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La guerra que desató Estados Unidos contra Irak marca el intento de imponer, sin limitación alguna, un “big stick” con alta tecnología para la destrucción y la muerte, ya no sobre América Latina, sino sobre el mundo semicolonial periférico en su totalidad.
Atravesamos la mayor crisis capitalista que se ha conocido, caracterizada por el desequilibrio entre le capital asignado a la producción y el capital financiero, cuya hipertrofia desembocó en extremo parasitismo, e introdujo cambios cualitativos en el modo de apropiación y acumulación.
Bajo el paraguas de la globalización, la polarización social se hace intensa en la periferia, pero avanza también en el Primer Mundo y se ha generado un grado de desempleo abierto, empleo precario y marginalización, cuya reabsorción no parece posible en el actual estadio del sistema, lo que profundiza contradicciones y antagonismos que consolidan la necesidad de las clases dominantes de recurrir a la represión y a las soluciones de fuerza.
A nivel mundial, la cuestión se ha planteado como necesidad de expansión imperialista urgida por la amenaza del descenso de la tasa de la ganancia, propia del desempleo y la exclusión social que restringen la masividad del consumo, en el mismo momento en que la revolución tecnológica (tercer revolución industrial) elevó sideralmente la productividad hora/hombre – mujer y en que el capital aplicado a la producción es, en parte considerable, “ expropiado” por el sobredesarrollado capital parásito financiero, en sus formas más puras y especulativas.
La urgencia de la expansión imperialista (o del capitalismo de mayor desarrollo) favorece el proceso de militarización que asola al mundo.
La delantera le cupo objetivamente a los Estados Unidos, vencedor sin daño grave en la Segunda Guerra interimperialista, que concluyó en Europa en mayo de 1945 y en el Japón de 1946 con la aniquilación atómica de Hiroshima y Nagasaki.
Debieron transcurrir algunas décadas hasta el comienzo del ciclo en que la situación objetiva encontró una conciencia y una expresión subjetiva.
Sucedieron hechos a lo largo de tres décadas: el plan Marshall para reconstruir Europa, los ingentes negocios en Japón, la guerra de Corea y la de Vietnam, depredación en Guatemala (1954), en Bahía de los Cochinos (1962), golpe de estado mediante el asesinato de Kennedy (1963), “coexistencia pacífica” con la burocracia soviética contrarrevolucionaria (o thermidoriana), guerra de descolonización en Asia y África, con revoluciones como las de Egipto, Argelia, Libia e Irán, movimientos nacionales y populares en América Latina y su reconversión o aplastamiento (Perón, Allende...), asesinato de Lumumba en el Congo Belga, agresión a Somalía y Panamá, dictaduras por democracias, “democracias” por dictaduras, Tatcher y Reagan como formalización de la política imperialista posterior a la post – guerra, caída del Muro de Berlín, disolución del cascarón residual de la Unión Soviética, largamente prostituida por la “nomenklatura” stalinista. Y muchos más. Apelo a vuestra memoria.
Bush y el eje del mal
Al finalizar los mandatos de Clinton, con el índice Dow Jones, de papeles transados en Wall Street, por arriba de once mil puntos, y el Nasquadt de las tecnológicas en una inflada burbuja, los republicanos levantaron la candidatura de “Bush junior”, hijo del primer depredador de Irak en 1991.
Ya se perfilaban los síntomas de la declinación de la economía norteamericana, del ritmo decreciente de la revolución tecnológica, del debilitamiento del empleo y el aumento de su precariedad, esto último consecuencia directa de la globalización, que facilitó el desplazamiento de industrias a la periferia, tras el noble objetivo burgués de beneficiarse con los salarios de hambre del mundo del atraso.
El sistema de Colegio Electoral, que otorga proporcionalmente mayor representación a los estados vacíos de población más el fraude en Florida, capitaneado por el hermano Jeb, otorgó a Bush la presidencia, previa sacrosanta sanción de la Corte Suprema, en una elección donde obtuvo oficialmente 500.000 votos menos que su rival demócrata.
Así llega al poder de la primer potencia militar del planeta, representando a los sectores relativamente atrasados del interior agrícola ganadero, a la derecha cristiana de iglesias protestantes y pastores electrónicos que se autoasignan una misión violentamente evangelizadora, misil al hombro, al pool petrolero, a las corporaciones que defraudan con balances inflados a la masa de “ cortadores de cupones” y a los detentadores de riquezas ostentosas que “percibieron” la ofrenda de una drástica reducción de impuestos que deteriora los sistemas jubilatorios y de salud pública y reinstaló enormes quebrantos presupuestarios. Esto torna vital para E.E.U.U. un rol hegemónico que vuelque hacia ellos corrientes de capitales líquidos de cualquier procedencia, en busca de refugio en el país capitalista con mayor presupuesto militar y en las tasas de interés con que deberán enjugar los déficits autogenerados por su propia rapaz burguesía.
Luego de que el índice Dow Jones se desbarrancó hacia los 8.800 puntos de hoy y estalló la burbuja tecnológica del Nasquadt, pues el capital variable se recuperó frente al capital constante, en un nuevo equilibrio definido por la ruindad del precio del tiempo de trabajo de los obreros de extramuros de la metrópolis dominante, Bush organizó su equipo de halcones laicos y religiosos, fuente de superganancias del complejo industrial-militar.
Los halcones laicos y los misioneros de misil orientaron a Bush hacia la guerra virtual o efectiva contra el terrorismo, que reemplazó como enemigo a la inexistente Unión Soviética. Este nuevo enemigo, organizaciones de combate popular en origen, se fue corporizando en el discurso de los pastores sanguinarios, articulados con las apetencias de la burguesía imperial y dispuestos a imponer un nuevo Reich de mil años, bajo la forma de países o naciones terroristas. Se dice, y a veces con razón, que las coyunturas históricas críticas “fabrican” líderes referenciales, encarnaciones de intereses sociales. Este Bush, según se dice en la prensa internacional rescatado del alcoholismo por su adhesión a una feligresía de protestantismo riguroso, abrazó con pasión la idea de un “eje del mal” que amenaza al mundo, en primer término a los Estados Unidos, señalados desde lo alto para salvarlo de la pretensiones de las mayoría empobrecida, miserable y brutal, que se identifica fácilmente por su resistencia a adaptarse a la indigencia y por su incomprensión respecto de la democracia norteamericana y el “american way of life”, insuperado estilo de vida.
Los incidentes bien aprovechados
La voladura de las Torres Gemelas proporcionó la excusa necesaria, haya sido o no una obra de Al Qaida.
El fuego se abatió sobre Afganistán y a la brevedad se proclamó la victoria. ¿Importa que la guerra continúe si la CNN no la registra?
Pero las urgencias de expansión de la burguesía imperialista continúan, y se manifiestan a través de los núcleos que imponen su impronta al gobierno norteamericano en una reedición del nazismo en la nación “modelo” de la democracia burguesa, que después de las “Torres” ha conocido impensadas restricciones a la libertad individual y violaciones groseras como procesos secretos, sin contacto entre procesados y defensor legal.
Después de Afganistán, Irak fue el elegido, petróleo mediante, como la marca siguiente en la cacha del Colt del cowboy místico y como nueva colonia de la burguesía norteamericana.
La criminalidad de la agresión no es mayor que otras de las clases dominantes a través de la historia humana; los medios militares empleados están dotados de una crueldad instantánea y aséptica, pero el resultado es como siempre la muerte del oprimido que reniega de su condición.
El pueblo iraquí y sus combatientes fueron constituidos por la historia en ejemplo de patriotismo popular, tal como el que legaron nuestros gauchos con Güemes.
Su terrible sacrificio permite extraer lecciones que las mayorías expoliadas del mundo deberán aplicar no sólo para enfrentar a la burguesía imperialista, sino finalmente derrotarla y transformar la sociedad humana.
Su combate solitario termina en una heroica derrota que llama a la unidad de los pueblos contra el imperialismo, al combate común y solidario, a la reconstitución de las naciones balcanizadas, a la liquidación de los gobiernos títeres y venales.
Pues no es Irak la última hazaña. Vienen por el mundo, apoyados abiertamente por Gran Bretaña y a regañadientes por Europa, que aceptarán la porción que se les conceda.
Irak puede exhibir el orgullo de haber sido capaz de demostrar que ha sido aniquilado sin rendirse, por no existir en la práctica el apoyo activo y combatiente de la mayoría sojuzgada, mediatizada y contenida por sus propios gobiernos claudicantes o traidores.
La revolución popular contra cada uno de ellos es un paso necesario hacia la única posibilidad de victoria, aún en términos militares y guerreros: la unidad mundial activa y militante de todos los pueblos y naciones sometidas.
El amenazante señor Bush, que espera que todos aprendan la lección de Irak y retrograden a la barbarie, convoca a una confrontación abierta en cada nación por su liberación y a la unidad mundial de las naciones liberadas en un frente común por la libertad que reside en el socialismo.
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