AMERICA LATINA / ARGENTINA | Artículo de febrero de 2003
Las peleas en el Justicialismo
reflejan la crisis que corroe al régimen partidocrático
Gabino Correa
 

Ni Menem ni Duhalde, hasta ayer socios y hoy enfrentados en tanto que representan diferentes fracciones de la rosca oligárquico-imperialista que maneja el país, tienen algo que ver con el nacionalismo popular del peronismo histórico. Los piqueteros siguen en pié de lucha mientras esperan el auxilio de dos protagonistas centrales: la clase obrera industrial y las corrientes nacionalistas de las fuerzas armadas. El combate decisivo no se librará en las urnas sino en las fábricas, los cuarteles y en las calles. Hay que prepararse uniendo a los patriotas en un Frente Nacional y Antiimperialista.

Transcurrido más de un año desde las jornadas del 19 y 20 de diciembre que tumbaron al gobierno radical-frepasista de Fernando de la Rúa y pusieron al desnudo la irrepresentatividad del régimen partidocrático, la crisis abierta está lejos de haberse resuelto. Tras el bochornoso espectáculo ofrecido por las internas de la UCR, signadas por el fraude indisimulado, la manipulación de los padrones y la renuncia final de la conducción partidaria, llegó el turno del Partido Justicialista.

En condiciones normales, el congreso nacional partidario debería fijar los mecanismos que permitieran designar al candidato presidencial. Pero las condiciones distan de ser las normales. Ni Carlos Menem, ni Rodríguez Saá, ni Néstor Kirchner renunciarían a sus ambiciones presidencialistas sometiéndose disciplinadamente a las decisiones de los cuerpos orgánicos de un partido descuartizado por camarillas que sólo tienen en común el abandono de las banderas históricas del peronismo de Perón y Evita. El justicialismo no tendrá un candidato en las elecciones del 27 de abril. Tendrá, por lo menos, tres. Pero, a diferencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde la Trinidad se sintetiza en la figura de un Dios Unico y Todopoderoso, la trinidad justicialista expresa la descomposición del monoteísmo partidario y la fuga de los apóstoles en direcciones tan disímiles como inciertas. Al tener tres candidatos, el Partido Justicialista no tiene ninguno.

Peronismo y justicialismo

En 1995, cuando Menem ya se había revelado como el Caballo de Troya infiltrado por el imperialismo en el campo popular y cuando todavía contaba con el apoyo de la mayor parte de los dirigentes que ahora le dan la espalda –empezando por Duhalde y siguiendo por Felipe Solá, Kirchner y hasta “El Adolfo”-, los intelectuales “progresistas” que pueblan la universidad pública estaban enfrascados en una discusión de carácter más político que académico: ¿era el menemismo diferenciable del peronismo?, ¿o constituía, más bien, sólo un momento dentro de un continuum que emerge hacia 1945 y no tiene final a la vista? La respuesta que daban al interrogante era la que cabía esperar de esa clase de gente: entre Perón y Menem existe una continuidad natural que está dada por la común adhesión a una “subcultura política” hostil a la democracia y de carácter autoritario y “populista”. Ciertamente, los profesores reconocían que entre el nacionalismo económico de Perón y el neoliberalismo salvaje de Menem existen pocos puntos de encuentro. Pero no es un programa económico o social lo distintivo del peronismo, decían. El programa depende de condiciones ajenas al gobernante de turno, de una “agenda” impuesta por los condicionamientos objetivos de la “economía moderna”. La identidad de fondo entre Perón y Menem derivaría de una particular “forma de hacer política”, del menosprecio de las prolijidades institucionales y la democracia representativa.

El resultado práctico de semejante análisis es historia conocida. Los profesores se convirtieron en fogoneros de la alianza “progresista” que llevó a De la Rúa al gobierno para darle continuidad a la “agenda económica” pero adornándola con el ropaje de la “ética” y la “transparencia”. Antes de que los profesores tuvieran tiempo de revisar sus peregrinas ideas, la gente ya había salido a la calle y De la Rúa abandonaba la Casa Rosada hundido para siempre en el descrédito. La realidad desmentía las abstracciones profesorales: en política, como en muchas otras cosas de la vida, el contenido prima sobre las formas. No es el “estilo” de un gobierno el que determina su naturaleza sino su naturaleza la que determina el “estilo”. Pretender buscar identidades y diferencias entre Perón y Menem a partir de los guiños discursivos de uno y otro o de las superestructuras político-jurídicas constituye un error metodológico. Ello sin perjuicio de que el equívoco profesoral no es sólo metodológico sino también sustantivo: es decididamente falso que el peronismo histórico haya menospreciado la democracia.

¿Qué fue el peronismo?

A la luz del debate acerca de la continuidad o ruptura entre peronismo y menemismo puede comprenderse mejor la situación actual de un justicialismo que según algunos está virtualmente fracturado y según otros se halla inmerso en un proceso de renovación.

A mediados de la década del 40 Perón irrumpió en la política argentina como emergente de un conjunto de clases y sectores sociales que habían ido madurando en el período inmediatamente anterior. Las condiciones generadas por la crisis del capitalismo y la segunda guerra imperialista habían favorecido la aparición de una industria autóctona y el crecimiento de un proletariado que modificaba visiblemente la estructura social del país. Pero la traducción al terreno político de esta nueva situación se hallaba obstaculizada por la supervivencia del viejo país agrario y su correspondiente manifestación superestructural tanto en la esfera de las instituciones jurídico-políticas como en la de la ideología. Ni los partidos políticos tradicionales, ni los sindicatos, ni los medios de prensa eran capaces de expresar lo nuevo que pugnaba por abrirse paso en medio de lo viejo que se resistía a morir. El golpe militar de 1943 y la aparición en escena de la nueva clase obrera en 1945 imprimieron un giro a la situación. Nacía el peronismo. Pero, ¿qué era exactamente esta nueva fuerza política? ¿Cuál era su naturaleza?

El peronismo no era la versión criolla del nazismo o del fascismo, como todavía creen los políticos pequeñoburgueses de la izquierda y la derecha coloniales. Era, por el contrario, un movimiento en cuya cima se situaba un caudillo que sintetizaba en su persona al bloque de clases y sectores sociales interesados en desenvolver una suerte de capitalismo autocentrado a partir del control del aparato estatal. La heterogeneidad de este bloque, en el que convivían la clase obrera y porciones de la burguesía nacional, obligaba al caudillo a arbitrar entre sus componentes reservándose la última palabra. El marxismo llamó “bonapartismos” a esta clase de movimientos que, en los países semicoloniales, adquirían un carácter progresista en tanto se enfrentaban con mayor o menor profundidad al imperialismo. Para llevar adelante su programa de capitalismo nacional, Perón podía apoyarse en el movimiento obrero, pero no así en la propia burguesía que, aunque se beneficiaba con su política, le daba la espalda. Esto le confirió un carácter singular al proceso. La debilidad de la burguesía nacional, y su reticencia a sumarse al peronismo, obligó a Perón a buscar un contrapeso de la clase obrera en los cuadros de las fuerzas armadas. Estas últimas ocuparon entonces el lugar vacante de una burguesía demasiado enclenque, oficiando como sus mejores intérpretes. La clase obrera, encuadrada en poderosos sindicatos de masas bajo control estatal, proporcionó la energía que necesitaba el proceso en curso. La Argentina manejó sus recursos naturales, desenvolvió un aparato productivo propio, orientó el crédito en función de sus intereses nacionales e impidió a través del IAPI y otros mecanismos que los frutos del trabajo se fugaran al exterior.

La “alvearización” del peronismo

Cincuenta años más tarde, cambió el país y cambió el peronismo. Aquella burguesía nacional nucleada en la CGE y que tuvo en Miranda a su representante cedió terreno ante los grupos económicos locales articulados con el capital extranjero. Las fuerzas armadas fueron purgadas de sus mejores cuadros y quedaron bajo el control de unos altos mandos que hoy se escudan en el “profesionalismo” para servir como ultima ratio del orden semicolonial. La reconversión del aparato productivo asestó un duro golpe al peso relativo del movimiento obrero, y la crisis económica, traducida en la expulsión del mercado laboral, debilitó su espíritu combativo. Las mutaciones operadas en el subsuelo de la sociedad argentina debían manifestarse necesariamente en la superestructura política. Erosionadas sus bases sociales, el peronismo se vació de contenido sobreviviendo como un cascarón vacío susceptible de desempeñar un papel de signo contrario al de sus orígenes, integrado ahora al juego de la democracia colonial. Se “alvearizó”, para decirlo con un término que indicó en su momento la integración al régimen del radicalismo yrigoyenista en los años treinta.

Sin embargo, la política no es sólo el reflejo pasivo de los procesos económico-sociales. También acciona sobre ellos siendo capaz de profundizar su curso o modificarlo. La conversión del peronismo en una estructura más del régimen partidocrático le quitó la capacidad de expresar tanto a las franjas más sumergidas de la población como a las necesidades más profundas de emancipación nacional y social. Muerto Perón, sus epígonos nada quisieron saber de la lucha antiimperialista y la revolución nacional pendiente. Olvidaron todo lo que alguna vez habían aprendido, si es que lo habían aprendido, y se pusieron al servicio de los mismos intereses contra los que Perón se había alzado en un tiempo que ya parece remoto. Siendo el efecto de factores objetivos, fueron también la causa que contribuyó a agudizarlos.

¿Se fractura el justicialismo?

Es en el marco de la crisis del régimen partidocrático y del modelo económico que aquel vehiculizó en los últimos veinte años, donde cobran significado las disputas intentinas del justicialismo. Las jornadas del 19 y 20 de diciembre dejaron al descubierto la crisis de representatividad que afecta a la sociedad argentina. Esto significa que las fuerzas políticas actuantes han perdido consenso y se ha abierto una profunda grieta entre representantes y representados. Pero esta crisis de representatividad es sólo el aspecto más visible de una crisis de hegemonía: son las clases dominantes las que ya no pueden imponer su programa con la aquiescencia de las clases subalternas. La sumisión a la usura mundial, la entrega del patrimonio nacional, los ajustes salariales, la destrucción de la salud y la educación públicas, la apertura de la economía, etc. han llevado al país a la quiebra, y sus efectos no se dejan sentir sólo entre el 50% de compatriotas sumergidos en la pobreza. La magnitud de la crisis económica y social es tal, que la propia rosca oligárquico-imperialista ha experimentado un sacudimiento que transitoriamente resiente su unidad interna. Los partidarios de la convertibilidad perdieron la batalla frente a los devaluacionistas. Imperialistas yanquis y europeos defienden con saña los espacios conquistados en estos años. Los monopolios exportadores reclaman un dólar sobrevaluado, las privatizadas exigen un aumento de tarifas, la banca extranjera avanza sobre lo que queda de la pública. Cada fracción tiene sus lobbystas en el sitio adecuado y prepara sus candidatos para el 27 de abril. Pero la crisis de representatividad no ha dejado en pié más que a la estructura justicialista. El radicalismo ha sido devorado, el Frepaso se desvaneció como una ilusión y el cavallismo –expresado ahora por López Murphy- siempre se ha parecido más a una gestoría de negocios que a un partido político. La rosca oligárquico-imperialista va en busca de los candidatos allí donde ellos se encuentran: en el Partido Justicialista.

Mientras el modelo neoliberal gozaba de buena salud, el justicialismo permaneció unificado bajo la conducción menemista. Pero una vez que el estallido del 2001 fraccionó al bloque dominante, se resintió también la unidad menemista. Mientras el ex presidente sigue apegado a quienes sueñan con la re-dolarización y la adhesión al ALCA, el duhaldismo se aferra a las fracciones devaluacionistas y exportadoras de las clases dominantes. Menem tiene su vocero en Ambito Financiero, y Duhalde en el multimedios Clarín. Tal es el secreto de la fractura en el justicialismo.

Para que se vayan todos, hay que echarlos

La conversión del justicialismo en un perrito faldero de la rosca oligárquico-imperialista ha dejado huérfanos de representación política a las clases y sectores sociales en los que está depositada la posibilidad de imprimir un cambio en la situación y retomar el rumbo de la revolución nacional y la emancipación social. El repudio de las franjas más plebeyas de la clase media al régimen partidocrático y la insurgencia piquetera que no decrece, alcanzaron para generar un impasse con final todavía abierto. Pero la correlación de fuerzas no podrá modificarse en favor del campo nacional-popular si no intervienen dos protagonistas que han permanecido en silencio. Uno de ellos es el proletariado industrial. El otro son las fuerzas armadas.

El año que se inicia será decisivo. No serán los comicios programados los que resolverán la crisis en curso. No es en la arena electoral donde se librará la pelea de fondo. Serán las luchas por el salario que se avecinan, cuyo efecto será poner en movimiento a un gigante dormido, las que se tornen decisivas para completar la tarea iniciada el 19 y 20 de diciembre. El proletariado fabril, golpeado por la recesión y adormecido por la ausencia de dirección política y la defección de una burocracia sindical corrupta e impotente, debe retomar su tradición combativa golpeando donde más duele: en las unidades productivas en las que se asienta el régimen capitalista. Al hacerlo, potenciarán la fuerza de sus hermanos desocupados y de la clase media que animó las asambleas barriales. Estos sectores, sumados a las corrientes nacionales de las fuerzas armadas que recogen la tradición sanmartiniana y malvinista, son los únicos que pueden torcer la historia devolviéndole al país la dignidad perdida.

Por eso, para que se vayan todos hay que echarlos uniendo a los patriotas en un Frente Nacional y Antiimperialista. Hay que construir desde ahora mismo al sujeto político capaz de retomar el camino del nacionalismo económico, la justicia social y la soberanía nacional.

 
En esta edicion
DE JUAN D. PERÓN A NESTOR KIRCHNER
Osvaldo Calello | El presidente Kirchner declaró recientemenste que el día del pago de la deuda al Fondo Monetario “lloraba en silencio porque terminaron las ataduras”. Ese día de enero pasado el país desembolsó 10.000 millones de dólares y saldó, de una vez, los compromisos pendientes con la institución que representa los intereses de la usura internacional. Al parecer Kirchner lloraba en silencio una vez ejecutada la decisión. Sin duda debería haberlo hecho, aunque no por las razones aludidas.
 
PABLO RIVERA | El poder nunca es individual, todo poder tiene una base social sobre la cual apoyarse. El individuo que lo ejerce, ya sea un monarca o un presidente es sólo la cabeza visible, la personificación del poder. Si el rey se muere se lo sustituye por otro rey, pero el feudalismo no desaparece. Entonces, para saber quién tiene el poder político, hay que ver qué intereses están detrás de éste, en otras palabras, hay que  buscar sus bases sociales.
 
MARIELA GARCIA | El documento del Ministerio sostiene que “la nueva ley debe reafirmar muchos de los fines y principios ya acordados (...) y avanzar hacia nuevos principios orientadores de la educación pública nacional hacia el futuro". Los fundamentos de esos "nuevos" principios, que el documento escamotea al debate, son indiscutiblemente los del Banco Mundial: una educación con fecha de vencimiento; una educación al servicio del mercado mundial.
 
JOAQUÍN FONT  | El Ingreso Ciudadano o Renta Básica es “un ingreso pagado por el Estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quien conviva”.
a
 
Web Anterior
AMÉRICA LATINA
MARXISMO LATINOAMERICANO
LOS 70: PERONISMO E IN
DECLARACIONES DEL FORO
LECTURAS RECOMENDADAS
separador
 
 
El contenido de esta página es de libre circulación mencionando la fuente
Ir al la página Principal de la IN Ver Principal web Anterior