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A escasos días del 27 de abril sólo un resultado es seguro: la indiferencia de las grandes masas populares respecto de las elecciones y la crisis de credibilidad del conjunto de los viejos y “nuevos” partidos del establishment semicolonial. La descomposición del régimen institucional de la democracia capitalista es manifiesta. Para evitar un escándalo de proporciones el Partido Justicialista, favorito en todas las encuestas, no pudo realizar elecciones internas, y optó por presentar tres candidaturas que ni siquiera sumaran votos en una segunda vuelta. Antes de esto la confrontación de dos listas en la UCR terminó en una guerra de acusaciones de fraude entre los dos contrincantes. Recientemente las elecciones para gobernador en Catamarca debieron ser suspendidas tras el enfrentamiento entre las bandas mafiosas del gobernador Castillo y del senador Barrionuevo; conflicto que dio una nueva oportunidad a la bancada oficialista para probar que el Senado sigue siendo un aguantadero.
Las elecciones no pondrán fin a la crisis de representatividad que alcanza al conjunto de las aparatos institucionales. Por el contrario, la crisis de credibilidad que abarca a los partidos, y envolverá al futuro gobierno, va a profundizarse. La gran burguesía, una de las más reaccionarias de América Latina, no tiene candidato seguro. Menem concita el repudio de la mayor parte de la sociedad, y carece de la fuerza política (y militar) necesaria para imponer el plan represivo que es necesariamente el núcleo básico de su programa económico. A su vez, López Murphy, representante no menos recalcitrante de los círculos tradicionales de los negocios, no tiene arraigo alguno entre las grandes masas populares. La presencia de estas dos candidaturas, que sumadas apenas si alcanzan en las encuestas el 25% de los que declaran que irán a votar, refleja las contradicciones existentes entre las distintas fracciones de las clases dominantes, enfrentadas en relación al reparto de los costos de la crisis que provocó el estallido de la convertibilidad, y respecto al programa estratégico sobre el cual debe recomponerse el bloque del poder. Se trata de una crisis de hegemonía que se revela en la pérdida de influencia ideológica sobre los realineamientos de base popular; influencia que gravitó en la primera mitad de la década menemista y luego, durante la organización de la “oposición” y posterior gobierno de la Alianza.
Pero si la derecha no está en condiciones de imponer una candidatura, tampoco quienes denuncian el “modelo” de los 90’ y su continuación bajo el gobierno de De la Rúa, despiertan confianza alguna entre las más amplias capas sociales. El centroizquierda que se articula en torno a la candidatura de Elisa Carrió y su programa de “capitalismo serio”, es apenas una versión reducida de la Alianza en lo que hace a la capacidad de influir política e ideológicamente sobre la orientación de la clase media. No está mucho mejor el candidato “nacional-progresista” que levanta el oficialismo. Kirchner es el mismo gobernador de Santa Cruz que en los 90’ apoyó la privatización de YPF, y bajo el gobierno de Duhalde se hizo cargo de los reclamos de las petroleras contra el recorte de sus ganancias extraordinarias vía retenciones a la exportación. No menores son los méritos del jefe del “movimiento nacional y popular”, el mismo que durante la década menemista privatizó el banco y el hospital provincial de San Luis, así como la compañía eléctrica a favor del Exxel Group, y fue pionero de la apertura privatista de la enseñanza pública mediante el régimen de “escuelas autogestionadas”, asesorado por la consultora del “nacional y popular” Miguel Angel Broda.
La revolución nacional y el socialismo
Lo cierto es que a pesar de las luchas políticas y sociales que pusieron en crisis el modelo neoliberal y terminaron con el gobierno de la Alianza, el Frente Nacional no ha logrado reorganizar sus líneas ni constituir una dirección confiable para las grandes masas obreras y populares. La burguesía industrial no tiene interés en hacerlo. Por el contrario, sus capas superiores mantienen múltiples y estrechos vínculos con el capital extranjero y, en todo caso, cuando no vende sus empresas, disputa fracciones del mercado interno, pero acuerda en lo fundamental respecto al patrón de acumulación y al ajuste de las reglas de explotación que rigen la relación capital trabajo. La pequeña empresa, más cercana a una expresión de burguesía nacional, carece de una política independiente. El peronismo, a través del cual se expresó en sus mejores momentos la tendencia central del nacionalismo burgués, agotó su ciclo junto con la desaparición de las condiciones históricas que le permitieron al movimiento nacional formular un programa de capitalismo independiente, fundado en el apoyo social de las grandes masas obreras y populares.
En efecto, la fase actual de mundialización del capital y de internacionalización de las cadenas productivas, visible ya en los años 70’, clausuró la posibilidad de que se desarrollen procesos de acumulación en la periferia capitalista sobre la base de equilibrios de clase similares a lo que surgieron en la inmediata posguerra. Desde mediados de esa década y particularmente en los años 80’, apoyadas en la “revolución conservadora” que se expandió a través del eje angloamericano, las corporaciones imperialistas organizaron y dirigieron los procesos de centralización y concentración del capital en el mundo de países atrasados y dependientes, incidiendo decisivamente en la reorganización del bloque de clases dominantes y, simultáneamente, agudizando al extremo los antagonismos de clase. De forma tal, las políticas aperturistas y privatistas del Consenso de Washington polarizaron a las sociedades latinoamericanas, hasta un punto desconocido desde el desenvolvimiento de los ciclos sustitutivos de importaciones a partir de la crisis del 30’ y durante el período de la segunda guerra mundial.
Por lo tanto, hoy la revolución nacional, el programa de tareas nacionales-antiimperialistas, abarca un horizonte político e ideológico más amplio que las décadas del 40’ y del 50’.
Renacionalizar los resortes básicos del patrón de acumulación significa, al mismo tiempo, poner en práctica un programa de ruptura con el orden de la dependencia semicolonial a través de medidas de corte anticapitalista respecto a los núcleos concentrados del gran capital de origen extranjero y nativo. Si la profundización de la revolución nacional en sentido socialista ya era una exigencia en las condiciones históricas que precipitaron la contrarrevolución que en septiembre de 1955 derribó al gobierno popular de Perón, en el presente la apertura de un curso de transición entre las tareas de la revolución nacional y la revolución social, es el punto central de la plataforma estratégica de los trabajadores.
El frente y los trabajadores
Las luchas populares de diciembre de 2001 que terminaron con el gobierno neoliberal de la Alianza, dejaron pendiente de resolución la cuestión fundamental que se sintetizó en la consigna “que se vayan todos”. Diciembre de 2001 reveló la existencia de una crisis de hegemonía en el bloque dominante, pero no alcanzó la profundidad de una situación revolucionaria. La clase media, protagonista central de la movilización que en la noche del 19 de diciembre selló la suerte del régimen entreguista de De la Rúa, no podía sustituir el papel directivo de los trabajadores. Sin esa presencia hegemónica, articulando un frente de todas las clases y fracciones sociales dispuestas a levantarse contra el orden de dominación y explotación existente, la lucha no podía ir más lejos. Era inevitable que las asambleas barriales perdieran fuerza y que el movimiento piquetero se viera obligado a librar batallas defensivas. Sin embargo el reflujo, que entre otras manifestaciones se expresa en el hecho de que en la Capital las candidatura de Macri en el orden local y la de López Murphy en el orden nacional, sean las que más han crecido, es transitorio. El reinicio del movimiento de huelgas obreras, tras la brutal devaluación contra el salario y a favor de la burguesía exportadora, ya ha comenzado. Entre la clase media, a su vez, el descontento no ha desparecido y la crisis de representatividad que se profundizará a poco de el próximo gobierno ponga en práctica su verdadero programa, creará nuevas condiciones para ampliar el frente de las luchas democráticas, nacionales y de clase. Junto a estas condiciones, un Frente Nacional Antiimperialista organizado a partir de las batallas obreras y populares y encabezado por los trabajadores, reiniciará en un nuevo nivel la movilización de masas que puso en jaque al régimen neoliberal en las jornadas de diciembre de 2001.
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