AMERICA LATINA / ARGENTINA | Artículo de junio de 2003
Entrevista con Gabino Correa
El triunfo de Kirchner y la derrota del “Que se vayan todos”
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Para Gabino Correa ningún régimen político se derrumba por sus propias deficiencias, si no aparece en el horizonte una alternativa superadora. Ni Rodríguez Saá, ni la izquierda tradicional, supieron construir esa alternativa, y contribuyeron a desgastar las energías liberadas en diciembre de 2001. Las luchas por el salario pasarán a primer plano en los próximos meses, y la Izquierda Nacional debe participar en ellas sin olvidar el objetivo estratégico de reconstruir el Frente Nacional Antiimperialista.

- Algunas encuestas de opinión indican que el gobierno de Kirchner cuenta con considerable apoyo, y muchos medios periodísticos hablan de un “espíritu setentista” que asoma en la sociedad argentina. ¿Qué opina usted al respecto?

- En primer lugar, creo que tanto las encuuestas como los medios periodísticos no se limitan a recoger la opinión de la gente. Su propósito central es construir eso que eufemísticamente se denomina “opinión pública” a través de operaciones de acción psicológica que se valen de la manipulación, el escamoteo de información, técnicas persuasivas, etc. En realidad, Kirchner fue votado sólo por un 16% del padrón electoral, y él mismo admitió que la mayor parte de ese exiguo porcentaje no le pertenece, sino que le fue proporcionada por el aparato duhaldista.

- Pero de haber tenido lugar el ballottage, Kirchner habría obtenido seguramente un 70% de los votos.

- ¿Usted lo cree? Hubo más de cuatro millones de ciudadanos que no fueron a votar en la primera vuelta. ¿Cuántos se habrían abstenido en la segunda? En cualquier caso, no es un secreto que el mayor estímulo para votar a Kirchner en el ballottage era el de asestar una paliza al menemismo. Con Menem en frente, no sólo Kirchner, sino cualquiera de los otros candidatos hubiera ganado la segunda vuelta. En realidad, las posibilidades electorales de Menem eran nulas. El imperialismo le había bajado el pulgar, y los sectores populares lo repudiaban. Sin embargo, el gobierno consiguió hacer de la disyuntiva menemismo/antimenemismo el eje de las últimas elecciones.

En la medida en que el masivo repudio al régimen partidocrático se concentrara en la figura de Menem, el gobierno podía esperar que a su candidato no le pasara lo mismo que a De la Sota, es decir, que pagara el costo de una política que había agudizado el deterioro salarial y la desocupación heredados del menemismo y del delarruismo. La última jugada del gobierno fue inflar artificialmente la figura de López Murphy para capturar así los votos de quienes se aterraban con la parspectiva de un ballottage entre los dos candidatos principales de la derecha liberal.

- ¿Cómo se compatibiliza esta disputa entre menemistas y antimenemistas con la negativa a tomar partido por unos u otros llamando a votar en blanco o no votar, tal como ha hecho la Izquierda Nacional?

- Desde 1976 hasta la fecha hay un mismo programa en curso. Es el programa de la sumisión nacional y la explotación social. Es extraño que haya quienes honestamente puedan tachar este punto de vista de reduccionista, porque los datos que lo avalan están a la vista y son escalofriantes. Las palancas fundamentales de la economía están todas en manos extranjeras y la deuda externa, cuyo carácter fraudulento ha sido debidamente probado, ahorca toda posibilidad de crecimiento autónomo. Los escalofriantes índices de pobreza son el resultado necesario de esta situación.

Sin embargo, la continuidad de este programa antinacional y antipopular no supone que entre sus ejecutores y beneficiarios exista absoluta unidad de criterio sobre la mejor manera de garantizar su desenvolvimiento. Los cimientos del programa, que se echaron durante la dictadura de Videla y Martínez de Hoz, se centraron en la reconversión productiva complementada con el terrorismo de Estado.

Disciplinada ya la sociedad por el terror, destruida una generación de luchadores populares y quebrada la memoria histórica, la rosca oligárquico-imperialista decidió en 1983 recurrir al ropaje “democrático” para perpetuarse en el poder. Pero para garantizar la continuidad, debían presentarla como ruptura con el pasado inmediato. Ese fue el significado de la prédica antimilitarista del alfonsinismo. Se responsabilizó a las fuerzas armadas de todos los males acaecidos en el país, y se prometió que con su retorno a los cuarteles sobrevendrían tiempos venturosos. Videla, Viola, Galtieri y demás generales “majestuosos”, bendecidos por los norteamericanos cuando asesinaban delegados fabriles y se babeaban por los Chicago boy’s, fueron el pato de la boda.

El oprobio que los cubrió fue su última ofrenda a un régimen que para sobrevivir necesitaba desprenderse de ellos. Contra lo que muchos creyeron en su momento, el alfonsinismo no implicaba la derrota del “Proceso”, sino el cumplimiento del objetivo que éste se había trazado: desembocar en un régimen formalmente democrático en el que la alternancia entre oficialistas y opositores no afectara las relaciones de poder ni la condición semicolonial del país. La transferencia de recursos y trabajo argentino al exterior prosiguió a despecho de la charlatanería progresista que asaltó los medios de prensa y las universidades públicas. Quienes en 1989 votaron a Menem para castigar al alfonsinismo, pronto advirtieron que, a la manera del karateca consumado, el régimen podía emplear las fuerzas de sus adversarios en provecho propio. Como Videla y los generales en 1983, Alfonsín y el radicalismo debieron resignarse al descrédito para permitir que el régimen se perpetuara recurriendo ahora a la figura de Menem.

Lo que sigue es historia conocida. El menemismo llevó a su máxima expresión el programa antinacional y antipopular de sus antecesores. Al mismo tiempo, convirtió al justicialismo en una herramienta al servicio de los enemigos de Perón y Evita. Pero también a Menem le llegó la hora del ocaso, y su figura corrió la misma suerte que la de Videla o Alfonsín. Para reoxigenarse y reponerse de la crisis de representatividad que lo afecta, el régimen hizo de Menem el paradigma del Mal. Votar a Kirchner para votar contra Menem no es votar contra el régimen. Es votar por el régimen cambiando de figuritas.

- ¿Usted cree que quienes votaron por Kirchner y quienes pensaban hacerlo en la segunda vuelta querían avalar al régimen?

- Es que en este punto está contenida la trampa electoral. Las elecciones fueron pergeñadas para que la gente pudiera darse el gusto de repudiar al máximo exponente de un régimen que arruinó el país y hambreó a los trabajadores sin que las consecuencias de ese repudio afectaran al propio régimen.

- Coincidiendo con la necesidad de construir una alternativa nacional y popular, algunos sectores procedentes de la Izquierda Nacional acompañaron a Rodríguez Saá.

- Esperamos ansiosos que esos sectores que usted menciona hagan su autocrítica y nos den una explicación del fracaso del adolfismo. Yo le daré mi punto de vista. Los levantamientos del 19 y 20 de diciembre de 2001 generaron una situación inédita en la Argentina de los últimos 20 años. Las instituciones del régimen, en su conjunto, se sumergieron en la crisis más profunda de que se tenga memoria. Durante los primeros meses de 2002 los políticos partidocráticos no podían salir a la calle sin que su integridad física corriera riesgos. El Congreso estaba vallado. Los bancos se amurallaban para protegerse de los ahorristas enfurecidos. Miles de personas se concentraban semanalmente frente a los Tribunales para exigir la renuncia de la Corte. Los vecinos se reunían en las esquinas de cada barrio y organizaban asambleas multitudinarias en Parque Centenario. Los piqueteros ganaban las calles y, también, la adhesión de comerciantes y de la clase media en general. Al mismo tiempo, las distintas fracciones de las clases dominantes se hallaban divididas, disputándose la hegemonía, y sus representantes políticos no terminaban de acordar una salida con los organismos financieros internacionales.

No era una situación revolucionaria, como sostenían distintos grupos de ultraizquierda, pero se podía desembocar en ella si ante la “crisis de hegemonía” –como definió la situación, atemorizado, un ideólogo socialdemócrata- se lograba construir una “alternativa contrahegemónica”.

Esto último suponía levantar un programa alternativo de contenido nacional, popular y revolucionario frente al programa del régimen, que consistía en suturar las heridas políticas reconciliando a “representantes” y “representados” y arreglar con los enviados de Washington algún plan de emergencia. Las medidas concretas de semejante programa alternativo no son un secreto: renacionalización de las empresas privatizadas, control estatal del comercio exterior, no pago de la deuda externa, distribución de las horas de trabajo, etc.

Pero el programa es el método. Presupone la construcción de fuerza política y social para ponerlo en marcha. Dicho en otros términos: ¿cuál es el sujeto político que hará posible la implementación de un programa nacional, popular y antiimperialista? Ese sujeto es el Frente Nacional, algunos de cuyos componentes estaban en la calle, en plena ebullición, desde fines de 2001. Ciertamente, ni la clase obrera ocupada en su conjunto, ni una fracción nacionalista de las fuerzas armadas, se habían hecho presentes. Pero estaban dadas las condiciones para que se sumaran.

En lugar de apoyarse en esta Argentina profunda que se hallaba en ebullición y dotarla de una dirección política, el adolfismo hizo suya la política del gobierno: dejar que se calmaran las aguas y canalizar el descontento por la vía electoral. El propio Moyano hizo público este punto de vista, se llamó a silencio y renunció a su deber elemental de impulsar medidas de fuerza en defensa de un salario cuyo poder adquisitivo se redujo en un 50%. Al dejar que la rebelión popular se agotara en su propia impotencia, el adolfismo prestó un servicio inestimable al régimen que supuestamente quería combatir.

A la bronca activa y militante de comienzos de 2002 le siguió la bronca resignada, pasiva, que terminó esterilizada en la vía electoral. La sonrisa eterna del Adolfo terminó por cansar a sus potenciales electores, y finalmente el régimen consiguió la salida buscada: la opción desesperanzada en las urnas por “el menos malo”.

- Usted dice que la vía electoral esteriliza la protesta. Pero, ¿la democracia no se apoya en las elecciones?

- El fetichismo electoral no tiene nada que ver con la democracia. Hay elecciones y elecciones. En general, las compulsas electorales en los regímenes partidocráticos tienen final cantado. Saldrán victoriosas aquellas fuerzas que cuentan con el respaldo de unas u otras instancias de poder, las que, por cierto, nunca son sometidas al veredicto de las urnas. La democracia adquiere formas históricas concretas que le confieren un contenido social y político determinado, en base al cual deben ser evaluadas.

Fíjese que Duhalde y sus aliados se cuidaron de llamar a elecciones en el instante en que más democráticas hubieran sido: cuando la gente estaba en la calle reclamando que se fueran todos. La salvación del régimen fue más importante que la “democracia” en la que aquel pretende fundarse. Después, volvió a olvidarse de la democracia en su propio partido, para evitar un triunfo menemista en las internas. Si el alza de masas de 2001 y principios de 2002 no hubiera decrecido, los políticos burgueses seguirían apoltronados en el Congreso con la protección policial. Y seguirían cacareando hipócritamente sobre la "democracia", y pergeñando elecciones para el momento en que pudieran ganarlas.

- Quienes apostaron a los piqueteros, las asambleas populares y el “que se vayan todos” fueron las distintas organizaciones de izquierda.

- La izquierda tradicional es en gran parte responsable del fracaso del “que se vayan todos”. Esa consigna, justa y potencialmente revolucionaria, indicaba también los límites de las jornadas de diciembre de 2001 y las tareas pendientes. Ningún régimen cae exclusivamente por sus propias deficiencias. Además, se necesita una alternativa superadora. El “que se vayan todos” reflejaba la crisis del régimen existente, pero no todavía la aparición de esa alternativa. Había que construirla. ¿Qué hizo la izquierda? A un régimen cuya crisis se expresaba en la dispersión centrífuga de las distintas clases y sectores sociales, en la ruptura de los lazos políticos, ideológicos y hasta económicos con las instituciones partidocráticas, le opuso... ¡esa misma dispersión! Es decir, al orden que se desmoronaba, no le opuso un orden alternativo, sino el mero desorden.

Este fue el mejor servicio que pudo prestar la izquierda al régimen: oponer a la estrategia de recomposición partidocrática del régimen una táctica con mucha vocinglería y ninguna estrategia seria de poder. Si la alternativa al régimen era el llamado a un inviable gobierno de piqueteros y asambleístas que impusieran una Asamblea Constituyente, esto significaba que no había alternativa alguna al régimen. No quedaba entonces más remedio que resignarse a esperar las elecciones para votar por el menos malo. Y la propia izquierda, que tanto denunció la trampa electoral y que planteó que estaba en juego la cuestión del poder, terminó devorada por la ingeniería política del duhaldismo y de los norteamericanos.

- Si ni el adolfismo ni la izquierda constituian una alternativa real al régimen que quería relegitimarse por las urnas, ¿cuál era esa alternativa?

- Nosotros lo planteamos desde un primer momento: para que se vayan todos, hay que echarlos. Y para poder echarlos, hay que reconstruir el Frente Nacional uniendo a los patriotas. Esto suponía varias cosas. En primer lugar, no perder de vista que los piqueteros, al ser trabajadores excluidos del circuito productivo, no tenían posibilidades de asestar un golpe decisivo al sistema. Podían cortar una calle, pero no parar la producción. Había, entonces, que dirigirse al movimiento obrero ocupado.

El gran desafío era movilizar al proletariado superando el escollo que constituian tanto las condiciones objetivas de destrucción del aparato productivo y la desocupación, como el freno contrarrevolucionario de la burocracia sindical En segundo lugar, cuando se plantea la cuestión del poder, hay que tener una política hacia las fuerzas armadas. El régimen procuró que el terremoto político y social no afectara la unidad vertical del ejército, manteniéndolo disciplinado tras los altos mandos liberales.

La izquierda cipaya contribuyó con esta política manifestando su oposición a una eventual irrupción de oficiales y suboficiales nacionalistas. En las asambleas barriales, los militantes de la izquierda forzaban pronunciamientos contra Seineldin, y gritaban en las marchas “Seineldin, Seineldin, de la cárcel no salís”. Una verdadera izquierda, nacional y revolucionaria, debía en cambio tender un puente hacia el nacionalismo militar.

- ¿Existe el nacionalismo militar? Y si así fuera, ¿Seineldín es su referente?

- La naturaleza semicolonial de los países latinoamericanos, entre ellos la Argentina, crea las condiciones para la existencia de corrientes nacionalistas en el seno de las fuerzas armadas. Pero la posibilidad que tienen esas corrientes de madurar, cobrar forma y manifestarse depende de múltiples variables. Una de esas variables es que el campo popular supere los prejuicios antimilitaristas de los que se vale el imperialismo para mantener aislados e impotentes a quienes, confluyendo, se constituirían en un factor de poder real. Sin calor popular, el nacionalismo militar degenera en autoritarismo elitista y reaccionario. Sin un brazo armado, el pueblo se condena a la impotencia. Es una política de Frente Nacional la que “produce” ese nacionalismo militar que el pensamiento metafísico y antidialéctico de muchos izquierdistas es incapaz de reconocer en el proceso de su gestación. Todo marxista debería tener presente que la realidad no se reduce sólo a lo que “es”, sino que abarca también a lo que “puede ser” porque está inscripto en el curso posible de un proceso. En cuanto a si Seineldin puede ser el referente de un nacionalismo militar, eso es secundario. Lo decisivo y lamentable es que la izquierda ataca a Seineldín porque teme que pueda llegar a serlo.

- Más allá del análisis, lo cierto es que Kirchner es el presidente y que ha generado ciertas expectativas en algunos sectores. ¿Cuál es la posición de la Izquierda Nacional frente a su gobierno?

- No seremos aguafiestas ni antipáticos sabelotodo encargados de desmoronar las ilusiones de la gente. Pero tampoco renunciaremos a nuestras convicciones montándonos en una aventura sin rumbo cierto. Bienvenidos sean los primeros gestos de Kirchner que han despertado expectativas. Pero revertir el rumbo de degradación que lleva más de veinte años exige mucho más que gestos. Nuestra tarea principal debe ser la construcción de una fuerza política militante socialista, revolucionaria y de Izquierda Nacional.

No renunciaremos a esta tarea para empantanarnos en el seguidismo oportunista. Es probable que durante unos meses el gobierno controle la situación. Pero la crisis irresuelta volverá a agudizarse. La derecha liberal intentará capitalizarla en su beneficio erigiéndose en la única alternativa al progresismo socialdemócrata. Nosotros intentaremos erigir una alternativa de signo opuesto, en el camino de la reconstrucción del Frente Nacional Antiimperialista. Y lo haremos sumergiéndonos de lleno en las luchas por el salario y las reivindicaciones inmediatas que tendrán lugar en el próximo período. Sin un Frente Nacional la Argentina no saldrá del atolladero. Pero sin una Izquierda Nacional, ese Frente estará rengo.

 
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