careció de apoyo electoral significativo, sino que además fue la pieza elegida por el régimen para intentar relegitimarse a expensas de una ebullición popular que tendía a agotarse. Kirchner fue el candidato del oficialismo duhaldista-alfonsinista; Cámpora fue el candidato del Frente Nacional en la oposición. Detrás de la candidatura de Cámpora había un poderoso movimiento obrero. Detrás de Kirchner había poco y nada que oliera a movimiento de masas. Si de analogías se tratase, mejor sería comparar a Kirchner con Alfonsín. Pero entonces habría que hablar de “ochentismo” más que de “setentismo”, lo cual no parece un buen recurso propagandístico en un momento en que el radicalismo sigue hundido en el descrédito.

Del “que se vayan todos” al Frente Nacional

Pero si el gobierno de Kirchner no es el resultado de un final victorioso de los levantamientos del 19 y 20 de diciembre de 2001, tampoco es el resultado de su derrota definitiva. La vanguardia militante que emergió en aquellas jornadas no fue ahogada en sangre ni diezmada. Ha hecho su experiencia y sigue haciéndola en las actuales circunstancias. Quienes participaron en aquellas históricas jornadas ya estarán haciendo su balance. En la alta escuela de la lucha de clases, habrán comprobado que la historia no discurre exclusivamente en los salones untuosos de las clases dominantes ni en los palacios de gobierno de sus agentes políticos. Que las masas populares, cuando irrumpen en las calles, son un protagonista activo con capacidad para torcer la situación en su propio beneficio. Pero habrán comprobado, también, que no alcanza con repudiar el orden instituido reclamando que se vayan todos. Hace falta, además, elaborar un programa, construir una dirección y encontrar los métodos de lucha adecuados. Porque para que se vayan todos, hay que echarlos. Y para poder echarlos hay que añadir al momento de la negación primaria de lo que se repudia, el momento de su superación dialéctica construyendo el sujeto político que abra el curso al porvenir. La experiencia histórica enseña que ese sujeto es el Frente Nacional Antiimperialista y que su programa es el del nacionalismo económico, la justicia social y la soberanía popular. Parafraseando a los abstrusos psicoanalistas lacanianos, podría decirse que si algo de bueno tiene este gobierno, eso está donde el gobierno no es. La nueva situación política ya está generando la posibilidad de que aparezca en escena el gran protagonista cuya ausencia explica en gran medida el desenlace de las jornadas de diciembre: el movimiento obrero. Las luchas reivindicativas por el salario y las condiciones de trabajo empiezan a ocupar el centro del escenario. Junto a sus hermanos desocupados y al inmenso pobrerío del país semicolonial, la clase obrera dinamizará la situación y abrirá nuevas perspectivas. En el curso de las luchas que sobrevendrán, deberá ir madurando la convergencia de los protagonistas decisivos de la revolución nacional pendiente. Cuando ello ocurra, estarán dadas las condiciones para hacer realidad el “que se vayan todos” y conseguir que a la Argentina la gobernemos los argentinos, y no los cipayos de la partidocracia.

 
En esta edicion
DE JUAN D. PERÓN A NESTOR KIRCHNER
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