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- Artículo cargado el 06/10/2008 - 15:11
Auge y decadencia del antiimperialismo en Argentina
Jorge Santiago Miranda
El 17 de octubre de 1945 resulta la fecha fundacional de un proceso de ascenso de los sectores populares en Argentina que es brutalmente clausurado con el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976. Este proceso, marcado por la aparición de la clase obrera organizada como actor político decisivo, será encauzado dentro del movimiento peronista, el cual, representó un frente de conciliación de clases que perseguía reivindicaciones de carácter democrático-burgués.
La composición de este frente, el peronismo, lleva a la confluencia de lo que la Izquierda Nacional ha denominado alianza plebeya (un vasto conjunto de formaciones proletarias y semiproletarias de la realidad argentina que actúan coordinadamente con los sectores desclasados y la capa más empobrecida de la pequeña burguesía) con un sector de una incipiente burguesía industrial, surgida del proceso de substitución de importaciones, pero que no se limita a estos dos componentes sino que incluye sectores que responden a la persistencia de formaciones sociales arcaicas devenidas de la falta de desarrollo de las fuerzas productivas en 1945.
Esta particular composición del peronismo lleva a que hacia su interior se produzca la confluencia entre las ideas nacionalistas y las ideas revolucionarias, las cuales resultan sintetizadas por una conducción de carácter democrático-burgués que estratégicamente necesita de un desarrollo autónomo de las fuerzas productivas y, para ello, se apoya en la clase obrera argentina en la disputa que plantea frente a los sectores tradicionalmente dominantes, es decir, la oligarquía terrateniente y la adinerada burguesía comercial, partícipe necesario del carácter semicolonial de nuestra economía.
Dicho marco ocasiona un proceso de auge del antiimperialismo en Argentina, donde la conducción democrático-burguesa del proceso, dadas sus propias necesidades objetivas, apoya y fomenta el desarrollo de un síntesis entre la izquierda y el nacionalismo como base doctrinaria para la transformación de la estructura económica argentina desde la formación semicolonial a una forma autónoma de industrialismo. Sin embargo, el frente de concialiación de clases comienza a entrar en crisis ante el cambio de las condiciones objetivos a primeros de la década de 1950.
En primer lugar, se produce un agotamiento de las reservas económicas que habían sostenido materialmente la política de conciliación de clases, lo cual se complementa con la aparición de un ciclo recesivo, agravado por la persistencia de la base agraria como actividad económica fundamental, que tiende a realentizar el proceso de industrialización, entrando en lo que se suele denominar “repliegue económico del peronismo”, caracterizado por el abandono de los lineamientos promovidos por Miguel Miranda. En segundo lugar, se produce la salida de la crisis de parte del bloque imperialista, Plan Marshall mediante, tras la 2da Guerra Mundial, recomponiéndose y significando un obstáculo objetivo a los procesos de autonomía política-económica que surgieron en las semicolonias durante la década de 1940.
Tal situación lleva a un lento pero inexorable resquebrajamiento del Frente surgido el 17 de octubre de 1945, al irse profundizándose las contradicciones entre la conducción democrático-burguesa, que en adelante sólo intentará renegociar su participación dentro del bloque dominante, y su base social hegemonizada por la clase obrera, que comienza a presionar por formas de socialización más profundas de los poderes políticos y económicos. En los hechos se produce un desplazamiento en la dirección del peronismo de los exponentes más proclives con un desarrollo revolucionario, caso concreto de Domingo Mercante, Miguel Miranda o John William Cooke, remplazándolos por elementos mucho más proclives a los tintes tibiamente reformistas que casi sin obstáculos, sobre todo tras la muerte de María Eva Duarte, tomaba el gobierno de Juan Domingo Perón. Sin embargo, la solidificación de la clase obrera en una central gremial masiva, fuerte y combativa, marcará un refreno para la defección y entrega que inexorablemente perseguía la conducción democrático-burguesa.
Así, durante los tres años del segundo gobierno de Perón, el Frente Nacional se mantendrá a pesar de haberse roto objetivamente la posibilidad de una política de conciliación de clases hacia su interior, marcando una situación de titubeo permanente entre el afán traidor de la conducción democrático-burguesa y la presión revolucionaria de su base social hegemonizada por la clase obrera organizada.
El golpe de 1955 y crisis del antiimperialismo
Los últimos tres meses del gobierno de Juan Domingo Perón son la clara expresión de las profundas contradicciones que se habían apoderado del movimiento peronista. Tras el bombardeo de la Plaza de Mayo, el 16 de junio de 1955, se torna evidente que la conducción democrático-burguesa intentaba una salida negociada con las fuerzas reaccionarias, mientras la base social hegemonizada por la clase obrera presionaba por el salto cualitativo del proceso hacia una profundización de carácter embrionariamente socialista.
La renuncia de Juan Domingo Perón ante la casi fracasada intentona golpista del 16 de septiembre de 1955 marca el “paso al costado” de la conducción democrático-burguesa ante su imposibilidad objetiva de resolver en favor del bloque dominante las contradicciones abiertas dentro de la formación social argentina. La traición de la conducción democrático-burguesa marca un proceso de crisis del antiimperialismo argentino, ya que el abandono hecho por Perón y la indecisión de las conducciones intermedias deja a los sectores nacionales y a la clase obrera virtualmente desamparados frente a la restauración del bloque dominante, bloque del que ahora participaría sin tapujos la burguesía industrial forjada con el proceso de substitución de importaciones.
Fuerzas de igual entidad a las que habían llevado a que en el proceso 1945-1955 se diera la confluencia hacia el interior del peronismo de las corrientes políticas nacionalistas y de izquierda, forjando una profunda conciencia antiimperialista en el Frente Nacional, operan ahora en la dispersión del antiimperialismo, dispersión que se pagará muy caro veinte años más tarde.
Si bien, en términos generales, en un primer momento, todas las expresiones del antiimperialismo tienden a adherir, con mayor o menor intensidad, al incipiente proceso de resistencia peronista, el recuerdo de la defección del 55 y las permanentes marchas y contramarchas de su dirección democrático-burguesa, llevará a una profundización de diferencias originalmente secundarias entre las distintas vertientes antiimperialistas.
Paulatinamente irán surgiendo expresiones que tomarán distinto grados de distancia ante el peronismo (Izquierda Nacional, Irigoyenismo Intransigente, FAR, PRT, etc.), al cual, con distinta intensidad y tácticas, comenzarán a discutir el rol hegemónico dentro del Frente Nacional, criticando el carácter reformista y democrático-burgués de la conducción peronista. A este desarrollo de fuerzas paralelas al peronismo, se corresponde un resquebrajamiento también hacia el interior de ese movimiento entre quienes sostenían la hipótesis de que la reconstrucción del frente de conciliación de clases de 1945 era posible y quienes sostenían, por el contrario, que ese frente se hallaba fenecido objetivamente y el peronismo debía avanzar hacia una conducción social revolucionaria, sector que, a su vez, también se dividía entre quienes buscaban darle a esa conducción un carácter vanguardista (Montoneros) y quienes sostenían la necesidad de su carácter clasista (CGT de los Argentinos).
No obstante esta crisis, el antiimperialismo logra mantener cierto grado de unidad de acción ante la restauración del bloque dominante, generando un rica experiencia de resistencia popular durante 18 años que llevará en 1973 al intento de restauración del proceso nacional-popular truncado en 1955.
La restauración de 1973 y el desmembramiento del antiimperialismo
La breve presidencia de Cámpora y el tercer gobierno de Perón, hasta su muerte el 1º de julio de 1974, marcan un intento de restaurar el proceso nacional-popular truncado en 1955 y no mucho más que ello, por lo cual, su resultado no podía ser otro que el dramático fracaso en que terminó.
En concreto, 1973 marca un repliegue del bloque dominante ante una profundización de las condiciones revolucionarias devenida del auge de la movilización popular tras el Rosariazo y el Cordobazo, y cimentada en la experiencia organizativa de 18 años de resistencia ante la reacción proimperialista. El intento de 1973 corresponde a un intento de tipo bonapartista que entrega el gobierno a la conducción democrática-burguesa del peronismo, que ya había claudicado en 1955, como elemento para profundizar las diferencias entre las diversas corrientes antiimperialista y desactivar, así, cualquier intento de unidad efectiva entre ellas.
Perón retoma ahistóricamente aquello que a principios de la década de 1950 ya era imposible, la política de conciliación de clases expresada por la Comunidad Organizada, es decir, un programa democrático-burgués cuando no existe burguesía alguna que adhiera a él. Perón, ni tan siquiera, puede contar con una clase obrera unificada, sino que el sindicalismo argentino se encontraba profundamente dividido entre quienes de una u otra manera buscaban la subordinación de la clase obrera a la dirección democrático-burguesa (Vandor, Rucci, etc.) y quienes por el contrario sostenían que ésta debía ser la conducción del Frente Nacional (CGT de los Argentinos, sindicalismo clasista, etc.).
Esta división de la clase obrera se correspondía a la suerte de reflejo que los sectores más cercanos a posturas revolucionarias del FREJULI gobernante tenían fuera de él. Así, a las expresiones que mantenían el carácter democrático-burgués pero buscaban una cierta profundización socialista al estilo chileno, como el “camporismo”, se correspondía, por fuera del FREJULI, la APR direccionada por el Irigoyenismo Intransigente de Alende. También, a las expresiones que buscaban, dentro del FREJULI, el desarrollo de un partido autónomo de la clase obrera, tal los posicionamientos de las FAR, por fuera se le correspondía la propuesta del PRT. La restauración de 1973 no hacía nada por subsanar las contradicciones secundarias entre estas corrientes, por el contrario, las profundizaba dando la dirección del proceso a los mismos que lo habían traicionado en 1955.
El desastre para el antiimperialismo era el único resultado posible de tal situación, más, cuando a la muerte de Juan Domingo Perón, el 1º de julio de 1974, toda posibilidad de contener la disputa entre tales sectores no sólo que se disipa sino que ingresa en un círculo vicioso que no podrá llevar a otro lugar que no sea el golpe de estado del 24 de marzo de 1976.
La disputa por la herencia de Perón y la derrota del antiimperialismo
A partir de la muerte de Perón, lo antes insinuado se torna evidente. La disputa por el control de la llamada “masa peronista” atraviesa a todas las organizaciones con tintes más o menos nacionales. Sin el dique de contención a las diferencias internas que significaba Juan Domingo Perón hacia el movimiento que el encabezaba, la lucha intestina se apodera de una construcción política que deliberadamente siempre había tenido la falencia de no desarrollar una auténtica conducción nacional que restara relevancia a la figura del caudillo.
La “izquierda peronista” entrará en un proceso de desgaste frente a los sectores que buscan mantener la característica democrático-burguesa del movimiento, empujando, a estas últimas hacia un apoyo, consciente o inconsciente, de la infiltración proimperialista expresada por la Triple A. Pero además, esta “izquierda peronista” enfrenta otra disputa frente al resto de las expresiones de izquierda antiimperialista que buscan ganar terreno dentro de la masa ahora huérfana del liderazgo de Juan Domingo Perón. Dicho marco, más los repetidos dislates de la fuerza principal de esa “izquierda peronista”, Montoneros, llevan a que tras la muerte de Perón, causa fundamental de la dispersión, no se puedan reunir bajo su conducción a todas las corrientes del antiimperialismo argentino, dilapidando totalmente la extensión de su desarrollo político y la profunda inserción de masas alcanzada durante los 18 años de resistencia contra la reacción imperialista.
Sólo cuando estas luchas intestina llevaron a la “izquierda peronista” al borde de su desaparición se buscan intentos desesperados por confluir con otras fuerzas, tan debilitadas como ella, y, otra vez, el dislate lo llevará a empujar prácticamente al martirio a los restos de su capacidad militar, dilapidando toda posibilidad de enfrentar activamente el golpe en ciernes. En tal contexto, el desesperado intento de unión entre el camporismo y Alende, por lograr una salida electoral a la crisis, caerá en saco roto.
El mayor proceso de ascenso de los sectores populares en la historia argentina se había desvanecido en luchas intestinas, el camino al golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976 estaba libre para eliminar los restos del antiimperialismo argentino. Esta es la derrota que nos hemos facilitado, el tiempo solamente puede decir si aprenderemos algo de ella y si somos capaces de reconstruir el antiimperialismo en el inmenso charco de nuestra sangre que han convertido a la Patria.

